viernes, 29 de mayo de 2015

El peatonismo: un deporte extremo.

     Ser peatón en Guadalajara es verdaderamente emocionante. Las calles de nuestra ciudad nos tienen preparadas aventuras sin fin para toda la familia, es como un atracción donde uno debe transitar sobre banquetas con obstáculos -baches, lozas levantadas o rotas, raíces de árboles que emergen como medusas -; enfrentar a automovilistas que manejan mientras hablan por celular y que siempre tienen prisa por llegar al siguiente semáforo en rojo; evadir a camiones urbanos con complejo de bulldozers que ostentan el récord mundial de gente arrollada, así como a delincuentes montoneros que andan de dos en dos asaltando a quien se descuide, y muchas peripecias más.

     A lo largo de los años, la cantidad de vehículos motorizados en las ciudades, y muy particularmente en nuestra zona metropolitana tapatía -con más autos en sus arterias que plaquetas en las mías-, ha crecido de una forma exponencial, lo que se refleja en un aumento del índice de atropellamientos. Pero eso no se debe sólo al gran número de vehículos, sino también a la carencia de educación vial de la que, conductores y peatones hacemos gala en México, -y que nos ha dado una folclórica fama internacional-, y a la falta de zonas verdaderamente seguras para el desplazamiento de caminantes.  

     Pensemos, por ejemplo, en cuántos semáforos peatonales podemos encontrar en Guadalajara, presentes solamente en zonas muy conflictivas como el centro de la ciudad o algunas áreas comerciales; o en los dichosos pasos de cebra, estas franjas pintadas sobre la calle reservadas para el cruce de peatones, que resultan invisibles para los automovilistas que nunca, por cierto, estarán atrás de las rayas, sino siempre con las ruedas sobre ellas. Un verdadero cebricidio. Dicho sea de paso, no sería mala idea que las autoridades le dieran una manita de gato a las líneas de los pasos de cebra para que queden bien estampadas, y evitar así que los que queden bien estampados sean los transeúntes.

     Pues bien, señoras y señores, por su naturaleza aventurera y arriesgada quiero proponer públicamente que la actividad del peatón sea incluida en la lista de deportes extremos con el  nombre de peatonismo.


     Quienes practican el paracaidismo, el salto en bungee o el rapel, saben lo que es la adrenalina, se hablan de tú con el peligro y se dan piquetes de ombligo con patas de cabra. Los peatones también. 

     Voy más lejos, el peatonismo es aún más sufrido que los deportes que he mencionado porque no se practica en el paradisiaco campo abierto ni en montañas de postal, sino en las hostiles calles de nuestra ciudad, donde cualquier caída, por insignificante que sea, tiene como malla de protección el mismísimo suelo de cemento. Y sin casco de por medio.

     Como en los deportes de riesgo, el peatonismo exige tener reflejos felinos y los cinco sentidos muy bien afinados para estar atentos a la eventual embestida del enemigo. De igual forma, las piernas tienen que estar a tono para emprender la carrera en fracciones de segundo, con una fuerza de arranque que envidiaría un Porsche del año. 

     Me atrevo incluso a comparar el peatonismo con otro deporte de riesgo, el box.  Estoy de acuerdo en que boxeadores de altos vuelos como Mayweather o El Canelo se someten a un excesivo sufrimiento corporal, pero en compensación sus heridas y lesiones son cuidadosamente aliviadas, no con curitas de a peso como lo hace cualquier mortal, sino con terapéuticos fajos de millones de dólares, y en lugar de Merthiolate prefieren el Whisky. Pero ya me estoy saliendo del tema.

     Encarrilado como voy, propondré algunas categorías para clasificar a los atletas practicantes del peatonismo:

Clase Turista.
Aquí se encuentra el extranjero que, para cruzar una esquina, primero se santigua encomendando su suerte a San Pascual Bailón (santo conocido por su habilidad con los pies), y luego sube y baja la banqueta en pequeños y titubeantes pasitos antes de decidirse a arrancar como caballo en hipódromo, y que al llegar al otro lado suelta algunas carcajadas nerviosas y descompuestas, producto de la emoción de este excitante deporte. 

Nivel Ducho.
Es el del peatón avezado que, a fuerza de esquivar laminazos un día sí y el otro también, se las sabe de todas todas. Cruza por la mitad de la calle porque sabe que por las esquinas el peligro puede venir por los 4 puntos cardinales.

Seniors.
Estos son peatones con más edad en su haber y paradójicamente pueden ser de lo más temerario. Su estrategia consiste en cruzar despacio pero con determinación, con la mirada al piso, en actitud de “ábranse piojos que ahí va el peine”, provocando algunos rechinidos de llanta. Saben que su estoicismo deja a todos con cara de perplejos. Suelen traer bastón con el que arremeten contra algún auto o, peor aún, contra la cabeza de un conductor que se quiera pasar de listo.

Suicidas.
Esta categoría es controversial porque los métodos de estos peatones no son precisamente ejemplares. Como si los peligros normales no fueran suficientes, ellos no escatiman en audacia. Encima de que ser peatón tiene reglas poco claras, y muy pocos las conocen y las respetan, los suicidas prefieren ignorarlas aún cuando las tienen a la vista. Son los que cruzan las calles sin importar si el semáforo vial está en color verde, rojo, amarillo, azul, morado o mamey. También cruzan el periférico por la mitad a las tres de la tarde, desdeñando con osadía épica el puente peatonal que tienen a un lado.

Superdotados.
Esta categoría hace referencia a aquellos peatones con derroche de habilidades. Y también de mañas, pero de las buenas. Son los que tienen que salir a la calle a darlo todo para que la calle no les dé a ellos. Si ya hemos dicho que en este deporte hay que tener la vista, el oído y las extremidades a tono y bien entrenadas, imagínense lo que tienen que aguantar los que carecen de estas herramientas. Ellos, personas con discapacidad, merecen medalla olímpica con todo tipo de vítores y hurras. 

     Por último, y aprovechando que es tiempo de elecciones, aquí les dejo a los candidatos a presidentes municipales de la Zona Metropolitana de Guadalajara mi humilde propuesta de elevar a nivel de deporte extremo el arte de ser peatón. Sería una forma de honrar a los millones de personas que salen todos los días a recorrer las calles empeñando cuerpo, alma y suelas, sudando la gota gorda y respirando el smog que ellos no producen.

     Y aquí podríamos incluir a los ciclistas urbanos, que también arriesgan el pellejo. 


     Ustedes, señores candidatos, que dicen que quieren gobernar para el pueblo, para la gente de la calle, la de a pie, aquí tienen esta idea. Total, no hay nada que perder. Lo más grave que podría suceder es que la gente lo tome como algo inverosímil, como una ocurrencia, una promesa absurda, y piense que no hablan en serio. Pero así ha sido siempre. No tienen nada que perder.

jueves, 30 de abril de 2015

Un día en el aeropuerto.

Cuando era niño me daba miedo viajar en avión. Siempre temí a los accidentes aéreos y esa remota pero real posibilidad era un pensamiento que me acompañaba durante todo el vuelo. Las bolsas de aire me provocaban náuseas pero sobre todo pánico.

Actualmente, si bien los miedos no se han ido del todo, han transmutado a una especie de aversión, no a volar, sino a todo lo que antecede al vuelo mismo.

Antes, viajar en avión era una experiencia agradable, en cambio ahora se ha convertido en una secuencia de incomodidades por las que uno tiene que pagar con el precio del boleto, más IVA, TUA y cargo por combustible.

Lo primero que llama la atención es que las aerolíneas soliciten que uno se presente en el mostrador con 2 y hasta 3 horas de anticipación. Si a ese tiempo le sumamos el del traslado desde casa hasta el aeropuerto -considerando que los aeropuertos regularmente no están a la vuelta de la esquina-, más la duración del vuelo, más el tiempo que toma bajar del avión, etc., en las cuentas finales muchas veces resulta que se llega más rápido al destino si se viaja en automóvil.

Pero aquellos de ustedes que han viajado en avión no me tacharán de exagerado si digo que el filtro de seguridad es una especie de vejación a la que los viajantes tenemos que someternos. Como si en el costo del pasaje no estuviéramos ya expiando algunas culpas pasadas, presentes y futuras. Pero ni hablar, es un mal necesario. Todo por nuestra propia seguridad.

No tengo la costumbre de traer conmigo metralletas ni granadas cuando hago un viaje en avión, pero aún a sabiendas de eso, cada vez que tengo que cruzar el filtro de seguridad en los aeropuertos mi corazón late un poco más aprisa de lo habitual, mi cuerpo comienza a sudar en frío, se me erizan algunos vellos por aquí y por allá, y el hígado me crece un par de centímetros.

En primera instancia, el detector de metales a través del cual uno tiene que pasar bajo la premisa de que todos somos terroristas, en tanto no demostremos lo contrario, siempre nos tiene reservada alguna sorpresa. 

Cuando ya he depositado en la bandeja mi celular, el reloj, las monedas y el cinturón, con el consecuente riesgo de que los pantalones empiecen a perder altura (hablando en términos aeronáuticos), al caminar bajo el arco de la ignominia a la orden de "pase,,, por favor" por parte del empleado de seguridad, el bip del detector no se hace esperar. Pongo mi cara de idiota, el empleado me pregunta si ya me retiré celular, reloj, monedas, cinturón -es decir todo lo que en ese orden mencioné arriba-, respondo afirmativamente, entonces me señala los lentes de lectura que siempre llevo colgados al cuello, me pide que me los retire y que vuelva a pasar bajo el detector, paso nuevamente y el bip vuelve a sonar, el señor me pide que camine adelante para revisarme, le hago alguna broma insulsa o, peor aún, inapropiada, como decirle que aparte de una pistola escondida no llevo ningún otro metal que pudiera sonar; al empleado, antipático de por sí, no le parece en lo absoluto jocosa mi guasa, mi cara de idiota reaparece ahora pero con razón y con más fuerza, el caballero me pide levantar los brazos, me ausculta con su detector manual de metales, me hace abrir las piernas, me solicita darme la vuelta, al pasarlo por la espalda el detector suena, lo pasa una vez más, y otra, y otra, me pregunta qué llevo en la espalda, le contesto que tengo unas barras de acero en la columna vertebral a causa de un accidente de automóvil años atrás; ahora la cara de idiota es la de él, pasa su detector una y otra vez, parece que el asunto le causa la gracia que mi broma no le produjo, y habiendo confirmado que en efecto llevo esas barras de acero, y que mientras se encuentren bien sujetas a mi columna no representan peligro alguno para el resto de los pasajeros -que en ese momento están pasando por las mismas mortificaciones- , me despide con un "que le vaya bien". Ni qué decir, todo es por nuestra seguridad.

Prueba superada, pensé, pero un instante después otro empleado, el joven que con mirada de santo inquisidor revisa todo el tiempo el monitor de rayos x y con índice flamígero apunta a todo aquello que le resulta sospechoso, ése que parece estar buscándoles bubis a las gallinas, me pregunta si la valija roja es mía. Y si bien tampoco suelo viajar con gallinas, y mucho menos con bubis -las gallinas, no yo-, pero dado que para mi desgracia la valija roja sí es mía, veo venir otro momento, por decir lo menos, incómodo. 

- ¿Me permite revisar su maleta, caballero?

- Con mucho gusto -respondo a punto de sufrir un ataque de hipocresía, porque lo que menos siento en ese momento es gusto.

El empleado se coloca unos guantes quirúrgicos, de esos que usan los forenses en la televisión cuando van a revisar la zona del crimen o el cuerpo del delito, abre mi maleta, comienzo a sudar de nuevo, ¿qué habrá visto en mi equipaje? ¿Algún objeto o sustancia prohibida que alguien, sin yo percatarme, me sembró, como dicen ahora? Al inspeccionar mi equipaje de mano, el caballero encuentra el arma mortal que la pantalla ya había delatado: un corta-uñas peligrosísimo con dos descomunales navajitas de tres milímetros que,  presionando una contra la otra, podría usarla para aterrorizar al piloto y arrebatarle el control del avión con inicuas intenciones. 

- ¿Cuál es el problema? -pregunto.

- No están permitidos los corta-uñas arriba del avión.

- Pero es que ése me lo regaló mi mamá y le tengo un aprecio especial.

- Pues, con todo respeto señor, pídale a su mamá que le regale otro porque éste no puede pasar.

Profundizando en su detectivesca inspección, extrae un frasco letal de un compartimento de la maleta, lo levanta a la altura de sus ojos buscando la información clave y dice:

- Uy señor, también trae esta loción de 150 mililitros y sólo se permiten líquidos con un máximo de 100.

- Pero vea bien el envase, está casi vacío.

- No importa, caballero, lo que importa es lo que dice el frasco, si ahí dice que contiene 150, entonces se lo tengo que retener.

- Pero es la única loción que traigo, y si se fija bien no le quedarán más de 20 mililitros. Además, si sirve de algo, le juro que no tengo las más remota idea de cómo se hace una bomba con una loción.

- Es el reglamento y es por su propia seguridad. Si gusta puede dejar sus cosas en custodia en la oficina de seguridad del aeropuerto que está en la terminal 2, a la altura de la sala A, tercer piso, ah, pero en este momento está cerrada, abren a las 9, si quiere...

- Quédese con mi corta-uñas y con mi loción-, tómenlo como un regalo.

Enseguida el joven depositó el decomiso en una caja que sacó debajo de un escritorio, llena de lociones, desodorantes, botellas de agua, productos para el pelo, así como todo tipo de instrumentos para manicure y pedicure: un apetitoso arsenal que desearía cualquier extremista, saboteador y criminal del mundo.

Concluido el episodio del filtro de seguridad, camino tan aprisa como puedo hacia la sala 56, la última de la zona de abordaje. para solamente percatarme al llegar ahí de que el vuelo salió hace 5 minutos.

En ese momento comprendo la verdadera razón por la que piden que los pasajeros lleguemos 3 horas antes. Y esta vez no hubiera sido mala idea hacerlo así. 

Todo sea por nuestra seguridad, pero sobre todo, por nuestra incomodidad.

martes, 31 de marzo de 2015

Todos los caminos conducen a Nogales.

Guadalajara es una de las ciudades más bellas y gozosas de México. Habitantes y visitantes la disfrutamos en serio. Tiene una gran historia, tradiciones de exportación, arte y artistas célebres, añeja arquitectura, jardines, fuentes,, muchachas guapas por todos lados, -es decir, guapas por arriba y por abajo, por lo anterior y por lo posterior; además la ciudad tiene gastronomía inimitable, como la carne en su jugo y las tortas ahogadas hechas con birote salado. Suculencias tapatías.

Tiene paseos, avenidas, calzadas, vericuetos y laberintos que hacen reflexionar que las calles de ciudades antiguas como ésta, fundada en 1542, se abrían paso siguiendo la ruta que le imponían su necesidad y capricho, acorde a su época.

Lo curioso es que aún en estos tiempos modernos -concepto que paradójicamente cada vez suena más anticuado-, Guadalajara, con todo y su innegable relevancia mundial como una gran capital, y a pesar de haber más de 1 millón de automóviles circulando diariamente en la zona metropolitana, se mantenga, en lo que respecta al tráfico y al diseño de vialidad, en el Cretácico Inferior.

Pareciera que en el Valle de Atemajac no se propagó con suficiencia el gen de la intuición para planear las vialidades que nos lleven a donde queremos ir y no a donde los ingenieros encargados de los servicios de vialidad creen que todos queremos ir. Los que sí tenemos que hacer gala de intuición somos los que navegamos por estas calles.

Me explico. Quienes vivimos en Guadalajara y que usamos un auto para transportarnos, tenemos que familiarizarnos a golpe de volante con las rutas que nos conducen a tal o cual lugar, conocer los sentidos y contrasentidos de las calles, saber cuáles son las vías rápidas que en ciertos momentos del día son las más lentas, así como bregar con la falta de señalamientos adecuados. Es decir, para transitar con cierto tino por las calles de esta ciudad sin perderse o encontrarse que de pronto la calle cambió de sentido, tomar la salida equivocada o no haberla tomado porque no había un señalamiento mínimo indispensable… hay que ser tapatío. Y no sólo eso, sino un tapatío valiente y con muchas horas de vuelo.

Desde que vivo aquí, hace ya muchos años, siempre ha zumbado en mi curiosidad la pregunta ¿Por qué será que en esta ciudad todos los caminos van a Nogales y a Saltillo?

Ésta última se encuentra en números redondos a 700 kilómetros de distancia y, dicho sin desdoro de la capital coahuilense, creo que entre Guadalajara y Saltillo hay sitios a los que, por su cercanía o su importancia  turística, valdría la pena darles prioridad en las señales de tráfico que las autoridades de vialidad colocan para orientación del respetable -algunas veces, por cierto, al alcance de las ramas de un frondoso árbol que dificulta la lectura, añadiéndole emoción al paseo y adrenalina al paseante-. 

Sólo por citar algunos de estos puntos intermedios entre Guadalajara y Saltillo, mencionemos a Tepatitlán, San Juan de los Lagos, Aguascalientes y Zacatecas. 

Y qué decir de Nogales, la ciudad fronteriza del estado de Sonora. De ella nos separa la friolera de 1650 kilómetros por autopista. ¿A cuánta gente que pretende salir de Guadalajara o pasa por aquí le importará saber dónde se encuentra la ruta a Nogales? No sé qué piensen ustedes pero creo que es de mayor utilidad informarles dónde está la salida al Pueblo Mágico de Tequila, a Tepic, a Puerto Vallarta o a Mazatlán. ¿Pero Nogales?

Concordemos en que Nogales representa el punto extremo de esa autopista y nos da un norte -en este caso, literalmente- del rumbo a seguir; pero si a esas vamos, la Salida a Nogales, como se le conoce coloquialmente a ese escape de la ciudad, podría ser denominada la Salida a Nueva York o la Autopista a Alaska, lo cual nos haría ver más cosmopolitas y globalizadores.

De acuerdo, estas carreteras en su momento fueron llamadas así porque el proyecto de ingeniería comprendía esos extremos: es decir, la obra empezaba en Guadalajara y terminaba en Saltillo, lo mismo para el caso de la Guadalajara-Nogales. Una razón estrictamente técnica. Pero, sin duda, con el gentil propósito de darles una orientación útil a los viajeros, hubiera sido un bonito gesto de parte de las autoridades emplear otra nomenclatura, más amigable y eficaz. Además, dicho sea de paso, yo he estado muchas veces en Nogales y, que yo recuerde, no hay un letrero que diga Salida a Guadalajara. O todos parejos o todos chipotudos.

Hay más: señales que indican el camino hacia el aeropuerto o hacia el centro de la ciudad y que de pronto dejan de aparecer en la ruta dejándonos en la indefensión, líneas blancas sobre las calles que no se alcanzan a percibir ni a plena luz del día porque parece que fueron pintadas con crayones o pinturas de agua, salidas de vías rápidas a otras avenidas importantes que no son anunciadas ni a tiempo ni nunca, puentes que no te atreves a tomar porque ignoras a dónde te conducen, semáforos de anticipación que nadie sabe para qué sirven, avenidas de 3 carriles que sin previo aviso se achican a uno solo y te obligan a cerrar filas para permitir que otros se incorporen sin piedad a la avenida, so pena de entrar en un pantano de bollas o de chocar con el auto que viene a usurpar el que hace 3 segundos era tu carril. Sálvese quien pueda.

El balizamiento de las ciudades debería estar hecho por profesionales con alguna especialidad en el tema. O, por lo menos, estar a cargo de gente con nata sensibilidad para determinar qué información necesita y espera recibir anticipadamente un conductor que transita por las vialidades.

Los tapatíos lo agradeceríamos. Y los turistas no se diga.

Fin del berrinche. Ahora me voy a disfrutar Guadalajara que, como dije al principio, para mí es bella y gozosa.


Artículo publicado en ProyectoDiez.mx el 30 de marzo de 2015

sábado, 28 de febrero de 2015

Procrastinando

       Tienes mucho trabajo que hacer, te inquieta especialmente un informe de trabajo importante que debiste entregar desde ayer y que no hiciste porque, además de que hacer informes no es precisamente tu tarea favorita -hablando con franqueza, la detestas-, te fue imposible siquiera empezar dado que, entre otras ocupaciones, recibiste varias llamadas inesperadas. Bueno, a decir verdad, algunas de esas llamadas, la mayoría pues, las hiciste tú por iniciativa propia, y en honor a la verdad no eran tan apremiantes, excepto ésa que le dedicaste a tu tía Clara por su cumpleaños. La tía no perdona que no le llames en sus cada vez más contados aniversarios, y como ella padece verborrea galopante, y tú también, invertiste más de una hora en pasar lista a las novedades del último año, tiempo que ha transcurrido desde la última llamada de felicitación.

      Pero hoy tomaste la inquebrantable decisión de entregar esa cotización que anoche te quitó el sueño. Pase lo que pase.

      Te sientas a las nueve en punto de la mañana frente a la computadora, con entusiasmo y determinación, respiras profundo como tomando fuerzas y te pones manos a la obra. En ese momento adviertes que te falta algo esencial para iniciar labores: el imperdonable cafecito. Vas a prepararlo y mientras está listo consultas el Facebook en tu teléfono para matar el tiempo, aprovechas para ver cómo va la cuenta de likes en la selfie que subiste ayer. Ya suman 21. De una vez aprovechas para responder un par de mensajes inbox. Te percatas que el café está listo desde hace 20 minutos o más y te sirves una taza que luce humeante y provocadora. No puedes desaprovechar esa imagen como de revista y le tomas una foto padrísima junto a la computadora para después publicarla en Facebook con algún filtro que la hace ver más nais, y le añades algún comentario motivador y estimulante como el propio café. 

      Ahora sí, todo listo para empezar a redactar el documento. ¡Bing!, suena en tu compu el aviso de que acaba de llegar un nuevo mail, abres tu correo y ves que no es uno sino varios los que están pendientes de revisar. La mayoría son correo basura, pero como hasta en la basura hay cosas interesantes, surge en ti el pepenador que todos llevamos dentro y te zambulles en el montón de correo; hay uno que llama tu atención, es la promoción de una venta nocturna que está en puerta, lo lees y el descuento del 30% en ropa para dama y caballero te parece tan atractivo que, haciendo click en el mensaje, se abre tu navegador y te conduce a la tienda. Buscas algo que te interese, ves los precios y concluyes que la venta es una tomada de pelo, tres cuartos de hora después regresas a tu quehacer. 
          
           Abres tu procesador de texto, te quedas viendo la pantalla como intentando invocar a las musas para que vengan en tu auxilio,  de pronto giras tu mirada hacia la taza y adviertes que ya casi te acabaste el café, vas a resurtir, suena el teléfono y contestas; te da hambre, haces un sandwich, aprovechas para poner un poco de orden en la cocina y regresas a tu lugar de trabajo, o para lo que sirva ese lugar.
      
      ¡Eureka!, por fin tu mente se ilumina y se revela la primera idea con la que abrirás tu informe: "28 de febrero de 2015". Esa línea te hace caer en la cuenta que hoy es el último día para pagar la maldita tarjeta de crédito, decides hacerlo de una vez para no tener esa estorbosa preocupación y poder así seguir trabajando con total concentración mental. Vas al banco, haces una fila tan larga como tu impaciencia -bendito Facebook, piensas, el recuento de los likes a tu selfie ya asciende a 32-, pagas, y cuando vienes de regreso pasas por la gasolinera y te detienes a cargar combustible;  miras el reloj y ves que es muy tarde, haces lo posible por regresar rápido a trabajar pero el tráfico está denso. Llegas a tu casa, te encuentras al vecino y lo saludas, conversan banalidades como lo caro que está todo hoy, regresas a tu computadora, haces una escala técnica en Facebook, abres el documento en la pantalla y en él la fecha sigue siendo lo único que has escrito.  Decides tomar un descanso porque el trabajo te ha agobiado esta mañana, entonces te sientas frente a la tele un momentito para refrescar la mente y te ejecutas todo un capítulo de Friends, regresas a la computadora, vuelves a ver el reloj y el tiempo de comer ha llegado, no te permites trabajar en horas de comida, decides prepararte algo siguiendo rigurosamente el principio de “ya comido pienso mejor”. Después viene la siesta, medicina infalible para recuperar fuerzas en un día agotador, y al despertar debes arreglarte para acudir a la junta de trabajo donde tienes que presentar el informe… que no has hecho. Cancelas tu junta y decides que mañana será un mejor día para hacer el informe. Bueno, por lo menos hoy te queda la satisfacción de que tu selfie llegó a los 55 likes. Fin de la historia.

      La narración anterior intenta describir la acción de procrastinar, entendida en términos sencillos como: postergar situaciones o responsabilidades, y hacer en su lugar actividades menos importantes.

      Posponer, diferir, retrasar, aplazar, prolongar, son algunos sinónimos y palabras similares a procrastinar pero si aludimos no al significado sino a los motivos y fuerzas internas que nos llevan a la procrastinación, sería más atinado emplear evadir, eludir, darle la vuelta, dar largas dejar para después, fingir demencia, jugar al occiso, hacerse güey y otras expresiones menos decorosas.

      Por extraño que parezca, los antiguos Romanos del Imperio, amos y señores de la guerra, las artes y la política, al parecer también procrastinaban y de lo lindo, tanto que fueron ellos quienes se encargaron de crear en latín el término procrastinare, formado por el prefijo pro (hacia) y cras (mañana, en su sentido de futuro). Así que, como podemos ver, la procrastinación es parte de nuestras debilidades más añejas y primarias. Compañera de conquistas y calamidades.

      La esencia de la procrastinación está en el grado de incomodidad o ansiedad que nos puede producir determinada actividad, por lo cual, consciente o inconscientemente intentamos posponerla ad infinitum -para seguir honrando al latín-. El tamaño de la flojera, la apatía y el estrés que nos produce la acción incómoda, es directamente proporcional al armamento de excusas, distractores y fruslerías que emplearemos para evadirnos de tal evento. 

      Lo paradójico es que aplazar el momento de ejecutar dicha actividad, acaba produciéndonos más ansiedad que la que estamos intentando evitar. 

      No sé si ustedes, pero yo me veo cara a cara con la procrastinación a menudo. Y de esos lances no siempre salgo en hombros. Para avalar mi dicho, reconozco que este texto quería publicarlo hace por lo menos 2 semanas.

      A veces tengo que hacer algo y me las ingenio para dejarlo hasta el último día y más allá, por razones que sólo mi cerebro conoce y el muy tacaño no me comparte. Algunas de estas actividades postergadas son imperiosas, otras no tanto, pero al final todas y cada una de ellas las tendré que realizar irremediablemente. De ahí que, en casos como éste, procrastinar puede entenderse como tratar de evitar lo inevitable.

      No niego que en ciertas ocasiones -no siempre, vale aclarar en defensa de mi honor-  pospongo determinadas cosas solo para evitar la fatiga -parafraseando a Jaimito El Cartero- con lo cual estoy aplicando con desvergüenza la filosofía que postula: “¿Por qué dejar para mañana lo que se puede hacer pasado mañana?" Otras veces lo hago porque de esa manera se genera en mi interior una especie de fuerza explosiva, producto de la emergencia inducida, que me hace ponerme en marcha. En este último caso, creo que no es el deseo de evadir lo que me conduce a postergar, sino que, al posponer, yo mismo genero una situación de urgencia que al subir al nivel color de hormiga, no me deja otra salida que actuar en consecuencia. Es como si usara el estrés a mi favor. Claro está que no es la forma más ejecutiva de ir por la vida, pero acá entre nos, me funciona. 

      No hay recetas milagrosas contra la procrastinación, pero hay infinidad de escritos y posturas sobre la materia. De lo que he encontrado más interesante en estas lecturas es que no se trata de un asunto de fuerza de voluntad -dado que es una fuente de energía muy difícil de encontrar y que se agota muy rápido-, es más bien un tema de hábitos y costumbres, y los malos y añejos hábitos se combaten con otros, nuevos y más poderosos.

      Decía mi madre que en comer y rascar todo es empezar. Y es muy cierto. En el tema de la procrastinación, el punto clave parece el momento de dar inicio a la actividad. El primer paso es la parte más difícil de cualquier caminata, pero una vez en marcha, los pies adquieren vida propia. Es recomendable, pues, establecer un ritual de arranque que nos resulte amigable. Si tu trabajo es de escritorio, como en el ejemplo de arriba, una buena dotación de café y un ambiente con música ligera podría ser el entorno que te ponga en buena actitud de empezar y terminar tu trabajo.

      Es muy importante, además, ver una recompensa luminosa al final del túnel. Esta auto gratificación puede ser una golosina, una buena película, una cena deliciosa, un baño caliente, un tiempo para descansar, eso que te vas a comprar con lo que te van a pagar por el trabajo realizado o, por qué no, un rato a solas con tu pareja. O con quién tengas a la mano.

      Y qué decir de los distractores. En este partido, Facebook, Twitter y Youtube tendrán que esperar en la banca aunque siempre jueguen de delanteros. -No sé por qué me salió tan futbolística esta línea si el futbol ni me viene ni me va-.
           
      Estas reflexiones no pretenden ser, ni de lejos, un ensayo sobre el tema. Es, a lo más, un humilde y breve testimonio, que más bien parece una confesión. Por ello, para quien quiera profundizar en la materia, abajo comparto algunos enlaces que a este servidor le han ayudado, no a exterminar mágicamente, de una vez y para siempre, el problema de la procrastinación, sino a adquirir los conocimientos más vanguardistas y confiables para algún día llegar a ser un verdadero procrastinador, informado y profesional.




Si te gustan estas postergadas reflexiones, te estaría muy agradecido si compartes mi blog. De antemano, ¡mil gracias! 


Fuentes y enlaces sugeridos.
http://www.telegama.com/societyof2000/ver.asp?art=3619
http://blogs.elpais.com/ayuda-al-estudiante/2013/03/10-formas-de-luchar-contra-la-procrastinacion.html
http://www.structuredprocrastination.com/
http://www.letraslibres.com/revista/convivio/procrastinar-0
https://www.fundacionunam.org.mx/estilo_de_vida/como-evitar-la-procrastinacion/
http://es.wikipedia.org/wiki/Procrastinaci%C3%B3n
http://www.bakadesuyo.com/2015/01/how-to-stop-procrastinating/
http://procrastinacion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=86%3Adiez-cosas&catid=43%3Asoluciones&Itemid=62&lang=es









miércoles, 7 de enero de 2015

El Yamikemi, un remedio contra el estrés.

Enero, la cuesta que cuesta mucho subir por variadas razones. Por los consabidos gastos que se hicieron en diciembre y que en realidad uno termina pagando este mes; por los kilos adicionales que los ágapes decembrinos nos dejan distribuidos graciosamente en barriga, cachete y papada; por los propósitos de año nuevo que la tradición obliga plantear y que la misma tradición nos hace deshonrar olímpicamente no bien entrado febrero, o antes de ser posible; y también porque algo han de tener las vacaciones que es muy difícil sacarlas de nuestra trastocada agenda de fin de año. Cuando menos así me pasa a mi, que soy bastante proclive a eso de acostumbrarme a lo que me resulta placentero y sabrosón. Y las vacaciones me dejan muy mal habituado, sobre todo aquellas donde hay tiempo suficiente para practicar la haraganería, el ocio y la holganza sin culpas perniciosas. 

Ni siquiera tengo que salir de la ciudad para experimentar ese gozo vacacional; todo lo contrario, cuando la ciudad se vacía disfruto extraordinariamente andar -o rodar, según el caso- por sus calles. En ellas descubro con asombro edificios, jardines, comercios, grafiti y baches que en tiempos regulares no había advertido. Es como esa refrescante sensación de novedad que experimentas cuando vuelves a leer un libro, ves una peli en la repetición de la madrugada, disfrutas el recalentado de la Nochebuena, o tienes sexo en segundas nupcias, supongo.

Salir del frenesí del tráfico normal, descansar del ir y venir cotidiano, del subir y bajar, y, muy en especial, apartarme de las rutinas relacionadas a la vida académica de Santiago -mi pequeño bachiller en entrenamiento, de diez años de edad- así como de los habituales zipizapes a la hora de hacer las tareas, hacen que las vacaciones sean como un Disneylandia en casa, sólo que sin tanta parafernalia. De hecho ninguna, y gratis.

Porque lo mío, lo mío, es el estrés, esa entidad inasible que, a decir de los médicos que no encuentran una mejor y más científica razón, es la culpable de todos mis males: los físicos, los químicos, los históricos y los matemáticos, por mencionar sólo algunas de mis materias afectadas. Quién soy yo para decirlo pero mis amigos concuerdan en que soy un hombre de principios. De principios de úlcera y enfermedad coronaria. Por eso afirmo que eso lo dicen mis amigos, mis amigos médicos. Y todo a causa del estrés que me gobierna con mano dura. 


Para atenuar la tensión nerviosa me doy mis mañas, como escuchar música relajante mientras trabajo o voy manejando, defender a puño feroz la oportunidad de dormir una siesta, incluso por un tiempo traje conmigo una pelotita de goma que apretujaba con las manos para evitar llegar al punto de jalarme los cabellos -que a partir de cierta edad más nos vale empezar a atesorar uno a uno-. He empleado también algunos métodos más orgánicos: en esos momentos en que preciso relajamiento, confieso que he recurrido a los encantos y poderes de mis amigas Ignacia y Melisa, quienes por cierto gozan de buena fama en el mercado de San Juan de Dios, y que junto con Valeriana y Pasiflora me han brindado sus artes hechiceras, pero a veces ni el trabajo de todas juntas ha sido suficiente. Estas hierbas, dicen los que saben, tienen efectos probados sobre el sistema nervioso, pero mi sistema es tan nervioso que resulta un paciente muy difícil de tratar.

Tampoco el yoga y la meditación han logrado regresarme a un estado de equilibrio. Claro, concediendo que sería mucho mejor que los practicara. 

Lo que sí he usado eficazmente en repetidas veces es una técnica que aprendí de mi madre. Se llama Yamikemi, que aunque suene muy oriental es solamente una contracción de la frase “Y a mi qué me importa” que mi mamá solía proferir como una suerte de conjuro contra el agobio y la imposibilidad de modificar el estado de las cosas que le provocaban angustia. Así, si alguna discusión en la que participaba se complicaba al grado de empezar a alterar su buen ánimo, tomaba la salida de emergencia con la práctica del Yamikemi. Finalmente, qué tópico, problema o diferencia de opinión podía ser más valioso que su paz espiritual. 

El Yamikemi es una buena alternativa en una gran cantidad de situaciones. Mi mamá me la inculcó desde la infancia. La mía, desde luego. Cuando era niño y algo me preocupaba o entristecía hasta el llanto, ella me consolaba diciéndome que todos los problemas habidos y por haber podían solucionarse, menos uno: la muerte. Esa afirmación, que a mi me sonaba brillante y lapidaria (bueno, si hablamos de muerte, lo de lapidario queda muy bien), me hizo tal efecto que hasta la fecha, ya muy lejos de mi niñez, sigue sonando en mi cabecita loca. A mis hijos, que no elaboran quesos de mala calidad en materia de agobios -dignos hijos de su padre-, les repito esa máxima materna.

Por otra parte, cuando la dificultad parecía no tener solución, Decía mi mamá, “si no tiene solución, no es un problema”, entonces, si no había problema, el asunto era caso cerrado, y a otra cosa. Una vez más, lo que correspondía era usar la receta: Yamikemi.

Hablando en plata, esta filosofía no es otra cosa que desarrollar la habilidad de hacernos los occisos ante los conflictos de la vida cotidiana con el fin supremo de salvaguardar nuestra salud emocional y la de nuestros prójimos, próximos y anexos. Por lo tanto el Yamikemi no es una técnica que funcione para todo, porque conlleva una buena dosis de displicencia, evasión y soslayo, en defensa propia, cierto, pero hay circunstancias de las que uno no puede fugarse así nomás; cabría primero poner un poco de orden antes de salir corriendo. De cualquier manera, estoy convencido que el Yamikemi es un buen aliado contra el cochino estrés.

Llegado el caso, también puede recurrirse a una variante que funciona muy bien en situaciones más perturbadoras: el Yamikeka, contracción de “Y a mí qué carajos” (me importa, me dicen, me preguntan, me joroban, me vienen con chismes, y un etcétera totalmente al gusto). 

Y finalmente un método más extremo aún, el Yamikeching, donde el sufijo ching es eso que están pensando.






jueves, 4 de diciembre de 2014

Así veo a Chespirito.

Al iniciar los setentas la televisión masiva mexicana era una y se llamaba Telesistema Mexicano, más tarde Televisa, con sus canales 2 y 5 a todo color y en cadena nacional. Los que vivíamos en ciudades más bien medianas o pequeñas, Hermosillo en mi caso, donde la televisora local era un insípido y chafa complemento regional de la implacable señal que nos venía de la capital del país, no teníamos alternativa suficiente y nuestro destino era soplarnos, con gusto o no, todo lo que la televisión chilanga (dicho con cariñito) nos metía por los ojos y los oídos. Con nostalgia podemos recordar las telenovelas lacrimógenas, las tardes con el Tío Gamboín acompañado de Pancholín y Salchichita, los domingos setenteros que no se pueden concebir sin Raúl Velasco, el programa de concursos Sube Pelayo Sube, La Cosquilla con Raúl Astor y un elenco fantástico (Héctor Suárez, Héctor Bonilla, Raquel Olmedo, Nacho Méndez, entre otros), La Criada Bien Criada con Maria Victoria, el noticiero de Jacobo Zabludovsky y un interminable etcétera. En esa masacre televisiva destacaba Chespirito.

La muerte de Roberto Gómez Bolaños ha despertado a Tirios y Troyanos. Se han puesto a peso las controversias y pasiones en torno a su obra y a sus personajes, se cuestiona si son buenos, apropiados para los niños, si el balance en la generación que nos tocó vivirlo en su momento es positivo o nefasto, si al final fue un producto más de la tele comercial, en fin, parece que es el momento de hablar de Chespirito, y como me gusta vivir el momento y tengo alma de borrego, no me quiero quedar atrás.

Reconozco que siempre me ha sorprendido la capacidad que tenía de escribir dos programas a la semana, con historias diferentes, con una carga suficiente de diálogos ingeniosos, esgrimiendo memorables juegos de palabras, muchos de ellos recurrentes hasta el cansancio, es verdad, pero ése era el camino para conseguir que los televidentes acabáramos repitiendo sin darnos cuenta frases como “que no panda el cúnico”, “Síganme los buenos” o “eso, eso,eso”. Recuerdo que allá por los años noventas, mi papá, que acumulaba ya sesenta y tantos y  sufría en el cuerpo y en el alma las complicaciones de una diabetes perniciosa, cuando se sentía mal repentinamente, decía que le estaba dando la chiripiorca

En el caso de el programa El Chavo, escribir historias que están circunscritas al patio de una vecindad no es cosa fácil. Todo tiene que pasar en ese lugar, con un limitado número de recursos: la cubeta, la fuente, la escoba, la pelota, el tendedero. Si bien con el tiempo se fueron añadiendo escenarios como el patio de al lado, el interior de las casas de los personajes o la calle que estaba afuera de la vecindad, el capital de trabajo principal eran los personajes y sus diálogos. 

Por su parte, el Chapulín Colorado requería de una producción más elaborada. A veces la historia se desarrollaba en el Viejo Oeste o en algún país europeo de algún siglo pasado, y eso requería otro tipo de escenografía y vestuarios de época. Los efectos especiales estaban en pañales y tuvo que hacer escenas con la burda tecnología que tenía a su alcance para superponer imágenes, hacerse invisible o reducirse de tamaño, previa ingesta de una pastilla de Chiquitolina. A propósito, no debe ser nada sencillo que tus colaboradores te tomen en serio como director cuando les das órdenes mientras traes puestos unos pantalones cortos de color rojo con mallitas, unos tenis amarillos y un gorro con antenas.  A menos que seas el Chapulín Colorado, claro.

Con los años, los contenidos mediáticos han cambiado. Lo políticamente correcto se puso de moda, y si lo vemos fríamente, en la actualidad un programa como El Chavo no saldría bien librado en materia de bullying. El Señor Barriga, que en el nombre llevaba el karma, era blanco de cualquier cantidad de burlas y alusiones a su peso corporal de talla extra, por otro lado Quico era el cachetes de marrana flaca, según palabras del propio Chavo, Don Ramón tenía patas de chichicuilote, Doña Florinda era la vieja chancluda y además tenía la cara de vela derretida, y si le buscamos podríamos seguir con los bonitos apodos. El mismo Chespirito nombró a uno de los personajes que interpretaba Chaparrón Bonaparte, en referencia a su estatura.

Si hablamos de violencia, no hay forma de ayudarle. Los personajes de Chespirito usaban el coscorrón y la cachetada como instrumento de comunicación. Para qué discutir lo que se podía arreglar a fregadazos. Doña Florinda a Don Ramón, Don Ramón al Chavo, El Chavo a Quico, El Botija a El Chómpiras, y así. Pero antes de correr en pos de estos personajes para llevarlos ante la justicia y pedir su decapitación, echemos un somero vistazo a  dibujos animados como Tom y Jerry, El Correcaminos o Silvestre y Piolín. Estas caricaturas tenían como eje central la persecución del aparentemente débil por un personaje tan siniestro como estúpido que siempre terminaba siendo la víctima de sus propias maquinaciones y celadas. Para lograr los efectos humorísticos, los productores no escatimaban en golpes estruendosos, escopetazos y toda suerte de porrazos, patadas, guamazos y mordidas. Y nadie se tiraba al piso elevando la voz al creador ante tantas atrocidades cometidas contra la niñez. Los mocosos  consumíamos eso porque era lo que había. Era el humor de la época. Sucedía lo mismo en las series japonesas que en las comedias rancheras mexicanas llenas de balazos, en los filmes de Tin-Tan y en los de Cantinflas. Bueno, hasta Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri, agarra a moquetazos al niño llorón en su canción La Merienda. Ésas eran las reglas del juego.

Podríamos hacer un profundo análisis discursivo de la obra de Chespirito, pero qué flojera. Además ya se me olvidó cómo se hacen esas cosas. Hace ya mucho tiempo que salí de la carrera de Ciencias de la Comunicación de mi querido ITESO.

No sé si Chespirito era el escritor, guionista y comediante que México necesitaba, no sé si detrás del artista había un hombre ambicioso y calculador, no sabré si ver sus programas me causó algún daño cerebral. De lo que sí estoy seguro es que era un tipo con talentos fuera de lo común, y para colmo tuvo a sus pies a la televisora más grande de América Latina por 25 años. Y vaya que lo aprovechó. No contaban con su astucia.

Chespirito fue un hombre de su tiempo. Veámoslo así.










miércoles, 19 de noviembre de 2014

Yo sí hablo de Belice.

La geografía latinoamericana -por no hablar de la europea, la asiática o la africana-nunca fue mi fuerte en tiempos de estudiante. Con el paso de los años, vaya usted a saber por qué, surgió en mí el deseo de ojear mapas y adquirir algunos conocimientos sobre el tema, unos útiles y otros nada más para hacerme el ilustrado en charlas de desinformados . Fue entonces que supe, por ejemplo, que La Guyana Francesa no está en Francia sino pegadita a Brasil, descubrí también que Trinidad y Tobago no era un dueto musical de antaño sino una isla en el Caribe, que por el Canal de Panamá no pasan programas de televisión de música guapachosa, que Chile es un país más bien alargado y angosto, como algunos chiles, que en Jamaica no conocen el agua fresca que lleva su nombre ni en la Habana el chile habanero.

Pues bien, el otro día, practicando la olímpica disciplina del zapping televisivo -la cual me ha recompensado con un pulgar fuerte, entrenado y obediente- me topé con un documental donde hablaban de obras del gobierno mexicano  y me percaté que estaban dedicando un espacio a las vías de comunicación que conectan a nuestro país con el vecino Belice. 

La curiosidad que desde hace tiempo me produce mi desconocimiento acerca de Belice me hizo detenerme en el programa, interesado en tener un poco de información sobre el territorio vecino. Pero una vez más me quedé con las preguntas sin resolver porque ahí no se hablaba de Belice ni de su gente, ni de sus riquezas naturales o su cultura; la materia en cuestión eran las carreteras -que en México no gozan de buena fama- y que desembocaban en esa frontera, nada más. Entonces mi incultura beliceña y yo continuamos la procesión de los canales. 

No es que me atormente la intriga, no es que por las noches me fustigue el insomnio por la duda cruel, pero sí me provoca curiosidad que nadie, o casi nadie, habla en México de Belice, uno de los 2 países -Guatemala es el otro- con los que compartimos las fronteras del sur. 

Con mucho de extrañeza y sin asomo de denostación, por supuesto, puedo decir que no conozco a ninguna persona que haya nacido en esas tierras o que tenga algún antepasado o pariente beliceño. No conozco a alguien que me haya referido que tiene un amigo que a su vez haya oído hablar siquiera de otro que haya dicho ser originario de esas tierras. Bueno, ni siquiera he tenido ningún tipo de aproximación, que yo sepa, con terrícola alguno que haya pisado Belice. 

Mi asombro, pues, tiene su principal origen en la inmediatez geográfica que nos vincula y que a nosotros nos parece absolutamente antiflogestínica, como dicen los entendidos para referirse a lo que por ser simplemente irrelevante, falto de interés y venial, acaba resultando descarapirofléctico, insipidificante y subestratodérmico.

Pues bien, ante esta curiosidad geográfico cultural y solamente para documentar mi ignorancia, me zambullí virtualmente por unos minutos en un poco de información sobre la nación que colinda con Guatemala, con nuestro país y con nuestra indiferencia.

Permítanme 5 minutos de su lectura -no se van a arrepentir- para compartirles 10 datos interesantes que encontré y les prometo que ya me voy.  

  1. Belice alcanzó su independencia de Gran Bretaña en 1981, hace apenas 33 años.
  2. A pesar de ser un país soberano, su Jefe de Estado sigue siendo Isabel II de Inglaterra. God Save the Queen.
  3. Su extensión es de 22,966 KM2, comparable al estado de Tabasco.
  4. Su población es de 335,000 habitantes, según el censo de 2011, equivalente a la población de una ciudad como Irapuato, Guanajuato.
  5. El 22.34% del territorio de Belice. es reclamado por Guatemala. Dice que es suyo pero no se ponen de acuerdo, ni se pondrán, supongo.
  6. Menos del 5% de sus importaciones provienen de México, mientras que casi el 50% son de Estados Unidos. Los tenemos a un lado y prácticamente no les exportamos nada.
  7. En cambio, ellos sí exportan a nuestro país muchos turistas. Cada año, aproximadamente 900 mil beliceños cruzan a México con el fin de hacer compras y visitar playas turísticas como Cancún y Playa del Carmen.
  8. Por su parte, Belice recibe cada año un millón de turistas. El 70% de los cuales proceden de… adivinen… claro, de Estados Unidos.
  9. Belice es el único país de Centroamérica que tiene al inglés como idioma oficial. A pesar de ser oficial, el inglés es lengua materna de menos del 4%. El español es el idioma predominante. 
  10. El 54% de la población habla muy bien el inglés, ya sea como lengua materna o secundaria. Por cierto, en México el 9% dice que habla inglés, pero solamente el 2% lo domina. Oh, my God.

Hay otros países cercanos a nosotros -muchos, muchísimos- de los cuales sé también muy poco, El Salvador, Nicaragua, Haití, Surinam, Bahamas. Pero Belice es mi vecino y es bueno que los vecinos se conozcan aunque sea para, llegado el caso, pedirse una tacita de azúcar. Y no lo digo nomás porque sí. En realidad me acabo de enterar que el azúcar es un producto base -no sólo en las recetas de muchos postres-  sino también en la economía de ese país. 

Y como lo prometido es deuda, ya me voy.



Fuentes
http://www.belice.bz
http://es.wikipedia.org/wiki/Belice
http://eleconomista.com.mx/caja-fuerte/2014/01/02/we-don-t-speak-english-no-aprovechamos-tlc
http://www.jornada.unam.mx/2009/09/10/sociedad/035n2soc
 http://es.wikipedia.org/wiki/Lenguas_de_Belice
http://www.sre.gob.mx/revistadigital/images/stories/numeros/n81/hidalgo.pdf
http://es.wikipedia.org/wiki/Econom%C3%ADa_de_Belice

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