Mostrando entradas con la etiqueta Guadalajara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guadalajara. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de agosto de 2015

Las lluvias de Guadalajara.

     Cuando llegué a Guadalajara a finales de los años setentas, procedente de Hermosillo, donde las lluvias suelen ser efímeras y no muy abundantes, me causaba espanto lo duro y tupido de las tormentas tapatías. Era como experimentar dos fenómenos naturales a la vez, cuando llovía yo temblaba. Por aquél tiempo era un chamaco temeroso e imberbe. De chamaco ya no me queda nada, de temeroso un poco y lo imberbe nunca se me quitó.

     El día que arribé a esta ciudad, llovía, lo que le daba un toque melancólico a aquella tarde de agosto. También llovía la mañana que fui por primera vez a la escuela en mi nueva ciudad. Era la prepa del Colegio Cervantes Costa Rica que, dicho de paso, aún era solo para varones y por ende un poco aburrido para una horda de adolescentes calenturientos que no podía aspirar a más que verles las nachas a los propios compañeros, lo cual no resulta nada inspirador. Pero esa es otra historia.

     Rápidamente me acostumbré a las lluvias de Guadalajara. Les tomé cariño. Me gustan, las disfruto y las espero con ilusión, entre otras razones porque anuncian el fin del soleado calor de nuestro verano, que por cierto es de risa si lo comparamos con el verano hermosillense, donde  no se andan por las ramas y las temperaturas pueden subir a 45 y hasta 50 grados centígrados. Un día vayan en julio o agosto para que se den un quemón.

     La tradición pluvial de Guadalajara es tan importante que hasta la venerada Virgen de Zapopan recibió el título de “Patrona contra Rayos, Tempestades y Epidemias”, un encargo nada fácil en estas tierras donde el gran Tláloc parece hacer su santísima voluntad, valga la ironía. 

     Y es que cada año es lo mismo. Al llegar la temporada de lluvias la ciudad se sumerge literalmente en una alberca llena de aventuras al más puro estilo Chimulco.

     Solo como dato curioso, el nombre Guadalajara tiene su etimología en el árabe wādi al-ḥiŷara que significa río que corre entre piedras, y pareciera que la ciudad año con año se empeña en hacerle honor a ese origen etimológico, convirtiéndose precisamente en un río que corre entre piedras, autos y seres humanos. Pero la verdad es que nuestra capital en realidad a lo que le hace honor es a la ciudad homónima de España, donde nació el conquistador Nuño de Guzmán.

     ¿Por qué entonces Guadalajara, famosa por sus aguaceros, rayos y truenos de proporciones bíblicas parece nunca estar preparado para la ocasión?

     Hay algunas razones fundamentales para ello. En primer lugar podemos destacar  la mala planeación con que se ha urbanizado la ciudad. Y esto no es un problema de unos años para acá. Bueno, sí, de unos 500 años para acá. 

     Resulta que Guadalajara está asentada sobre antiguos ríos y arroyos, como el Río San Juan de Dios y el Río Atemajac, cuyos cauces subsisten y tienen muy buena memoria y muy mal genio; y además la ciudad presenta desniveles y pendientes que conducen el agua hacia zonas que resultan vulnerables. Por su parte, los colectores y drenajes han sido siempre por demás insuficientes. Y si a eso le agregamos que los tapatíos pensamos que las coladeras son basureros empotrados en el piso, la cosa se pone peor.

     Y por supuesto, el principal motivo de las inundaciones que nos azotan año con año es que en Guadalajara -disculpen la expresión- llueve a madres.

     Si parece que va a llover y el cielo se está nublando, y usted tiene cosas que hacer en la calle, lo más sensato es que lo haga en otro momento, asumiendo que le tiene un mínimo de aprecio a su vida.

     Cuando llueve en Guadalajara, uno no sabe con qué tormentosas contingencias se puede enfrentar al navegar por las avenidas del área metropolitana: 

  • Un tráfico que avanza a la velocidad de la economía del país.
  • Automóviles varados porque ya se les metió el agua por debajo del chasis y a sus tripulantes hasta por las orejas.
  • Árboles que se caen sobre las casas, calles y vehículos que algunas desafortunadas veces llevan gente en su interior.
  • A los peatones y usuarios del transporte urbano les toca una de las peores partes del problema. No solo tienen que lidiar con el  aguacero feroz sino también con la metralla hidráulica que lanzan los autos al pasar por los charcos.
  • Los baches se esconden bajo el agua y se vuelven traicioneros y ventajosos .Cuando creo haberme aprendido los puntos donde están los agujeros más canijos, éstos se camuflan en los encharcamientos y terminan siendo un peligro mortal. Y qué decir de los baches que se multiplican por todos lados. Una nueva lluvia fertiliza el pavimento y vemos como nacen un montón de rozagantes baches en toda la ciudad que luego crecen y florecen. Es conmovedor.
     En esos momentos de lluvia despiadada es cuando entiendo por qué los reporteros que dan la información vial en la radio se refieren al tráfico como el “arroyo vehicular”.

     Hay zonas de la ciudad y avenidas que tradicionalmente se convierten en lagunas con más centímetros cúbicos que el mismísimo Chapala. Vienen a mi mente el área de Plaza del Sol, el paso a desnivel de Ocho de Julio y Washington, el de los Arcos del Milenio, donde los autos quedan bajo el agua y alcanzar a sacar solo el parabrisas como ojitos de cocodrilo, Avenida Patria a la altura del Bosque de Los Colomos, y muchos puntos más.

     Si las autoridades no hacen más inversión en crear infraestructura para evitar inundaciones, si funcionarios omisos o corruptos (o ambos) siguen dando permisos de construcción en áreas donde no se crean nuevos y mejores sistemas de drenaje y absorción, si no se da adecuado mantenimiento a las alcantarillas,  si no se cuidan y se prevén los árboles con riesgo de caer, y si nosotros seguimos tirando basura por doquier, seguiremos expuestos a los castigos de Tláloc. Ni la Virgen de Zapopan, Patrona de Guadalajara contra Rayos y Tempestades, podrá defendernos. Hay de milagros a milagros.



viernes, 29 de mayo de 2015

El peatonismo: un deporte extremo.

     Ser peatón en Guadalajara es verdaderamente emocionante. Las calles de nuestra ciudad nos tienen preparadas aventuras sin fin para toda la familia, es como un atracción donde uno debe transitar sobre banquetas con obstáculos -baches, lozas levantadas o rotas, raíces de árboles que emergen como medusas -; enfrentar a automovilistas que manejan mientras hablan por celular y que siempre tienen prisa por llegar al siguiente semáforo en rojo; evadir a camiones urbanos con complejo de bulldozers que ostentan el récord mundial de gente arrollada, así como a delincuentes montoneros que andan de dos en dos asaltando a quien se descuide, y muchas peripecias más.

     A lo largo de los años, la cantidad de vehículos motorizados en las ciudades, y muy particularmente en nuestra zona metropolitana tapatía -con más autos en sus arterias que plaquetas en las mías-, ha crecido de una forma exponencial, lo que se refleja en un aumento del índice de atropellamientos. Pero eso no se debe sólo al gran número de vehículos, sino también a la carencia de educación vial de la que, conductores y peatones hacemos gala en México, -y que nos ha dado una folclórica fama internacional-, y a la falta de zonas verdaderamente seguras para el desplazamiento de caminantes.  

     Pensemos, por ejemplo, en cuántos semáforos peatonales podemos encontrar en Guadalajara, presentes solamente en zonas muy conflictivas como el centro de la ciudad o algunas áreas comerciales; o en los dichosos pasos de cebra, estas franjas pintadas sobre la calle reservadas para el cruce de peatones, que resultan invisibles para los automovilistas que nunca, por cierto, estarán atrás de las rayas, sino siempre con las ruedas sobre ellas. Un verdadero cebricidio. Dicho sea de paso, no sería mala idea que las autoridades le dieran una manita de gato a las líneas de los pasos de cebra para que queden bien estampadas, y evitar así que los que queden bien estampados sean los transeúntes.

     Pues bien, señoras y señores, por su naturaleza aventurera y arriesgada quiero proponer públicamente que la actividad del peatón sea incluida en la lista de deportes extremos con el  nombre de peatonismo.


     Quienes practican el paracaidismo, el salto en bungee o el rapel, saben lo que es la adrenalina, se hablan de tú con el peligro y se dan piquetes de ombligo con patas de cabra. Los peatones también. 

     Voy más lejos, el peatonismo es aún más sufrido que los deportes que he mencionado porque no se practica en el paradisiaco campo abierto ni en montañas de postal, sino en las hostiles calles de nuestra ciudad, donde cualquier caída, por insignificante que sea, tiene como malla de protección el mismísimo suelo de cemento. Y sin casco de por medio.

     Como en los deportes de riesgo, el peatonismo exige tener reflejos felinos y los cinco sentidos muy bien afinados para estar atentos a la eventual embestida del enemigo. De igual forma, las piernas tienen que estar a tono para emprender la carrera en fracciones de segundo, con una fuerza de arranque que envidiaría un Porsche del año. 

     Me atrevo incluso a comparar el peatonismo con otro deporte de riesgo, el box.  Estoy de acuerdo en que boxeadores de altos vuelos como Mayweather o El Canelo se someten a un excesivo sufrimiento corporal, pero en compensación sus heridas y lesiones son cuidadosamente aliviadas, no con curitas de a peso como lo hace cualquier mortal, sino con terapéuticos fajos de millones de dólares, y en lugar de Merthiolate prefieren el Whisky. Pero ya me estoy saliendo del tema.

     Encarrilado como voy, propondré algunas categorías para clasificar a los atletas practicantes del peatonismo:

Clase Turista.
Aquí se encuentra el extranjero que, para cruzar una esquina, primero se santigua encomendando su suerte a San Pascual Bailón (santo conocido por su habilidad con los pies), y luego sube y baja la banqueta en pequeños y titubeantes pasitos antes de decidirse a arrancar como caballo en hipódromo, y que al llegar al otro lado suelta algunas carcajadas nerviosas y descompuestas, producto de la emoción de este excitante deporte. 

Nivel Ducho.
Es el del peatón avezado que, a fuerza de esquivar laminazos un día sí y el otro también, se las sabe de todas todas. Cruza por la mitad de la calle porque sabe que por las esquinas el peligro puede venir por los 4 puntos cardinales.

Seniors.
Estos son peatones con más edad en su haber y paradójicamente pueden ser de lo más temerario. Su estrategia consiste en cruzar despacio pero con determinación, con la mirada al piso, en actitud de “ábranse piojos que ahí va el peine”, provocando algunos rechinidos de llanta. Saben que su estoicismo deja a todos con cara de perplejos. Suelen traer bastón con el que arremeten contra algún auto o, peor aún, contra la cabeza de un conductor que se quiera pasar de listo.

Suicidas.
Esta categoría es controversial porque los métodos de estos peatones no son precisamente ejemplares. Como si los peligros normales no fueran suficientes, ellos no escatiman en audacia. Encima de que ser peatón tiene reglas poco claras, y muy pocos las conocen y las respetan, los suicidas prefieren ignorarlas aún cuando las tienen a la vista. Son los que cruzan las calles sin importar si el semáforo vial está en color verde, rojo, amarillo, azul, morado o mamey. También cruzan el periférico por la mitad a las tres de la tarde, desdeñando con osadía épica el puente peatonal que tienen a un lado.

Superdotados.
Esta categoría hace referencia a aquellos peatones con derroche de habilidades. Y también de mañas, pero de las buenas. Son los que tienen que salir a la calle a darlo todo para que la calle no les dé a ellos. Si ya hemos dicho que en este deporte hay que tener la vista, el oído y las extremidades a tono y bien entrenadas, imagínense lo que tienen que aguantar los que carecen de estas herramientas. Ellos, personas con discapacidad, merecen medalla olímpica con todo tipo de vítores y hurras. 

     Por último, y aprovechando que es tiempo de elecciones, aquí les dejo a los candidatos a presidentes municipales de la Zona Metropolitana de Guadalajara mi humilde propuesta de elevar a nivel de deporte extremo el arte de ser peatón. Sería una forma de honrar a los millones de personas que salen todos los días a recorrer las calles empeñando cuerpo, alma y suelas, sudando la gota gorda y respirando el smog que ellos no producen.

     Y aquí podríamos incluir a los ciclistas urbanos, que también arriesgan el pellejo. 


     Ustedes, señores candidatos, que dicen que quieren gobernar para el pueblo, para la gente de la calle, la de a pie, aquí tienen esta idea. Total, no hay nada que perder. Lo más grave que podría suceder es que la gente lo tome como algo inverosímil, como una ocurrencia, una promesa absurda, y piense que no hablan en serio. Pero así ha sido siempre. No tienen nada que perder.

martes, 31 de marzo de 2015

Todos los caminos conducen a Nogales.

Guadalajara es una de las ciudades más bellas y gozosas de México. Habitantes y visitantes la disfrutamos en serio. Tiene una gran historia, tradiciones de exportación, arte y artistas célebres, añeja arquitectura, jardines, fuentes,, muchachas guapas por todos lados, -es decir, guapas por arriba y por abajo, por lo anterior y por lo posterior; además la ciudad tiene gastronomía inimitable, como la carne en su jugo y las tortas ahogadas hechas con birote salado. Suculencias tapatías.

Tiene paseos, avenidas, calzadas, vericuetos y laberintos que hacen reflexionar que las calles de ciudades antiguas como ésta, fundada en 1542, se abrían paso siguiendo la ruta que le imponían su necesidad y capricho, acorde a su época.

Lo curioso es que aún en estos tiempos modernos -concepto que paradójicamente cada vez suena más anticuado-, Guadalajara, con todo y su innegable relevancia mundial como una gran capital, y a pesar de haber más de 1 millón de automóviles circulando diariamente en la zona metropolitana, se mantenga, en lo que respecta al tráfico y al diseño de vialidad, en el Cretácico Inferior.

Pareciera que en el Valle de Atemajac no se propagó con suficiencia el gen de la intuición para planear las vialidades que nos lleven a donde queremos ir y no a donde los ingenieros encargados de los servicios de vialidad creen que todos queremos ir. Los que sí tenemos que hacer gala de intuición somos los que navegamos por estas calles.

Me explico. Quienes vivimos en Guadalajara y que usamos un auto para transportarnos, tenemos que familiarizarnos a golpe de volante con las rutas que nos conducen a tal o cual lugar, conocer los sentidos y contrasentidos de las calles, saber cuáles son las vías rápidas que en ciertos momentos del día son las más lentas, así como bregar con la falta de señalamientos adecuados. Es decir, para transitar con cierto tino por las calles de esta ciudad sin perderse o encontrarse que de pronto la calle cambió de sentido, tomar la salida equivocada o no haberla tomado porque no había un señalamiento mínimo indispensable… hay que ser tapatío. Y no sólo eso, sino un tapatío valiente y con muchas horas de vuelo.

Desde que vivo aquí, hace ya muchos años, siempre ha zumbado en mi curiosidad la pregunta ¿Por qué será que en esta ciudad todos los caminos van a Nogales y a Saltillo?

Ésta última se encuentra en números redondos a 700 kilómetros de distancia y, dicho sin desdoro de la capital coahuilense, creo que entre Guadalajara y Saltillo hay sitios a los que, por su cercanía o su importancia  turística, valdría la pena darles prioridad en las señales de tráfico que las autoridades de vialidad colocan para orientación del respetable -algunas veces, por cierto, al alcance de las ramas de un frondoso árbol que dificulta la lectura, añadiéndole emoción al paseo y adrenalina al paseante-. 

Sólo por citar algunos de estos puntos intermedios entre Guadalajara y Saltillo, mencionemos a Tepatitlán, San Juan de los Lagos, Aguascalientes y Zacatecas. 

Y qué decir de Nogales, la ciudad fronteriza del estado de Sonora. De ella nos separa la friolera de 1650 kilómetros por autopista. ¿A cuánta gente que pretende salir de Guadalajara o pasa por aquí le importará saber dónde se encuentra la ruta a Nogales? No sé qué piensen ustedes pero creo que es de mayor utilidad informarles dónde está la salida al Pueblo Mágico de Tequila, a Tepic, a Puerto Vallarta o a Mazatlán. ¿Pero Nogales?

Concordemos en que Nogales representa el punto extremo de esa autopista y nos da un norte -en este caso, literalmente- del rumbo a seguir; pero si a esas vamos, la Salida a Nogales, como se le conoce coloquialmente a ese escape de la ciudad, podría ser denominada la Salida a Nueva York o la Autopista a Alaska, lo cual nos haría ver más cosmopolitas y globalizadores.

De acuerdo, estas carreteras en su momento fueron llamadas así porque el proyecto de ingeniería comprendía esos extremos: es decir, la obra empezaba en Guadalajara y terminaba en Saltillo, lo mismo para el caso de la Guadalajara-Nogales. Una razón estrictamente técnica. Pero, sin duda, con el gentil propósito de darles una orientación útil a los viajeros, hubiera sido un bonito gesto de parte de las autoridades emplear otra nomenclatura, más amigable y eficaz. Además, dicho sea de paso, yo he estado muchas veces en Nogales y, que yo recuerde, no hay un letrero que diga Salida a Guadalajara. O todos parejos o todos chipotudos.

Hay más: señales que indican el camino hacia el aeropuerto o hacia el centro de la ciudad y que de pronto dejan de aparecer en la ruta dejándonos en la indefensión, líneas blancas sobre las calles que no se alcanzan a percibir ni a plena luz del día porque parece que fueron pintadas con crayones o pinturas de agua, salidas de vías rápidas a otras avenidas importantes que no son anunciadas ni a tiempo ni nunca, puentes que no te atreves a tomar porque ignoras a dónde te conducen, semáforos de anticipación que nadie sabe para qué sirven, avenidas de 3 carriles que sin previo aviso se achican a uno solo y te obligan a cerrar filas para permitir que otros se incorporen sin piedad a la avenida, so pena de entrar en un pantano de bollas o de chocar con el auto que viene a usurpar el que hace 3 segundos era tu carril. Sálvese quien pueda.

El balizamiento de las ciudades debería estar hecho por profesionales con alguna especialidad en el tema. O, por lo menos, estar a cargo de gente con nata sensibilidad para determinar qué información necesita y espera recibir anticipadamente un conductor que transita por las vialidades.

Los tapatíos lo agradeceríamos. Y los turistas no se diga.

Fin del berrinche. Ahora me voy a disfrutar Guadalajara que, como dije al principio, para mí es bella y gozosa.


Artículo publicado en ProyectoDiez.mx el 30 de marzo de 2015

Si aún no lo has hecho y no tienes inconveniente, suscríbete al blog. Mil gracias.