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viernes, 25 de septiembre de 2015

Curiosidades septembrinas

     Para México, septiembre es un mes particularmente pródigo en fechas históricas y de carácter cívico. Y si ahondamos un poco, podemos encontrar en ellas más curiosidades que espinillas en un adolescente.

1º de septiembre

     Empecemos el recuento por el principio, y qué mejor principio que el día uno. Todos los días primero de septiembre los presidentes de la república hacen entrega de su informe de gobierno al H. Congreso de la Unión, donde la H, créalo o no, significa honorable. Hace ya algunos años terminó la bonita tradición en la que ese día el presidente en turno acudía a la cámara de diputados a rendir su informe de gobierno frente a una asamblea rebosante de eufóricos simpatizantes que aplaudían aproximadamente cada 30 segundos. Con el tiempo, cuando las cámaras legislativas empezaron a ser políticamente plurales -lo cual, irónicamente, las hizo muy singulares-, a los asistentes al informe les dio por sentir el derecho y la libertad de propinar rechiflas al ciudadano presidente también cada 30 segundos. Cada vez lo pelaban menos y lo interpelaban más. Como resultado de ello, en la actualidad el primer mandatario rinde su informe el día 2 de septiembre, pero ahora con sus cuates y frente a otra cámara: la del Canal de las Estrellas.

13 de septiembre

     Este día recuerda la gesta heroica de los Niños Héroes, que en realidad no eran tan niños. Sus edades estaban entre los 14 y los 19 años, es decir, los “niños” ya estaban en edad de picar y hacer roncha.

     Y, como veremos enseguida, tampoco algunos de ellos fueron tan héroes, con perdón de su memoria -de su descendencia, no, porque no tuvieron- y de la historia oficial. Quizá sería más acertado llamarles mártires.

     La invasión norteamericana de 1847 tuvo su momento culminante en la batalla que se libró en el castillo de Chapultepec, sede del Colegio Militar, resguardado por un flaco ejército mexicano que fue avasallado rápidamente por los gringos. Al verse acorralados, los mandos del colegio intentaron poner a salvo a los jóvenes cadetes, -que estaban ahí para estudiar y no para agarrarse a moquetes con invasores- evacuándolos del castillo en improvisada estampida, haciendo descender a los pobres muchachos por las laderas del cerro a merced de las tropas enemigas. La mayoría de ellos fue cazada al intentar escapar de la refriega. Qué friega. Según algunos testimonios, muy escasos por cierto, de los seis mencionados Niños Héroes, solo Juan De la Barrera se negó a abandonar el castillo y murió heroicamente en su puesto de guerra y Agustín Melgar falleció en el hospital después de haber combatido fusil en mano, pero los demás, que eran muchos más que seis, fueron interceptados por las balas cuando intentaban escapar. 

     De este episodio también se desprende el mito de Juan Escutia -que no era alumno del colegio, por cierto, sino probablemente miembro de un batallón que había acudido a reforzar la defensa del castillo - de quien cuenta la leyenda oficial que al ver que los enemigos habían ganado terreno en su asedio, se arropó en la bandera nacional que ondeaba en el asta del castillo y se tiró al vacío (bueno, más bien a un despeñadero, no vacío, sino lleno de rocas y árboles) impidiendo así que el lábaro patrio fuera mancillado por Masiosare, el extraño enemigo que se inmortalizó gracias a nuestro Himno Nacional. Según el historiador Alejandro Rosas, “los partes militares norteamericanos demuestran que capturaron todas las banderas habidas y por haber y ninguna la recogieron de cadáver alguno.” La falacia al descubierto.

15 y 16 de septiembre.

     Estos son los días más emblemáticos del llamado mes patrio, donde tienen lugar los festejos de la Independencia de México. Es este pasaje de nuestra historia nacional el que le da a la temporada ese pintoresco matiz que vemos por todas partes. Los vendedores ambulantes y tiendas de  disfraces ofrecen productos típicos mexicanos hechos en China, entre los cuales encontramos mostachos alacranados tipo Emiliano Zapata, sombreros altos de paja, sombreros de charro, cartucheras cruzadas al pecho y vestidos de adelita, que más bien recuerdan a la época de la Revolución y para nada a la Independencia; pero ninguno vende calvas postizas tipo Hidalgo, paliacates a la Morelos ni tampoco patillas postizas a la usanza de Allende. 

     El 15 es la noche del Grito y los mexicanos nos lo tomamos en serio. O acaso debería decir que tomamos en serio, en su acepción de beber. Porque la fecha es de lo más propicia para entrarle con patrio fervor a nuestros alipuses nacionales, como el tequila o el mezcal. O al ron y al whisky, no importa. Durante estos festejos los negocios de comida, bebida, bailongo y pachanga hacen su agosto con un mes de retraso. 

     Como todos sabemos -o deberíamos saber-, el 16 de septiembre de 1810 fue el día que Miguel Hidalgo hizo el llamado a la insurgencia en Dolores, Guanajuato, iniciando el borlote que se prolongó por 11 años. Sin embargo la ceremonia del Grito de Independencia se celebra la noche del 15. Existe la creencia extendida de que este cambio de fecha se debe a la gracia de Porfirio Díaz, quien celebraba su cumpleaños el día 15 y aprovechaba la euforia popular (y el presupuesto nacional) para organizarse tremendos guateques. Pero, para desazón de los sospechosistas históricos, quien instauró esta modalidad de celebrar el grito los días 15 a las 11 de la noche fue Antonio López de Santa Anna en 1845, con el fin de no tener que levantarse temprano nunca más el 16 a hacer el numerito de la ceremonia. Recordemos que Su Alteza Serenísima gobernó el país nada más 11 veces. Madrugar también cansa.

     Luego el día 16 es el asueto obligado, muy conveniente para curarnos la cruda. Cuando esta fecha cae en viernes o lunes, alargando el fin de semana, los mexicanos gritamos con patriotismo exultante: ¡que vivan los héroes que nos dieron puentes!

19 de septiembre.

     No podemos dejar de recordar cada año los sismos que azotaron a la Ciudad de México en 1985. Un suceso que sacudió la tierra pero también la conciencia, la solidaridad y la cultura de la prevención del país entero.

27 de septiembre.


     Se conmemora la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México en 1821, hecho que marca el fin de la guerra de independencia. Esta fecha  es recordada principalmente porque casi nadie la recuerda.

30 de septiembre.

     Es el aniversario del natalicio de José María Morelos, héroe de la gesta independentista. Pero incitemos al chismoso que habita en todos nosotros. El general Morelos, considerado todo un prohombre, era también un consumado promujer. Me explico. El insigne libertador era bastante ligero de cascos y ni su condición de estadista, militar, líder moral y sacerdote, le impidió darle vuelo a la hilacha. Fue precisamente su debilidad por el sexo opuesto lo que lo condujo a la muerte. Al parecer, al cura Morelos no le importaba si las destinatarias de sus lances amatorios eran altas o bajitas, espigadas o redondas, solteras o casadas. Y de esta última condición fue su último desliz, una señora llamada Francisca Ortiz, esposa de un subalterno suyo. De Morelos, no de la señora (o vaya usted a saber, a veces los esposos acaban convirtiéndose en subalternos de las consortes). José María Morelos fue tan pertinaz en sus cortejos que hasta un hijo procreó con la santa dama. Al enterarse su marido -el de ella, claro está-, abandonó despechado las tropas del cura insurgente y se pasó a combatir del lado de los realistas, a quienes, para vengar la honra ultrajada, dio toda la información para aprehender a aquél y posteriormente fusilarlo.

     Hechos históricos aparte, el 30 de septiembre tiene además otra relevancia, aunque ésta solamente es para mí. Representa el último día de la edad de la que gocé, o sufrí, durante los últimos 365 días. En palabras más campechanas, al día siguiente es mi cumpleaños. Salud.



Referencias.
El Palacio nacional de México: monografía histórica y anecdótica. Artemio del Valle Arizpe. Impr. de la Secretaría de Relaciones Exteriores. 1936.
Muertes Históricas. José M, Villalpando y Alejandro Rosas. Ed. Planeta. 2008.


lunes, 31 de agosto de 2015

Las lluvias de Guadalajara.

     Cuando llegué a Guadalajara a finales de los años setentas, procedente de Hermosillo, donde las lluvias suelen ser efímeras y no muy abundantes, me causaba espanto lo duro y tupido de las tormentas tapatías. Era como experimentar dos fenómenos naturales a la vez, cuando llovía yo temblaba. Por aquél tiempo era un chamaco temeroso e imberbe. De chamaco ya no me queda nada, de temeroso un poco y lo imberbe nunca se me quitó.

     El día que arribé a esta ciudad, llovía, lo que le daba un toque melancólico a aquella tarde de agosto. También llovía la mañana que fui por primera vez a la escuela en mi nueva ciudad. Era la prepa del Colegio Cervantes Costa Rica que, dicho de paso, aún era solo para varones y por ende un poco aburrido para una horda de adolescentes calenturientos que no podía aspirar a más que verles las nachas a los propios compañeros, lo cual no resulta nada inspirador. Pero esa es otra historia.

     Rápidamente me acostumbré a las lluvias de Guadalajara. Les tomé cariño. Me gustan, las disfruto y las espero con ilusión, entre otras razones porque anuncian el fin del soleado calor de nuestro verano, que por cierto es de risa si lo comparamos con el verano hermosillense, donde  no se andan por las ramas y las temperaturas pueden subir a 45 y hasta 50 grados centígrados. Un día vayan en julio o agosto para que se den un quemón.

     La tradición pluvial de Guadalajara es tan importante que hasta la venerada Virgen de Zapopan recibió el título de “Patrona contra Rayos, Tempestades y Epidemias”, un encargo nada fácil en estas tierras donde el gran Tláloc parece hacer su santísima voluntad, valga la ironía. 

     Y es que cada año es lo mismo. Al llegar la temporada de lluvias la ciudad se sumerge literalmente en una alberca llena de aventuras al más puro estilo Chimulco.

     Solo como dato curioso, el nombre Guadalajara tiene su etimología en el árabe wādi al-ḥiŷara que significa río que corre entre piedras, y pareciera que la ciudad año con año se empeña en hacerle honor a ese origen etimológico, convirtiéndose precisamente en un río que corre entre piedras, autos y seres humanos. Pero la verdad es que nuestra capital en realidad a lo que le hace honor es a la ciudad homónima de España, donde nació el conquistador Nuño de Guzmán.

     ¿Por qué entonces Guadalajara, famosa por sus aguaceros, rayos y truenos de proporciones bíblicas parece nunca estar preparado para la ocasión?

     Hay algunas razones fundamentales para ello. En primer lugar podemos destacar  la mala planeación con que se ha urbanizado la ciudad. Y esto no es un problema de unos años para acá. Bueno, sí, de unos 500 años para acá. 

     Resulta que Guadalajara está asentada sobre antiguos ríos y arroyos, como el Río San Juan de Dios y el Río Atemajac, cuyos cauces subsisten y tienen muy buena memoria y muy mal genio; y además la ciudad presenta desniveles y pendientes que conducen el agua hacia zonas que resultan vulnerables. Por su parte, los colectores y drenajes han sido siempre por demás insuficientes. Y si a eso le agregamos que los tapatíos pensamos que las coladeras son basureros empotrados en el piso, la cosa se pone peor.

     Y por supuesto, el principal motivo de las inundaciones que nos azotan año con año es que en Guadalajara -disculpen la expresión- llueve a madres.

     Si parece que va a llover y el cielo se está nublando, y usted tiene cosas que hacer en la calle, lo más sensato es que lo haga en otro momento, asumiendo que le tiene un mínimo de aprecio a su vida.

     Cuando llueve en Guadalajara, uno no sabe con qué tormentosas contingencias se puede enfrentar al navegar por las avenidas del área metropolitana: 

  • Un tráfico que avanza a la velocidad de la economía del país.
  • Automóviles varados porque ya se les metió el agua por debajo del chasis y a sus tripulantes hasta por las orejas.
  • Árboles que se caen sobre las casas, calles y vehículos que algunas desafortunadas veces llevan gente en su interior.
  • A los peatones y usuarios del transporte urbano les toca una de las peores partes del problema. No solo tienen que lidiar con el  aguacero feroz sino también con la metralla hidráulica que lanzan los autos al pasar por los charcos.
  • Los baches se esconden bajo el agua y se vuelven traicioneros y ventajosos .Cuando creo haberme aprendido los puntos donde están los agujeros más canijos, éstos se camuflan en los encharcamientos y terminan siendo un peligro mortal. Y qué decir de los baches que se multiplican por todos lados. Una nueva lluvia fertiliza el pavimento y vemos como nacen un montón de rozagantes baches en toda la ciudad que luego crecen y florecen. Es conmovedor.
     En esos momentos de lluvia despiadada es cuando entiendo por qué los reporteros que dan la información vial en la radio se refieren al tráfico como el “arroyo vehicular”.

     Hay zonas de la ciudad y avenidas que tradicionalmente se convierten en lagunas con más centímetros cúbicos que el mismísimo Chapala. Vienen a mi mente el área de Plaza del Sol, el paso a desnivel de Ocho de Julio y Washington, el de los Arcos del Milenio, donde los autos quedan bajo el agua y alcanzar a sacar solo el parabrisas como ojitos de cocodrilo, Avenida Patria a la altura del Bosque de Los Colomos, y muchos puntos más.

     Si las autoridades no hacen más inversión en crear infraestructura para evitar inundaciones, si funcionarios omisos o corruptos (o ambos) siguen dando permisos de construcción en áreas donde no se crean nuevos y mejores sistemas de drenaje y absorción, si no se da adecuado mantenimiento a las alcantarillas,  si no se cuidan y se prevén los árboles con riesgo de caer, y si nosotros seguimos tirando basura por doquier, seguiremos expuestos a los castigos de Tláloc. Ni la Virgen de Zapopan, Patrona de Guadalajara contra Rayos y Tempestades, podrá defendernos. Hay de milagros a milagros.



sábado, 8 de agosto de 2015

Tarde pero sin sueño.

No es una cosa que me enorgullezca ni que muestre de mí una faceta para presumir, pero tampoco es algo que quiera ni pueda ocultar. Si me preguntaran qué aspectos de mi personalidad me dieron más trabajo domar, diría que uno de los principales es la impuntualidad. Y si no me preguntaran, también.
   
No sé quién inició esta tradición familiar, pero puedo afirmar que mi árbol genealógico es frondoso en impuntuales. Mis abuelos, mis padres y mis hermanos lo eran. Yo, el menor, aprendí bien el juego.

Mi papá, como dije, fue impuntual, no en el trabajo sino en cuestiones personales, y mi madre no hacía malos quesos; los hacía tarde pero nunca malos. Recuerdo que mi papá le pedía a mi madre que estuviera lista a las ocho de la noche porque a esa hora pasaría por ella para ir a algún compromiso, pero en los hechos él llegaba a recogerla ya muy cerca de las nueve. Mi mamá, sabedora de que mi papá no cumplía con sus promesas de horario, tampoco estaba lista, ni a las ocho ni a las nueve, sino rayando las nueve y media. Eso provocaba una animada trifulca que podía prolongarse por largo rato, de tal suerte que al final terminaban saliendo de casa alrededor de las diez y media. Tarde pero enojados.

Ignoro si la impuntualidad se transmite genéticamente, lo que sí sé es que mi mamá me contaba que yo debí haber nacido, según los cálculos del ginecólogo, un 24 de septiembre; pero se llegó la fecha pronosticada y la versión nonata de este servidor no dio muestra alguna de querer abandonar las cálidas instalaciones maternas. Una semana más tarde, el primero de octubre, me sacaron de mi mamá a tirones en un operativo de desalojo, usando un arma punzocortante. Afortunadamente la cesárea fue un éxito. En síntesis, nací con una semana de retraso.

Recuerdo que algunas veces mi mamá no llegó a tiempo a recogerme en el kínder a la hora de salida, y una vez hasta me tuve que ir a comer a casa de la maestra. Fue un momento desagradable, en primer lugar porque -si bien sabía que mi mamá llegaría por mí tarde o temprano, en este caso, tarde o muy tarde- la extrañaba mucho, y en segundo término porque la comida de la profesora sabía muy mal.

Para mí, llegar tarde al colegio era la regla. Si el timbre de entrada sonaba a las ocho, mi mamá despertaba a las siete y media, pero yo invariablemente sucumbía ante el diabólico embeleso del “otro ratito”, el momento más brutalmente delicioso del tiempo de sueño, y que terminaba con el grito estrepitoso de mi mamá:—¡ya son las ocho! —. Acto seguido, daba un brinco de la cama, me vestía en un minuto, pepenaba un pan tostado a la pasada y me subía al auto, con una mamá furiosa al volante, para llegar a la escuela a las ocho y diez, cuando la profesora ya había tomado lista. Un retardo más en la boleta.

Con los años, la impuntualidad se va acrecentando y consolidando en los hábitos. Lo que de niño son retrasos en la boleta de calificaciones, de adulto son problemas en el trabajo, días descontados en la quincena, negocios que no se cierran, malas caras por doquier, y, como en mi caso, etiquetas muy difícil de sacudirse, aun cuando con el tiempo, y desde hace muchos años, he trabajado intensamente en el aspecto de la puntualidad con resultados más que satisfactorios. No importa cuánto te esfuerces en demostrar que ya no eres el de antes. Para la gente que conoció y padeció esa faceta de ti, siempre serás un impuntual, con rango de vitalicio y honorario.

Ese currículum que me gané a pulso me ha permitido distinguir algunas características de los impuntuales. Si coinciden contigo algunas de las siguientes afirmaciones, es posible que también padezcas retardo crónico:

- No importa cuánto tiempo te hayas tomado para llegar puntual a tu cita, siempre harás algo de último minuto que te hará salir tarde a ella.

- Generalmente sobreestimas el tiempo disponible y a ti mismo. Dicho de otra manera, crees que puedes hacer mucho más de lo que realmente puedes.

- Todos los días te repites: “ahora sí, mañana voy a llegar temprano”. Buen propósito, pero la neurolingüística no aplicada no sirve de nada.

- Si al dirigirte a tu cita, calculas que llegarás antes de la hora señalada, te detendrás a despilfarrar esos minutos y algunos más en comprar un cafecito o alguna otra bagatela. El chiste es llegar tarde.

¿Patología, rasgo de personalidad, un problema cultural muy mexicano? Hay quienes opinan que es un hábito inconsciente que puede denotar baja autoestima, rebeldía ganas de fregar; otros piensan que está relacionado con la procrastinación. Otros más sesudos le vinculan con el trastorno de déficit de atención o con problemas fisiológicos como alteraciones en el lóbulo frontal, donde reside la función de planificar las actividades.

Cualquiera que sea la causa original, no podemos negar que un delicioso caldo de cultivo es la tolerancia que los demás les dispensan a los que llegan tarde.

En México, donde la impuntualidad es la firma de la casa -lo que la vuelve preponderantemente cultural-, dicha tolerancia es proverbial, casi como la impunidad con la que se regocijan los delincuentes.

Aquí muchas veces se cita a una hora sabiendo de antemano que se empezará media hora después. Eso sucede en conciertos, obras de teatro y todo tipo de eventos públicos, donde se asume que el respetable siempre llegará a una hora no muy respetable. En cambio, en los Estados Unidos, por hacer una comparación que resultará odiosa, los espectáculos comienzan a la hora que se anuncian, so pena de recibir jugosas y muy disuasivas multas. De igual manera, en ese país o en otros de los llamados avanzados, al que llega tarde a una cita de negocios se le hace juicio sumario y luego es llevado a la horca.

El repertorio de excusas es inagotable, pero sólo por no dejar mencionaré algunas que quizá hayas escuchado. Y si no, te las dejo como ideas, una para cada día de la semana. Pero ten cuidado, todas tienen sus riesgos.

El autobús pasó muy tarde. Dado que en México esta circunstancia es de lo más normal y por lo tanto predecible, te podrán reclamar no haber salido más temprano de tu casa.

Amanecí con dolor de cabeza. En general, las razones de salud pueden ser eficaces, pero tienen el inconveniente de que te obligan a poner cara de moribundo el resto del día.

Se me reventó una llanta. Si el grado de retraso es mayúsculo, puedes recurrir a la modalidad extrema de “Se me poncharon las cuatro llantas”. Aunque claro, la probabilidad de que nadie te crea se multiplica por cuatro.

Tuve un problema personal de última hora. La clasificación personal le pone un candado de privacidad; usarla hace que el supuesto problema parezca algo muy íntimo y evita que los afectados por tu retraso se atrevan a indagar más por temor a ser indiscretos. Pero no te confíes, es tan ambigua que en el fondo todos dudarán.

Se murió mi tía. Esta excusa es conmovedora. Pero si te funciona, no seas de los que luego empiezan a matar a toda su parentela.

No encontraba las llaves del auto. En este caso tendrás que echar la culpa a alguien por el extravío, porque si no, vas a quedar como un tonto desorganizado que no sabe dónde deja las cosas.

Me quedé dormido. Sonarás muy honesto… y también tonto.

¿La impuntualidad se quita? No puedo asegurar que a mí se me quitó por completo, pero sí que la tengo bastante a raya. No por mis méritos, sino por efecto de los jalones de oreja y algunas mentadas de madre recibidas; y desde luego porque hay responsabilidades en la vida que no la soslayan.

También admito que convivir y trabajar con gente puntual ayuda mucho. Ya no estoy para jalones de oreja y mentadas de madre.

Todos hemos sido víctimas y victimarios de la impuntualidad. Ya lo dijo el profeta Tardeus Dilatum: “el que esté libre de retardos que tire la primera neta.”

Y para cerrar el tema en este tono místico y profético, terminaré diciendo que la impuntualidad nos ha acompañado desde el principio de los tiempos y así será por los siglos de los siglos, amén.

viernes, 29 de mayo de 2015

El peatonismo: un deporte extremo.

     Ser peatón en Guadalajara es verdaderamente emocionante. Las calles de nuestra ciudad nos tienen preparadas aventuras sin fin para toda la familia, es como un atracción donde uno debe transitar sobre banquetas con obstáculos -baches, lozas levantadas o rotas, raíces de árboles que emergen como medusas -; enfrentar a automovilistas que manejan mientras hablan por celular y que siempre tienen prisa por llegar al siguiente semáforo en rojo; evadir a camiones urbanos con complejo de bulldozers que ostentan el récord mundial de gente arrollada, así como a delincuentes montoneros que andan de dos en dos asaltando a quien se descuide, y muchas peripecias más.

     A lo largo de los años, la cantidad de vehículos motorizados en las ciudades, y muy particularmente en nuestra zona metropolitana tapatía -con más autos en sus arterias que plaquetas en las mías-, ha crecido de una forma exponencial, lo que se refleja en un aumento del índice de atropellamientos. Pero eso no se debe sólo al gran número de vehículos, sino también a la carencia de educación vial de la que, conductores y peatones hacemos gala en México, -y que nos ha dado una folclórica fama internacional-, y a la falta de zonas verdaderamente seguras para el desplazamiento de caminantes.  

     Pensemos, por ejemplo, en cuántos semáforos peatonales podemos encontrar en Guadalajara, presentes solamente en zonas muy conflictivas como el centro de la ciudad o algunas áreas comerciales; o en los dichosos pasos de cebra, estas franjas pintadas sobre la calle reservadas para el cruce de peatones, que resultan invisibles para los automovilistas que nunca, por cierto, estarán atrás de las rayas, sino siempre con las ruedas sobre ellas. Un verdadero cebricidio. Dicho sea de paso, no sería mala idea que las autoridades le dieran una manita de gato a las líneas de los pasos de cebra para que queden bien estampadas, y evitar así que los que queden bien estampados sean los transeúntes.

     Pues bien, señoras y señores, por su naturaleza aventurera y arriesgada quiero proponer públicamente que la actividad del peatón sea incluida en la lista de deportes extremos con el  nombre de peatonismo.


     Quienes practican el paracaidismo, el salto en bungee o el rapel, saben lo que es la adrenalina, se hablan de tú con el peligro y se dan piquetes de ombligo con patas de cabra. Los peatones también. 

     Voy más lejos, el peatonismo es aún más sufrido que los deportes que he mencionado porque no se practica en el paradisiaco campo abierto ni en montañas de postal, sino en las hostiles calles de nuestra ciudad, donde cualquier caída, por insignificante que sea, tiene como malla de protección el mismísimo suelo de cemento. Y sin casco de por medio.

     Como en los deportes de riesgo, el peatonismo exige tener reflejos felinos y los cinco sentidos muy bien afinados para estar atentos a la eventual embestida del enemigo. De igual forma, las piernas tienen que estar a tono para emprender la carrera en fracciones de segundo, con una fuerza de arranque que envidiaría un Porsche del año. 

     Me atrevo incluso a comparar el peatonismo con otro deporte de riesgo, el box.  Estoy de acuerdo en que boxeadores de altos vuelos como Mayweather o El Canelo se someten a un excesivo sufrimiento corporal, pero en compensación sus heridas y lesiones son cuidadosamente aliviadas, no con curitas de a peso como lo hace cualquier mortal, sino con terapéuticos fajos de millones de dólares, y en lugar de Merthiolate prefieren el Whisky. Pero ya me estoy saliendo del tema.

     Encarrilado como voy, propondré algunas categorías para clasificar a los atletas practicantes del peatonismo:

Clase Turista.
Aquí se encuentra el extranjero que, para cruzar una esquina, primero se santigua encomendando su suerte a San Pascual Bailón (santo conocido por su habilidad con los pies), y luego sube y baja la banqueta en pequeños y titubeantes pasitos antes de decidirse a arrancar como caballo en hipódromo, y que al llegar al otro lado suelta algunas carcajadas nerviosas y descompuestas, producto de la emoción de este excitante deporte. 

Nivel Ducho.
Es el del peatón avezado que, a fuerza de esquivar laminazos un día sí y el otro también, se las sabe de todas todas. Cruza por la mitad de la calle porque sabe que por las esquinas el peligro puede venir por los 4 puntos cardinales.

Seniors.
Estos son peatones con más edad en su haber y paradójicamente pueden ser de lo más temerario. Su estrategia consiste en cruzar despacio pero con determinación, con la mirada al piso, en actitud de “ábranse piojos que ahí va el peine”, provocando algunos rechinidos de llanta. Saben que su estoicismo deja a todos con cara de perplejos. Suelen traer bastón con el que arremeten contra algún auto o, peor aún, contra la cabeza de un conductor que se quiera pasar de listo.

Suicidas.
Esta categoría es controversial porque los métodos de estos peatones no son precisamente ejemplares. Como si los peligros normales no fueran suficientes, ellos no escatiman en audacia. Encima de que ser peatón tiene reglas poco claras, y muy pocos las conocen y las respetan, los suicidas prefieren ignorarlas aún cuando las tienen a la vista. Son los que cruzan las calles sin importar si el semáforo vial está en color verde, rojo, amarillo, azul, morado o mamey. También cruzan el periférico por la mitad a las tres de la tarde, desdeñando con osadía épica el puente peatonal que tienen a un lado.

Superdotados.
Esta categoría hace referencia a aquellos peatones con derroche de habilidades. Y también de mañas, pero de las buenas. Son los que tienen que salir a la calle a darlo todo para que la calle no les dé a ellos. Si ya hemos dicho que en este deporte hay que tener la vista, el oído y las extremidades a tono y bien entrenadas, imagínense lo que tienen que aguantar los que carecen de estas herramientas. Ellos, personas con discapacidad, merecen medalla olímpica con todo tipo de vítores y hurras. 

     Por último, y aprovechando que es tiempo de elecciones, aquí les dejo a los candidatos a presidentes municipales de la Zona Metropolitana de Guadalajara mi humilde propuesta de elevar a nivel de deporte extremo el arte de ser peatón. Sería una forma de honrar a los millones de personas que salen todos los días a recorrer las calles empeñando cuerpo, alma y suelas, sudando la gota gorda y respirando el smog que ellos no producen.

     Y aquí podríamos incluir a los ciclistas urbanos, que también arriesgan el pellejo. 


     Ustedes, señores candidatos, que dicen que quieren gobernar para el pueblo, para la gente de la calle, la de a pie, aquí tienen esta idea. Total, no hay nada que perder. Lo más grave que podría suceder es que la gente lo tome como algo inverosímil, como una ocurrencia, una promesa absurda, y piense que no hablan en serio. Pero así ha sido siempre. No tienen nada que perder.

martes, 31 de marzo de 2015

Todos los caminos conducen a Nogales.

Guadalajara es una de las ciudades más bellas y gozosas de México. Habitantes y visitantes la disfrutamos en serio. Tiene una gran historia, tradiciones de exportación, arte y artistas célebres, añeja arquitectura, jardines, fuentes,, muchachas guapas por todos lados, -es decir, guapas por arriba y por abajo, por lo anterior y por lo posterior; además la ciudad tiene gastronomía inimitable, como la carne en su jugo y las tortas ahogadas hechas con birote salado. Suculencias tapatías.

Tiene paseos, avenidas, calzadas, vericuetos y laberintos que hacen reflexionar que las calles de ciudades antiguas como ésta, fundada en 1542, se abrían paso siguiendo la ruta que le imponían su necesidad y capricho, acorde a su época.

Lo curioso es que aún en estos tiempos modernos -concepto que paradójicamente cada vez suena más anticuado-, Guadalajara, con todo y su innegable relevancia mundial como una gran capital, y a pesar de haber más de 1 millón de automóviles circulando diariamente en la zona metropolitana, se mantenga, en lo que respecta al tráfico y al diseño de vialidad, en el Cretácico Inferior.

Pareciera que en el Valle de Atemajac no se propagó con suficiencia el gen de la intuición para planear las vialidades que nos lleven a donde queremos ir y no a donde los ingenieros encargados de los servicios de vialidad creen que todos queremos ir. Los que sí tenemos que hacer gala de intuición somos los que navegamos por estas calles.

Me explico. Quienes vivimos en Guadalajara y que usamos un auto para transportarnos, tenemos que familiarizarnos a golpe de volante con las rutas que nos conducen a tal o cual lugar, conocer los sentidos y contrasentidos de las calles, saber cuáles son las vías rápidas que en ciertos momentos del día son las más lentas, así como bregar con la falta de señalamientos adecuados. Es decir, para transitar con cierto tino por las calles de esta ciudad sin perderse o encontrarse que de pronto la calle cambió de sentido, tomar la salida equivocada o no haberla tomado porque no había un señalamiento mínimo indispensable… hay que ser tapatío. Y no sólo eso, sino un tapatío valiente y con muchas horas de vuelo.

Desde que vivo aquí, hace ya muchos años, siempre ha zumbado en mi curiosidad la pregunta ¿Por qué será que en esta ciudad todos los caminos van a Nogales y a Saltillo?

Ésta última se encuentra en números redondos a 700 kilómetros de distancia y, dicho sin desdoro de la capital coahuilense, creo que entre Guadalajara y Saltillo hay sitios a los que, por su cercanía o su importancia  turística, valdría la pena darles prioridad en las señales de tráfico que las autoridades de vialidad colocan para orientación del respetable -algunas veces, por cierto, al alcance de las ramas de un frondoso árbol que dificulta la lectura, añadiéndole emoción al paseo y adrenalina al paseante-. 

Sólo por citar algunos de estos puntos intermedios entre Guadalajara y Saltillo, mencionemos a Tepatitlán, San Juan de los Lagos, Aguascalientes y Zacatecas. 

Y qué decir de Nogales, la ciudad fronteriza del estado de Sonora. De ella nos separa la friolera de 1650 kilómetros por autopista. ¿A cuánta gente que pretende salir de Guadalajara o pasa por aquí le importará saber dónde se encuentra la ruta a Nogales? No sé qué piensen ustedes pero creo que es de mayor utilidad informarles dónde está la salida al Pueblo Mágico de Tequila, a Tepic, a Puerto Vallarta o a Mazatlán. ¿Pero Nogales?

Concordemos en que Nogales representa el punto extremo de esa autopista y nos da un norte -en este caso, literalmente- del rumbo a seguir; pero si a esas vamos, la Salida a Nogales, como se le conoce coloquialmente a ese escape de la ciudad, podría ser denominada la Salida a Nueva York o la Autopista a Alaska, lo cual nos haría ver más cosmopolitas y globalizadores.

De acuerdo, estas carreteras en su momento fueron llamadas así porque el proyecto de ingeniería comprendía esos extremos: es decir, la obra empezaba en Guadalajara y terminaba en Saltillo, lo mismo para el caso de la Guadalajara-Nogales. Una razón estrictamente técnica. Pero, sin duda, con el gentil propósito de darles una orientación útil a los viajeros, hubiera sido un bonito gesto de parte de las autoridades emplear otra nomenclatura, más amigable y eficaz. Además, dicho sea de paso, yo he estado muchas veces en Nogales y, que yo recuerde, no hay un letrero que diga Salida a Guadalajara. O todos parejos o todos chipotudos.

Hay más: señales que indican el camino hacia el aeropuerto o hacia el centro de la ciudad y que de pronto dejan de aparecer en la ruta dejándonos en la indefensión, líneas blancas sobre las calles que no se alcanzan a percibir ni a plena luz del día porque parece que fueron pintadas con crayones o pinturas de agua, salidas de vías rápidas a otras avenidas importantes que no son anunciadas ni a tiempo ni nunca, puentes que no te atreves a tomar porque ignoras a dónde te conducen, semáforos de anticipación que nadie sabe para qué sirven, avenidas de 3 carriles que sin previo aviso se achican a uno solo y te obligan a cerrar filas para permitir que otros se incorporen sin piedad a la avenida, so pena de entrar en un pantano de bollas o de chocar con el auto que viene a usurpar el que hace 3 segundos era tu carril. Sálvese quien pueda.

El balizamiento de las ciudades debería estar hecho por profesionales con alguna especialidad en el tema. O, por lo menos, estar a cargo de gente con nata sensibilidad para determinar qué información necesita y espera recibir anticipadamente un conductor que transita por las vialidades.

Los tapatíos lo agradeceríamos. Y los turistas no se diga.

Fin del berrinche. Ahora me voy a disfrutar Guadalajara que, como dije al principio, para mí es bella y gozosa.


Artículo publicado en ProyectoDiez.mx el 30 de marzo de 2015

sábado, 28 de febrero de 2015

Procrastinando

       Tienes mucho trabajo que hacer, te inquieta especialmente un informe de trabajo importante que debiste entregar desde ayer y que no hiciste porque, además de que hacer informes no es precisamente tu tarea favorita -hablando con franqueza, la detestas-, te fue imposible siquiera empezar dado que, entre otras ocupaciones, recibiste varias llamadas inesperadas. Bueno, a decir verdad, algunas de esas llamadas, la mayoría pues, las hiciste tú por iniciativa propia, y en honor a la verdad no eran tan apremiantes, excepto ésa que le dedicaste a tu tía Clara por su cumpleaños. La tía no perdona que no le llames en sus cada vez más contados aniversarios, y como ella padece verborrea galopante, y tú también, invertiste más de una hora en pasar lista a las novedades del último año, tiempo que ha transcurrido desde la última llamada de felicitación.

      Pero hoy tomaste la inquebrantable decisión de entregar esa cotización que anoche te quitó el sueño. Pase lo que pase.

      Te sientas a las nueve en punto de la mañana frente a la computadora, con entusiasmo y determinación, respiras profundo como tomando fuerzas y te pones manos a la obra. En ese momento adviertes que te falta algo esencial para iniciar labores: el imperdonable cafecito. Vas a prepararlo y mientras está listo consultas el Facebook en tu teléfono para matar el tiempo, aprovechas para ver cómo va la cuenta de likes en la selfie que subiste ayer. Ya suman 21. De una vez aprovechas para responder un par de mensajes inbox. Te percatas que el café está listo desde hace 20 minutos o más y te sirves una taza que luce humeante y provocadora. No puedes desaprovechar esa imagen como de revista y le tomas una foto padrísima junto a la computadora para después publicarla en Facebook con algún filtro que la hace ver más nais, y le añades algún comentario motivador y estimulante como el propio café. 

      Ahora sí, todo listo para empezar a redactar el documento. ¡Bing!, suena en tu compu el aviso de que acaba de llegar un nuevo mail, abres tu correo y ves que no es uno sino varios los que están pendientes de revisar. La mayoría son correo basura, pero como hasta en la basura hay cosas interesantes, surge en ti el pepenador que todos llevamos dentro y te zambulles en el montón de correo; hay uno que llama tu atención, es la promoción de una venta nocturna que está en puerta, lo lees y el descuento del 30% en ropa para dama y caballero te parece tan atractivo que, haciendo click en el mensaje, se abre tu navegador y te conduce a la tienda. Buscas algo que te interese, ves los precios y concluyes que la venta es una tomada de pelo, tres cuartos de hora después regresas a tu quehacer. 
          
           Abres tu procesador de texto, te quedas viendo la pantalla como intentando invocar a las musas para que vengan en tu auxilio,  de pronto giras tu mirada hacia la taza y adviertes que ya casi te acabaste el café, vas a resurtir, suena el teléfono y contestas; te da hambre, haces un sandwich, aprovechas para poner un poco de orden en la cocina y regresas a tu lugar de trabajo, o para lo que sirva ese lugar.
      
      ¡Eureka!, por fin tu mente se ilumina y se revela la primera idea con la que abrirás tu informe: "28 de febrero de 2015". Esa línea te hace caer en la cuenta que hoy es el último día para pagar la maldita tarjeta de crédito, decides hacerlo de una vez para no tener esa estorbosa preocupación y poder así seguir trabajando con total concentración mental. Vas al banco, haces una fila tan larga como tu impaciencia -bendito Facebook, piensas, el recuento de los likes a tu selfie ya asciende a 32-, pagas, y cuando vienes de regreso pasas por la gasolinera y te detienes a cargar combustible;  miras el reloj y ves que es muy tarde, haces lo posible por regresar rápido a trabajar pero el tráfico está denso. Llegas a tu casa, te encuentras al vecino y lo saludas, conversan banalidades como lo caro que está todo hoy, regresas a tu computadora, haces una escala técnica en Facebook, abres el documento en la pantalla y en él la fecha sigue siendo lo único que has escrito.  Decides tomar un descanso porque el trabajo te ha agobiado esta mañana, entonces te sientas frente a la tele un momentito para refrescar la mente y te ejecutas todo un capítulo de Friends, regresas a la computadora, vuelves a ver el reloj y el tiempo de comer ha llegado, no te permites trabajar en horas de comida, decides prepararte algo siguiendo rigurosamente el principio de “ya comido pienso mejor”. Después viene la siesta, medicina infalible para recuperar fuerzas en un día agotador, y al despertar debes arreglarte para acudir a la junta de trabajo donde tienes que presentar el informe… que no has hecho. Cancelas tu junta y decides que mañana será un mejor día para hacer el informe. Bueno, por lo menos hoy te queda la satisfacción de que tu selfie llegó a los 55 likes. Fin de la historia.

      La narración anterior intenta describir la acción de procrastinar, entendida en términos sencillos como: postergar situaciones o responsabilidades, y hacer en su lugar actividades menos importantes.

      Posponer, diferir, retrasar, aplazar, prolongar, son algunos sinónimos y palabras similares a procrastinar pero si aludimos no al significado sino a los motivos y fuerzas internas que nos llevan a la procrastinación, sería más atinado emplear evadir, eludir, darle la vuelta, dar largas dejar para después, fingir demencia, jugar al occiso, hacerse güey y otras expresiones menos decorosas.

      Por extraño que parezca, los antiguos Romanos del Imperio, amos y señores de la guerra, las artes y la política, al parecer también procrastinaban y de lo lindo, tanto que fueron ellos quienes se encargaron de crear en latín el término procrastinare, formado por el prefijo pro (hacia) y cras (mañana, en su sentido de futuro). Así que, como podemos ver, la procrastinación es parte de nuestras debilidades más añejas y primarias. Compañera de conquistas y calamidades.

      La esencia de la procrastinación está en el grado de incomodidad o ansiedad que nos puede producir determinada actividad, por lo cual, consciente o inconscientemente intentamos posponerla ad infinitum -para seguir honrando al latín-. El tamaño de la flojera, la apatía y el estrés que nos produce la acción incómoda, es directamente proporcional al armamento de excusas, distractores y fruslerías que emplearemos para evadirnos de tal evento. 

      Lo paradójico es que aplazar el momento de ejecutar dicha actividad, acaba produciéndonos más ansiedad que la que estamos intentando evitar. 

      No sé si ustedes, pero yo me veo cara a cara con la procrastinación a menudo. Y de esos lances no siempre salgo en hombros. Para avalar mi dicho, reconozco que este texto quería publicarlo hace por lo menos 2 semanas.

      A veces tengo que hacer algo y me las ingenio para dejarlo hasta el último día y más allá, por razones que sólo mi cerebro conoce y el muy tacaño no me comparte. Algunas de estas actividades postergadas son imperiosas, otras no tanto, pero al final todas y cada una de ellas las tendré que realizar irremediablemente. De ahí que, en casos como éste, procrastinar puede entenderse como tratar de evitar lo inevitable.

      No niego que en ciertas ocasiones -no siempre, vale aclarar en defensa de mi honor-  pospongo determinadas cosas solo para evitar la fatiga -parafraseando a Jaimito El Cartero- con lo cual estoy aplicando con desvergüenza la filosofía que postula: “¿Por qué dejar para mañana lo que se puede hacer pasado mañana?" Otras veces lo hago porque de esa manera se genera en mi interior una especie de fuerza explosiva, producto de la emergencia inducida, que me hace ponerme en marcha. En este último caso, creo que no es el deseo de evadir lo que me conduce a postergar, sino que, al posponer, yo mismo genero una situación de urgencia que al subir al nivel color de hormiga, no me deja otra salida que actuar en consecuencia. Es como si usara el estrés a mi favor. Claro está que no es la forma más ejecutiva de ir por la vida, pero acá entre nos, me funciona. 

      No hay recetas milagrosas contra la procrastinación, pero hay infinidad de escritos y posturas sobre la materia. De lo que he encontrado más interesante en estas lecturas es que no se trata de un asunto de fuerza de voluntad -dado que es una fuente de energía muy difícil de encontrar y que se agota muy rápido-, es más bien un tema de hábitos y costumbres, y los malos y añejos hábitos se combaten con otros, nuevos y más poderosos.

      Decía mi madre que en comer y rascar todo es empezar. Y es muy cierto. En el tema de la procrastinación, el punto clave parece el momento de dar inicio a la actividad. El primer paso es la parte más difícil de cualquier caminata, pero una vez en marcha, los pies adquieren vida propia. Es recomendable, pues, establecer un ritual de arranque que nos resulte amigable. Si tu trabajo es de escritorio, como en el ejemplo de arriba, una buena dotación de café y un ambiente con música ligera podría ser el entorno que te ponga en buena actitud de empezar y terminar tu trabajo.

      Es muy importante, además, ver una recompensa luminosa al final del túnel. Esta auto gratificación puede ser una golosina, una buena película, una cena deliciosa, un baño caliente, un tiempo para descansar, eso que te vas a comprar con lo que te van a pagar por el trabajo realizado o, por qué no, un rato a solas con tu pareja. O con quién tengas a la mano.

      Y qué decir de los distractores. En este partido, Facebook, Twitter y Youtube tendrán que esperar en la banca aunque siempre jueguen de delanteros. -No sé por qué me salió tan futbolística esta línea si el futbol ni me viene ni me va-.
           
      Estas reflexiones no pretenden ser, ni de lejos, un ensayo sobre el tema. Es, a lo más, un humilde y breve testimonio, que más bien parece una confesión. Por ello, para quien quiera profundizar en la materia, abajo comparto algunos enlaces que a este servidor le han ayudado, no a exterminar mágicamente, de una vez y para siempre, el problema de la procrastinación, sino a adquirir los conocimientos más vanguardistas y confiables para algún día llegar a ser un verdadero procrastinador, informado y profesional.




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Fuentes y enlaces sugeridos.
http://www.telegama.com/societyof2000/ver.asp?art=3619
http://blogs.elpais.com/ayuda-al-estudiante/2013/03/10-formas-de-luchar-contra-la-procrastinacion.html
http://www.structuredprocrastination.com/
http://www.letraslibres.com/revista/convivio/procrastinar-0
https://www.fundacionunam.org.mx/estilo_de_vida/como-evitar-la-procrastinacion/
http://es.wikipedia.org/wiki/Procrastinaci%C3%B3n
http://www.bakadesuyo.com/2015/01/how-to-stop-procrastinating/
http://procrastinacion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=86%3Adiez-cosas&catid=43%3Asoluciones&Itemid=62&lang=es









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