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lunes, 30 de noviembre de 2015

¿Eres indeciso?


No sé, puede ser, a lo mejor, quién sabe. 
Gaspar Henaine 'Capulina'.



     Cuando llegó el momento de ponerme manos a la obra para redactar este texto, acudí como siempre a mis notas, donde acostumbro poner ideas, temas, sugerencias y chispazos que creo pudieran ser de utilidad para escritos futuros. Abrí la lista y me reencontré con esos temas que poco a poco fui registrando porque no confío ni un pelo en mi memoria y que aguardaban silenciosos su turno para ver la luz en alguna divagación como esta. Eran entre ocho y diez temas -es decir nueve- y sentí que todos ellos tenían igualdad de merecimientos porque, interesantes o no, el simple hecho de haberles dado lugar en esa relación les había otorgado un peso específico y les hizo crear expectativas. Repasé el listado y me pareció ver a los temas mirándome implorantes, y casi los escuché gritar “Yo, yo, por favor”.

     Los repasé reiteradas veces y de entre todos me decidí por el tema El placer de Comer, una de mis debilidades más fuertes (paradójicamente). Cuando había escrito no más de siete líneas sentí que la materia no me estaba generando interés sino hambre. Aborté, pues, el plan y viré hacia el tema de La Falta de Concentración en el Trabajo, un problema que nos es común a muchos, pero algo que no puedo precisar sucedió, me distrajo y perdí el hilo de lo que escribía. 

     Examiné nuevamente la lista y elegí otro tema, no recuerdo exactamente cuál, creo que era La mala Memoria . Pocos minutos después tuve que abandonar el escrito porque olvidé que no hace mucho había escrito sobre el tema.

     En ese punto estaba más que claro que era víctima de un fuerte ataque de indecisión. Si alguno de ustedes ha sufrido el tener que enfrentarse a la difícil prueba de decidir entre una o dos cosas o, peor aún, entre una gama amplia de opciones, y siente que le va la vida en ello, sabe de lo que estoy hablando.

     La indecisión nos acompaña desde niños y si no le damos unos zapes a tiempo, acaba por seguirnos sigilosamente en casi cada acto de nuestra vida.

     Recuerdo que llegaba la Navidad y teníamos que hacer la carta al Niño Dios, a Santa Claus, a los Santos Reyes o a quien corresponda, según se viviera en el sur, el centro o el norte del país. En mi caso particular, dado que no podía pedir todo -igual me pasa hasta la fecha-, no era tarea sencilla elegir entre unos patines con botines incluidos,  un juego de magia Mi Alegría o un kit completo de ropa y accesorios para mis Aventureros de Acción Lilí Ledy. Entonces opté por pedir una bicicleta. Así llegó mi Chópper 72.

     La vida nos somete diariamente al cruel ejercicio de tomar decisiones hasta en las cosas más sencillas. ¿Te ha pasado que tienes tu ropero lleno de prendas clamando a gritos que las saques a orear y, después de un concienzudo proceso de selección y descarte, acabas poniéndote los mismos calzones, los mismos jeans y la misma camisa de siempre? 

     Cuántas veces me ha pasado que voy a un sitio a comer y al ojear la carta encuentro un mundo de posibilidades, gozosas ellas cuando llegan a la mesa, pero tortuosas de momento porque tengo que tomar la odiosa decisión de elegir y discriminar. En ese momento se desata el debate interno entre lo que quiero comer, lo que considero que es más saludable y lo que puedo pagar. Un desfile de preguntas hacen pasarela en mi mente: ¿sopa para empezar?, ¿y si la sopa me quita las ganas de algo más?, ¿mejor voy directo al plato fuerte?, ¿carne blanca?  ¿un pollito?, ¿o pescado?, ¿cuál pescado?, ¿a la parrilla o empanizado?, ¿carne roja?, ¿qué término?, ¿mejor unos tacos o una hamburguesa con papas?, ¿una ensalada para que los demás vean que me alimento sanamente?, ¿cuánto dinero traigo? Para salir del embrollo dialéctico interno hago mi elección siguiendo el científico método del tin-marín de do-pingüé, y al servir los alimentos generalmente termino envidiando lo que pidió alguno de los contertulios. Cuando eres indeciso, por más que te esfuerces en elegir a conciencia el platillo que vas a comer, siempre será mejor el que pidió tu acompañante.

     Ir al cine también puede convertirse en un problema a causa de la indecisión. Hay muchas películas en cartelera, y no solo eso, también las hay para escoger entre las salas VIP, 4DX, Junior, Plus, Macro XE, además las puedes ver subtituladas y dobladas al español, y por si todo lo anterior fuera poco, las exhiben en variedad de formatos: 2D, 3D, SP, SP + 3D… X$&+50Y# (esta última secuencia de signos no es un formato sino una maldición proferida por mi). Un suplicio para cualquier indeciso.

     Como yo me considero un indeciso  con entrenamiento para ejercer el honroso título, me puse a revisar algunas lecturas sobre la materia y aquí les comparto, a manera de resumen, algunas ideas rápidas e interesantes.

¿Cuáles son algunas causas de la indecisión? 

  • Falta de confianza en nosotros mismos.
  • Tener demasiadas opciones.
  • Sobreestimación de los posibles resultados de la decisión.
  • Tratar de hacer una elección buscando la aprobación de alguien.
  • Temor al fracaso.
  • Ser perfeccionista.

¿Cómo podemos enfrentar la indecisión?

- Trata de encontrar la relevancia de la elección que estás por hacer. Hay veces que invertimos mucho tiempo en tomar una decisión irrelevante. Qué más da si pides melón o sandía, simplemente escoge uno de los dos y la siguiente vez cambias la elección.  Piensa que la mayoría de las veces, equivocarse no trae consecuencias graves sino aprendizaje. Eso sí, hay que estar atento a las lecciones, de otra manera no se aprende un pepino.

- Intenta tener claro el resultado que buscas con tu decisión. A veces queremos cambiar algo en nosotros o en nuestro entorno y no sabemos ni qué rumbo queremos tomar.

  • Dale importancia a tus preferencias y sentimientos, no bases tus decisiones pensando en complacer a otros.

  • Reduce tu universo de opciones descartando por completo las que estén más apartadas de tu objetivo y no las vuelvas a voltear a ver, porque en una de ésas te guiñan de nuevo el ojo y acabas sucumbiendo a sus flirteos y mucho más confundido. Sí, ya sé, es difícil, pero hay que ejercitar ese músculo.

  • Todos hemos vivido en carne propia la indecisión. Conozco muy poca gente que tome decisiones rápidas y definitivas, a excepción de mi primera novia, que me mandó al demonio con contundencia Churchilliana.

Algo más, las mejores decisiones se consiguen cuando se está bien informado de la materia sobre la cual se quiere decidir. Si hemos de pedir consejo, hagámoslo con gente que sepa del tema. No está de más acudir a los amigos, pero ellos, no por ser amigos están informados.


Y para concluir, de lo que sí estoy plenamente seguro, con la mayor certeza y sin temor a equivocarme, es que la inseguridad antes era un problema para mi, en cambio ahora, no sé, creo que la tengo bajo control. Un poco. Tal vez.

sábado, 8 de agosto de 2015

Tarde pero sin sueño.

No es una cosa que me enorgullezca ni que muestre de mí una faceta para presumir, pero tampoco es algo que quiera ni pueda ocultar. Si me preguntaran qué aspectos de mi personalidad me dieron más trabajo domar, diría que uno de los principales es la impuntualidad. Y si no me preguntaran, también.
   
No sé quién inició esta tradición familiar, pero puedo afirmar que mi árbol genealógico es frondoso en impuntuales. Mis abuelos, mis padres y mis hermanos lo eran. Yo, el menor, aprendí bien el juego.

Mi papá, como dije, fue impuntual, no en el trabajo sino en cuestiones personales, y mi madre no hacía malos quesos; los hacía tarde pero nunca malos. Recuerdo que mi papá le pedía a mi madre que estuviera lista a las ocho de la noche porque a esa hora pasaría por ella para ir a algún compromiso, pero en los hechos él llegaba a recogerla ya muy cerca de las nueve. Mi mamá, sabedora de que mi papá no cumplía con sus promesas de horario, tampoco estaba lista, ni a las ocho ni a las nueve, sino rayando las nueve y media. Eso provocaba una animada trifulca que podía prolongarse por largo rato, de tal suerte que al final terminaban saliendo de casa alrededor de las diez y media. Tarde pero enojados.

Ignoro si la impuntualidad se transmite genéticamente, lo que sí sé es que mi mamá me contaba que yo debí haber nacido, según los cálculos del ginecólogo, un 24 de septiembre; pero se llegó la fecha pronosticada y la versión nonata de este servidor no dio muestra alguna de querer abandonar las cálidas instalaciones maternas. Una semana más tarde, el primero de octubre, me sacaron de mi mamá a tirones en un operativo de desalojo, usando un arma punzocortante. Afortunadamente la cesárea fue un éxito. En síntesis, nací con una semana de retraso.

Recuerdo que algunas veces mi mamá no llegó a tiempo a recogerme en el kínder a la hora de salida, y una vez hasta me tuve que ir a comer a casa de la maestra. Fue un momento desagradable, en primer lugar porque -si bien sabía que mi mamá llegaría por mí tarde o temprano, en este caso, tarde o muy tarde- la extrañaba mucho, y en segundo término porque la comida de la profesora sabía muy mal.

Para mí, llegar tarde al colegio era la regla. Si el timbre de entrada sonaba a las ocho, mi mamá despertaba a las siete y media, pero yo invariablemente sucumbía ante el diabólico embeleso del “otro ratito”, el momento más brutalmente delicioso del tiempo de sueño, y que terminaba con el grito estrepitoso de mi mamá:—¡ya son las ocho! —. Acto seguido, daba un brinco de la cama, me vestía en un minuto, pepenaba un pan tostado a la pasada y me subía al auto, con una mamá furiosa al volante, para llegar a la escuela a las ocho y diez, cuando la profesora ya había tomado lista. Un retardo más en la boleta.

Con los años, la impuntualidad se va acrecentando y consolidando en los hábitos. Lo que de niño son retrasos en la boleta de calificaciones, de adulto son problemas en el trabajo, días descontados en la quincena, negocios que no se cierran, malas caras por doquier, y, como en mi caso, etiquetas muy difícil de sacudirse, aun cuando con el tiempo, y desde hace muchos años, he trabajado intensamente en el aspecto de la puntualidad con resultados más que satisfactorios. No importa cuánto te esfuerces en demostrar que ya no eres el de antes. Para la gente que conoció y padeció esa faceta de ti, siempre serás un impuntual, con rango de vitalicio y honorario.

Ese currículum que me gané a pulso me ha permitido distinguir algunas características de los impuntuales. Si coinciden contigo algunas de las siguientes afirmaciones, es posible que también padezcas retardo crónico:

- No importa cuánto tiempo te hayas tomado para llegar puntual a tu cita, siempre harás algo de último minuto que te hará salir tarde a ella.

- Generalmente sobreestimas el tiempo disponible y a ti mismo. Dicho de otra manera, crees que puedes hacer mucho más de lo que realmente puedes.

- Todos los días te repites: “ahora sí, mañana voy a llegar temprano”. Buen propósito, pero la neurolingüística no aplicada no sirve de nada.

- Si al dirigirte a tu cita, calculas que llegarás antes de la hora señalada, te detendrás a despilfarrar esos minutos y algunos más en comprar un cafecito o alguna otra bagatela. El chiste es llegar tarde.

¿Patología, rasgo de personalidad, un problema cultural muy mexicano? Hay quienes opinan que es un hábito inconsciente que puede denotar baja autoestima, rebeldía ganas de fregar; otros piensan que está relacionado con la procrastinación. Otros más sesudos le vinculan con el trastorno de déficit de atención o con problemas fisiológicos como alteraciones en el lóbulo frontal, donde reside la función de planificar las actividades.

Cualquiera que sea la causa original, no podemos negar que un delicioso caldo de cultivo es la tolerancia que los demás les dispensan a los que llegan tarde.

En México, donde la impuntualidad es la firma de la casa -lo que la vuelve preponderantemente cultural-, dicha tolerancia es proverbial, casi como la impunidad con la que se regocijan los delincuentes.

Aquí muchas veces se cita a una hora sabiendo de antemano que se empezará media hora después. Eso sucede en conciertos, obras de teatro y todo tipo de eventos públicos, donde se asume que el respetable siempre llegará a una hora no muy respetable. En cambio, en los Estados Unidos, por hacer una comparación que resultará odiosa, los espectáculos comienzan a la hora que se anuncian, so pena de recibir jugosas y muy disuasivas multas. De igual manera, en ese país o en otros de los llamados avanzados, al que llega tarde a una cita de negocios se le hace juicio sumario y luego es llevado a la horca.

El repertorio de excusas es inagotable, pero sólo por no dejar mencionaré algunas que quizá hayas escuchado. Y si no, te las dejo como ideas, una para cada día de la semana. Pero ten cuidado, todas tienen sus riesgos.

El autobús pasó muy tarde. Dado que en México esta circunstancia es de lo más normal y por lo tanto predecible, te podrán reclamar no haber salido más temprano de tu casa.

Amanecí con dolor de cabeza. En general, las razones de salud pueden ser eficaces, pero tienen el inconveniente de que te obligan a poner cara de moribundo el resto del día.

Se me reventó una llanta. Si el grado de retraso es mayúsculo, puedes recurrir a la modalidad extrema de “Se me poncharon las cuatro llantas”. Aunque claro, la probabilidad de que nadie te crea se multiplica por cuatro.

Tuve un problema personal de última hora. La clasificación personal le pone un candado de privacidad; usarla hace que el supuesto problema parezca algo muy íntimo y evita que los afectados por tu retraso se atrevan a indagar más por temor a ser indiscretos. Pero no te confíes, es tan ambigua que en el fondo todos dudarán.

Se murió mi tía. Esta excusa es conmovedora. Pero si te funciona, no seas de los que luego empiezan a matar a toda su parentela.

No encontraba las llaves del auto. En este caso tendrás que echar la culpa a alguien por el extravío, porque si no, vas a quedar como un tonto desorganizado que no sabe dónde deja las cosas.

Me quedé dormido. Sonarás muy honesto… y también tonto.

¿La impuntualidad se quita? No puedo asegurar que a mí se me quitó por completo, pero sí que la tengo bastante a raya. No por mis méritos, sino por efecto de los jalones de oreja y algunas mentadas de madre recibidas; y desde luego porque hay responsabilidades en la vida que no la soslayan.

También admito que convivir y trabajar con gente puntual ayuda mucho. Ya no estoy para jalones de oreja y mentadas de madre.

Todos hemos sido víctimas y victimarios de la impuntualidad. Ya lo dijo el profeta Tardeus Dilatum: “el que esté libre de retardos que tire la primera neta.”

Y para cerrar el tema en este tono místico y profético, terminaré diciendo que la impuntualidad nos ha acompañado desde el principio de los tiempos y así será por los siglos de los siglos, amén.

miércoles, 7 de enero de 2015

El Yamikemi, un remedio contra el estrés.

Enero, la cuesta que cuesta mucho subir por variadas razones. Por los consabidos gastos que se hicieron en diciembre y que en realidad uno termina pagando este mes; por los kilos adicionales que los ágapes decembrinos nos dejan distribuidos graciosamente en barriga, cachete y papada; por los propósitos de año nuevo que la tradición obliga plantear y que la misma tradición nos hace deshonrar olímpicamente no bien entrado febrero, o antes de ser posible; y también porque algo han de tener las vacaciones que es muy difícil sacarlas de nuestra trastocada agenda de fin de año. Cuando menos así me pasa a mi, que soy bastante proclive a eso de acostumbrarme a lo que me resulta placentero y sabrosón. Y las vacaciones me dejan muy mal habituado, sobre todo aquellas donde hay tiempo suficiente para practicar la haraganería, el ocio y la holganza sin culpas perniciosas. 

Ni siquiera tengo que salir de la ciudad para experimentar ese gozo vacacional; todo lo contrario, cuando la ciudad se vacía disfruto extraordinariamente andar -o rodar, según el caso- por sus calles. En ellas descubro con asombro edificios, jardines, comercios, grafiti y baches que en tiempos regulares no había advertido. Es como esa refrescante sensación de novedad que experimentas cuando vuelves a leer un libro, ves una peli en la repetición de la madrugada, disfrutas el recalentado de la Nochebuena, o tienes sexo en segundas nupcias, supongo.

Salir del frenesí del tráfico normal, descansar del ir y venir cotidiano, del subir y bajar, y, muy en especial, apartarme de las rutinas relacionadas a la vida académica de Santiago -mi pequeño bachiller en entrenamiento, de diez años de edad- así como de los habituales zipizapes a la hora de hacer las tareas, hacen que las vacaciones sean como un Disneylandia en casa, sólo que sin tanta parafernalia. De hecho ninguna, y gratis.

Porque lo mío, lo mío, es el estrés, esa entidad inasible que, a decir de los médicos que no encuentran una mejor y más científica razón, es la culpable de todos mis males: los físicos, los químicos, los históricos y los matemáticos, por mencionar sólo algunas de mis materias afectadas. Quién soy yo para decirlo pero mis amigos concuerdan en que soy un hombre de principios. De principios de úlcera y enfermedad coronaria. Por eso afirmo que eso lo dicen mis amigos, mis amigos médicos. Y todo a causa del estrés que me gobierna con mano dura. 


Para atenuar la tensión nerviosa me doy mis mañas, como escuchar música relajante mientras trabajo o voy manejando, defender a puño feroz la oportunidad de dormir una siesta, incluso por un tiempo traje conmigo una pelotita de goma que apretujaba con las manos para evitar llegar al punto de jalarme los cabellos -que a partir de cierta edad más nos vale empezar a atesorar uno a uno-. He empleado también algunos métodos más orgánicos: en esos momentos en que preciso relajamiento, confieso que he recurrido a los encantos y poderes de mis amigas Ignacia y Melisa, quienes por cierto gozan de buena fama en el mercado de San Juan de Dios, y que junto con Valeriana y Pasiflora me han brindado sus artes hechiceras, pero a veces ni el trabajo de todas juntas ha sido suficiente. Estas hierbas, dicen los que saben, tienen efectos probados sobre el sistema nervioso, pero mi sistema es tan nervioso que resulta un paciente muy difícil de tratar.

Tampoco el yoga y la meditación han logrado regresarme a un estado de equilibrio. Claro, concediendo que sería mucho mejor que los practicara. 

Lo que sí he usado eficazmente en repetidas veces es una técnica que aprendí de mi madre. Se llama Yamikemi, que aunque suene muy oriental es solamente una contracción de la frase “Y a mi qué me importa” que mi mamá solía proferir como una suerte de conjuro contra el agobio y la imposibilidad de modificar el estado de las cosas que le provocaban angustia. Así, si alguna discusión en la que participaba se complicaba al grado de empezar a alterar su buen ánimo, tomaba la salida de emergencia con la práctica del Yamikemi. Finalmente, qué tópico, problema o diferencia de opinión podía ser más valioso que su paz espiritual. 

El Yamikemi es una buena alternativa en una gran cantidad de situaciones. Mi mamá me la inculcó desde la infancia. La mía, desde luego. Cuando era niño y algo me preocupaba o entristecía hasta el llanto, ella me consolaba diciéndome que todos los problemas habidos y por haber podían solucionarse, menos uno: la muerte. Esa afirmación, que a mi me sonaba brillante y lapidaria (bueno, si hablamos de muerte, lo de lapidario queda muy bien), me hizo tal efecto que hasta la fecha, ya muy lejos de mi niñez, sigue sonando en mi cabecita loca. A mis hijos, que no elaboran quesos de mala calidad en materia de agobios -dignos hijos de su padre-, les repito esa máxima materna.

Por otra parte, cuando la dificultad parecía no tener solución, Decía mi mamá, “si no tiene solución, no es un problema”, entonces, si no había problema, el asunto era caso cerrado, y a otra cosa. Una vez más, lo que correspondía era usar la receta: Yamikemi.

Hablando en plata, esta filosofía no es otra cosa que desarrollar la habilidad de hacernos los occisos ante los conflictos de la vida cotidiana con el fin supremo de salvaguardar nuestra salud emocional y la de nuestros prójimos, próximos y anexos. Por lo tanto el Yamikemi no es una técnica que funcione para todo, porque conlleva una buena dosis de displicencia, evasión y soslayo, en defensa propia, cierto, pero hay circunstancias de las que uno no puede fugarse así nomás; cabría primero poner un poco de orden antes de salir corriendo. De cualquier manera, estoy convencido que el Yamikemi es un buen aliado contra el cochino estrés.

Llegado el caso, también puede recurrirse a una variante que funciona muy bien en situaciones más perturbadoras: el Yamikeka, contracción de “Y a mí qué carajos” (me importa, me dicen, me preguntan, me joroban, me vienen con chismes, y un etcétera totalmente al gusto). 

Y finalmente un método más extremo aún, el Yamikeching, donde el sufijo ching es eso que están pensando.






jueves, 4 de diciembre de 2014

Así veo a Chespirito.

Al iniciar los setentas la televisión masiva mexicana era una y se llamaba Telesistema Mexicano, más tarde Televisa, con sus canales 2 y 5 a todo color y en cadena nacional. Los que vivíamos en ciudades más bien medianas o pequeñas, Hermosillo en mi caso, donde la televisora local era un insípido y chafa complemento regional de la implacable señal que nos venía de la capital del país, no teníamos alternativa suficiente y nuestro destino era soplarnos, con gusto o no, todo lo que la televisión chilanga (dicho con cariñito) nos metía por los ojos y los oídos. Con nostalgia podemos recordar las telenovelas lacrimógenas, las tardes con el Tío Gamboín acompañado de Pancholín y Salchichita, los domingos setenteros que no se pueden concebir sin Raúl Velasco, el programa de concursos Sube Pelayo Sube, La Cosquilla con Raúl Astor y un elenco fantástico (Héctor Suárez, Héctor Bonilla, Raquel Olmedo, Nacho Méndez, entre otros), La Criada Bien Criada con Maria Victoria, el noticiero de Jacobo Zabludovsky y un interminable etcétera. En esa masacre televisiva destacaba Chespirito.

La muerte de Roberto Gómez Bolaños ha despertado a Tirios y Troyanos. Se han puesto a peso las controversias y pasiones en torno a su obra y a sus personajes, se cuestiona si son buenos, apropiados para los niños, si el balance en la generación que nos tocó vivirlo en su momento es positivo o nefasto, si al final fue un producto más de la tele comercial, en fin, parece que es el momento de hablar de Chespirito, y como me gusta vivir el momento y tengo alma de borrego, no me quiero quedar atrás.

Reconozco que siempre me ha sorprendido la capacidad que tenía de escribir dos programas a la semana, con historias diferentes, con una carga suficiente de diálogos ingeniosos, esgrimiendo memorables juegos de palabras, muchos de ellos recurrentes hasta el cansancio, es verdad, pero ése era el camino para conseguir que los televidentes acabáramos repitiendo sin darnos cuenta frases como “que no panda el cúnico”, “Síganme los buenos” o “eso, eso,eso”. Recuerdo que allá por los años noventas, mi papá, que acumulaba ya sesenta y tantos y  sufría en el cuerpo y en el alma las complicaciones de una diabetes perniciosa, cuando se sentía mal repentinamente, decía que le estaba dando la chiripiorca

En el caso de el programa El Chavo, escribir historias que están circunscritas al patio de una vecindad no es cosa fácil. Todo tiene que pasar en ese lugar, con un limitado número de recursos: la cubeta, la fuente, la escoba, la pelota, el tendedero. Si bien con el tiempo se fueron añadiendo escenarios como el patio de al lado, el interior de las casas de los personajes o la calle que estaba afuera de la vecindad, el capital de trabajo principal eran los personajes y sus diálogos. 

Por su parte, el Chapulín Colorado requería de una producción más elaborada. A veces la historia se desarrollaba en el Viejo Oeste o en algún país europeo de algún siglo pasado, y eso requería otro tipo de escenografía y vestuarios de época. Los efectos especiales estaban en pañales y tuvo que hacer escenas con la burda tecnología que tenía a su alcance para superponer imágenes, hacerse invisible o reducirse de tamaño, previa ingesta de una pastilla de Chiquitolina. A propósito, no debe ser nada sencillo que tus colaboradores te tomen en serio como director cuando les das órdenes mientras traes puestos unos pantalones cortos de color rojo con mallitas, unos tenis amarillos y un gorro con antenas.  A menos que seas el Chapulín Colorado, claro.

Con los años, los contenidos mediáticos han cambiado. Lo políticamente correcto se puso de moda, y si lo vemos fríamente, en la actualidad un programa como El Chavo no saldría bien librado en materia de bullying. El Señor Barriga, que en el nombre llevaba el karma, era blanco de cualquier cantidad de burlas y alusiones a su peso corporal de talla extra, por otro lado Quico era el cachetes de marrana flaca, según palabras del propio Chavo, Don Ramón tenía patas de chichicuilote, Doña Florinda era la vieja chancluda y además tenía la cara de vela derretida, y si le buscamos podríamos seguir con los bonitos apodos. El mismo Chespirito nombró a uno de los personajes que interpretaba Chaparrón Bonaparte, en referencia a su estatura.

Si hablamos de violencia, no hay forma de ayudarle. Los personajes de Chespirito usaban el coscorrón y la cachetada como instrumento de comunicación. Para qué discutir lo que se podía arreglar a fregadazos. Doña Florinda a Don Ramón, Don Ramón al Chavo, El Chavo a Quico, El Botija a El Chómpiras, y así. Pero antes de correr en pos de estos personajes para llevarlos ante la justicia y pedir su decapitación, echemos un somero vistazo a  dibujos animados como Tom y Jerry, El Correcaminos o Silvestre y Piolín. Estas caricaturas tenían como eje central la persecución del aparentemente débil por un personaje tan siniestro como estúpido que siempre terminaba siendo la víctima de sus propias maquinaciones y celadas. Para lograr los efectos humorísticos, los productores no escatimaban en golpes estruendosos, escopetazos y toda suerte de porrazos, patadas, guamazos y mordidas. Y nadie se tiraba al piso elevando la voz al creador ante tantas atrocidades cometidas contra la niñez. Los mocosos  consumíamos eso porque era lo que había. Era el humor de la época. Sucedía lo mismo en las series japonesas que en las comedias rancheras mexicanas llenas de balazos, en los filmes de Tin-Tan y en los de Cantinflas. Bueno, hasta Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri, agarra a moquetazos al niño llorón en su canción La Merienda. Ésas eran las reglas del juego.

Podríamos hacer un profundo análisis discursivo de la obra de Chespirito, pero qué flojera. Además ya se me olvidó cómo se hacen esas cosas. Hace ya mucho tiempo que salí de la carrera de Ciencias de la Comunicación de mi querido ITESO.

No sé si Chespirito era el escritor, guionista y comediante que México necesitaba, no sé si detrás del artista había un hombre ambicioso y calculador, no sabré si ver sus programas me causó algún daño cerebral. De lo que sí estoy seguro es que era un tipo con talentos fuera de lo común, y para colmo tuvo a sus pies a la televisora más grande de América Latina por 25 años. Y vaya que lo aprovechó. No contaban con su astucia.

Chespirito fue un hombre de su tiempo. Veámoslo así.










lunes, 10 de noviembre de 2014

Memorias de mi antimemoria.

Me considero una persona curiosa, no en el sentido de causar curiosidad -espero-, sino de sentirla por las cosas que me rodean.

Pero como en la vida siempre hay algún antídoto contra lo bueno, en contraposición a mi deseo de saber, padezco de una malísima memoria, sólo comparable a la de una PC de los ochentas. A esta calamidad individual yo la llamo antimemoria. Es como la sombra que me acompaña a todas partes, hasta en la más absoluta ausencia de luz. Es como el futbolista oponente que me aplica marcaje personal para dar al traste a mis jugadas, es como mi ángel de la guarda, pero en mala onda. 

La memoria, según entiendo, es una función cerebral que nos permite almacenar y clasificar vivencias, conocimientos y en general información del pasado. La parte del cerebro que se ocupa de esta función es el hipocampo -sí, homónimo del caballito de mar-. Hay memoria de corto, mediano y largo plazo, como los créditos de los bancos. Por su parte, mi antimemoria no es como los mencionados créditos, es un poco más siniestra, más bien es como el SAT: no avisa cuando va a atacar y lo hace sin piedad.

Me sucede muy a menudo que interesado leo sobre tal o cual tema, descubro datos, lugares, fechas y anécdotas que me resultan fascinantes y me mantienen con la cavidad bucal dilatada y vulnerable al ingreso de un díptero distraído. Pero en el instante en que cierro el libro o revista, ¡pum!, mi antimemoria le propina una certera cachetada al hipocampo y destruye el 52.75% de la información leída minutos antes. Ustedes se preguntarán por qué cito ese porcentaje tan preciso. Yo también.

Mi antimemoria es muy socarrona y está lista para cumplir su cometido en los momentos clave, sobre todo cuando hay público de por medio y requiero rapidez de respuesta. Estoy seguro que encuentra divertido verme hacer el ridículo cuando, contando alguna anécdota, olvido algunos de los elementos sustanciales de la historia, por ejemplo: el quién, el qué, el dónde o el cómo. O todas las anteriores. Cuando estoy en alguna tertulia con amigos y trato de aportar un dato pertinente a propósito de algún tema musical o una película que surge en la conversación, y necesito recordar el nombre de el cantante o el actor, no sólo no recuerdo al cantante y al actor, sino acabo también olvidando a la canción y la película que dieron origen a la charla y a la consecuente indagatoria. 

Cosa parecida me ocurre cuando alguien me pide que cuente un chiste. La primera batalla es localizar el mejor chistorete disponible en mis archivos mentales. Pero para ese momento mi antimemoria ya  se me adelantó y se está regocijando poniendo en desorden dichos archivos, mezclando las clasificaciones temáticas y a los personajes típicos de los chistes, obligando así a convivir en lujuriosa promiscuidad a los borrachos con los gallegos, a los maridos cornudos con los argentinos, a los tipos feos -tan feos, tan feos- con las suegras entrometidas y no menos feas, a Pepito con la Pilarica, etcétera. Una vez que consigo que algún chascarrillo se asome tímidamente en el caos y me dispongo a contarlo, mi antimemoria hace su siguiente jugada y pone a prueba mi seguridad lanzándome dardos en forma de preguntas tan perturbadoras como: ¿cómo empieza?, ¿ya se lo sabrán mis amigos?, ¿cómo termina?, ¿se reirán?, ¿cómo me metí en este aprieto?, ¿dónde está la vía de escape más cercana?

Para colmo de desgracias, a mi antimemoria hay que sumarle mis rasgos obsesivos. Esta bonita combinación me ha provocado incontables noches de insomnio. Paso a explicar el fenómeno. Muchas veces, estando ya recostado en mi cama, dispuesto a entregarme sin pudor a los brazos de Morfeo, aparece súbita e insospechadamente alguna pregunta de vital importancia y trascendencia, y que por lo tanto es urgente responder. Dichas interrogantes son, por citar sólo un puñado de ejemplos: ¿qué ropa usé ayer?, ¿qué desayuné el jueves de la semana antepasada?, ¿a quién le presté el Album Blanco de Los Beatles en la prepa y nunca me lo devolvió?, ¿en qué restaurant de qué ciudad -que prometí no olvidar jamás- comí la mejor sopa de tortilla de mi vida?, ¿cómo se llaman la canción y la película que cité dos párrafos arriba y cuyos cantante y protagonista tampoco recuerdo? Toda vez que es impostergable encontrar las respuestas a estas cuestiones filosóficas, mi obstinado cerebro se entrega a la tarea de zambullirse en los archivos que mi antimemoria ya revolvió con anticipación y hasta escondió vaya usted a saber dónde. ¿Por qué lo hace? Supongo que por joder. Es entonces que mi parte obsesiva entra en encarnizado duelo con mi antimemoria. Una no cesa de buscar y la otra no suelta prenda. La contienda puede prolongarse por varias horas y sólo el encontrar el dato requerido puede ponerle punto final al combate. Y, como sucede en las noches de placer carnal, lo que sigue es quedarse profundamente dormido.

Esta debilidad mnemológica me ha obligado a desarrollar mis propios sistemas de defensa contra mí mismo, dado que no confío ni tantito en mi memoria. Así que desde hace muchos años las cosas que deseo recordar en el corto plazo, como citas de trabajo, nombres de personas con las que tengo relación de cualquier índole, artículos que tengo que comprar, domicilios importantes, libros que me han recomendado para leer -generalmente los libros se escriben para leerse-ideas para escribir algún texto, mejor las anoto, ora en papel, ora en alguno de mis dispositivos electrónicos. El problema es que con alarmante frecuencia no recuerdo qué anoté en papel  y qué en el dispositivo electrónico. 

Por todo esto, he llegado a la conclusión de que los sabios no son los que saben más, sino los que recuerdan lo que saben.




lunes, 27 de febrero de 2012

Cine, fútbol y política.


     Supongo que con el desesperado objetivo de hacerle la competencia a la espectacular entrega de los prestigiadísimos premios TV y Novelas a la excelencia, la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood decidió estratégicamente llevar a cabo el mismo día la ceremonia de entrega de los de premios Óscar. Yo opté por ver ésta y, como en otras muchas ocasiones, me  quedé con las ganas de que los nuestros se llevaran uno. 

     Aunque en la historia del galardón, más de 25 compatriotas han sido nominados en diversas categorías -recordemos recientemente a  la actriz Adriana Barraza, a los directores González Iñárritu, Cuarón y Del Toro, ilustre tapatío, hijo pródigo del glorioso Instituto de Ciencias, del cual salieron también algunas lacras como este servidor- sólo unos cuantos tienen un Óscar en sus libreros, entre los que destacan Anthony Quinn, cuya nacionalidad mexicana para muchos no está muy clara que digamos, Gonzalo Gavira por los efectos de sonido en El Exorcista y Guillermo Navarro por fotografía en El Laberinto del Fauno. 

     La película El Artista arrasó como ya lo habían vaticinado los que saben de estas lides, llevándose incluso el premio a mejor Actor y dejándonos a Demián Bichir consolándose con los puros cebollazos que le asestó Natalie Portman.  Pero Emmanuel Lubeski sí que era favorito en la categoría de mejor fotografía, y nada.

     Dicen que el hecho de ser nominado al Óscar es de por sí un reconocimiento suficiente, un premio en sí mismo. Pues sí, pero yo les juro que a Bichir y al Chivo Lubeski no les hubiera disgustado en lo más mínimo llevarse anoche- además de su mención y el  generoso aplauso del respetable- una de esas estatuitas a sus respectivas casas. Ni modo, ahi pa´lotra.

     Para nosotros los que estamos acá en nuestro sufrido y abnegado país, hubiera sido motivo de algarabía nacional, muy necesaria en estos tiempos de cólera. Satisfacciones de esas son muy bienvenidas para sobrellevar el aciago acontecer cotidiano. 

     Por lo menos un sector del país, nada despreciable en tamaño y pasión, tuvo motivo de satisfacción este domingo cuando las Chivas le meten dos al Santos. Durante varias jornadas las chivitas no podían levantar cabeza por la sencilla razón de que carecían de ella, pero pareciera que de algo sirvió la llegada del Sr. Cruyff. A lo mejor el ícono holandés del Ajax  les administró precisamente una dosis intravenosa de AJAX BICLORO y les lavó con este detergente el entendimiento y el orgullo a los jugadores para que se pusieran de una vez por todas a hacer su chamba por la cual se les paga cantidades nada despreciables. Con una  sola quincena de cualquiera de estos jugadores, muchos mexicanos pagarían todas su deudas y todavía les sobraría para irse de vacaciones a Acapulquito.

     Por otra parte, ciertas declaraciones de nuestra fauna política hacen más llevadero nuestro sufrido tránsito por la vida. Como la genial puntada que don Felipillo Calderón nos regaló la semana pasada cuando encontrando certeramente el ojo de la aguja, metió el hilo de la discordia al aventarse un estrepitoso flash informativo en una reunión privada con banqueros. Como todos sabemos, ahí les anunció que según una reciente encuesta doña Chepis Vázquez Mota, a 4 puntos de distancia, ya le andaba pisando por detrás los tenis a Peña Nieto, es decir que la contienda por la presidencia estaba tan cerrada que el candidato del PRI iba ganando tan sólo por un copete. La reunión era a puerta cerrada, con banqueros, es decir pura gente fina y de confianza. Pero, oh decepción, resultó ser una bola de chismosos.

     De modo que, mientras México esté como está y no tengamos mejores motivos de jolgorio, tendremos que conformarnos con algunas satisfacciones futboleras, nominaciones al Óscar y divertidos actos del circo de la política.



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