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sábado, 8 de agosto de 2015

Tarde pero sin sueño.

No es una cosa que me enorgullezca ni que muestre de mí una faceta para presumir, pero tampoco es algo que quiera ni pueda ocultar. Si me preguntaran qué aspectos de mi personalidad me dieron más trabajo domar, diría que uno de los principales es la impuntualidad. Y si no me preguntaran, también.
   
No sé quién inició esta tradición familiar, pero puedo afirmar que mi árbol genealógico es frondoso en impuntuales. Mis abuelos, mis padres y mis hermanos lo eran. Yo, el menor, aprendí bien el juego.

Mi papá, como dije, fue impuntual, no en el trabajo sino en cuestiones personales, y mi madre no hacía malos quesos; los hacía tarde pero nunca malos. Recuerdo que mi papá le pedía a mi madre que estuviera lista a las ocho de la noche porque a esa hora pasaría por ella para ir a algún compromiso, pero en los hechos él llegaba a recogerla ya muy cerca de las nueve. Mi mamá, sabedora de que mi papá no cumplía con sus promesas de horario, tampoco estaba lista, ni a las ocho ni a las nueve, sino rayando las nueve y media. Eso provocaba una animada trifulca que podía prolongarse por largo rato, de tal suerte que al final terminaban saliendo de casa alrededor de las diez y media. Tarde pero enojados.

Ignoro si la impuntualidad se transmite genéticamente, lo que sí sé es que mi mamá me contaba que yo debí haber nacido, según los cálculos del ginecólogo, un 24 de septiembre; pero se llegó la fecha pronosticada y la versión nonata de este servidor no dio muestra alguna de querer abandonar las cálidas instalaciones maternas. Una semana más tarde, el primero de octubre, me sacaron de mi mamá a tirones en un operativo de desalojo, usando un arma punzocortante. Afortunadamente la cesárea fue un éxito. En síntesis, nací con una semana de retraso.

Recuerdo que algunas veces mi mamá no llegó a tiempo a recogerme en el kínder a la hora de salida, y una vez hasta me tuve que ir a comer a casa de la maestra. Fue un momento desagradable, en primer lugar porque -si bien sabía que mi mamá llegaría por mí tarde o temprano, en este caso, tarde o muy tarde- la extrañaba mucho, y en segundo término porque la comida de la profesora sabía muy mal.

Para mí, llegar tarde al colegio era la regla. Si el timbre de entrada sonaba a las ocho, mi mamá despertaba a las siete y media, pero yo invariablemente sucumbía ante el diabólico embeleso del “otro ratito”, el momento más brutalmente delicioso del tiempo de sueño, y que terminaba con el grito estrepitoso de mi mamá:—¡ya son las ocho! —. Acto seguido, daba un brinco de la cama, me vestía en un minuto, pepenaba un pan tostado a la pasada y me subía al auto, con una mamá furiosa al volante, para llegar a la escuela a las ocho y diez, cuando la profesora ya había tomado lista. Un retardo más en la boleta.

Con los años, la impuntualidad se va acrecentando y consolidando en los hábitos. Lo que de niño son retrasos en la boleta de calificaciones, de adulto son problemas en el trabajo, días descontados en la quincena, negocios que no se cierran, malas caras por doquier, y, como en mi caso, etiquetas muy difícil de sacudirse, aun cuando con el tiempo, y desde hace muchos años, he trabajado intensamente en el aspecto de la puntualidad con resultados más que satisfactorios. No importa cuánto te esfuerces en demostrar que ya no eres el de antes. Para la gente que conoció y padeció esa faceta de ti, siempre serás un impuntual, con rango de vitalicio y honorario.

Ese currículum que me gané a pulso me ha permitido distinguir algunas características de los impuntuales. Si coinciden contigo algunas de las siguientes afirmaciones, es posible que también padezcas retardo crónico:

- No importa cuánto tiempo te hayas tomado para llegar puntual a tu cita, siempre harás algo de último minuto que te hará salir tarde a ella.

- Generalmente sobreestimas el tiempo disponible y a ti mismo. Dicho de otra manera, crees que puedes hacer mucho más de lo que realmente puedes.

- Todos los días te repites: “ahora sí, mañana voy a llegar temprano”. Buen propósito, pero la neurolingüística no aplicada no sirve de nada.

- Si al dirigirte a tu cita, calculas que llegarás antes de la hora señalada, te detendrás a despilfarrar esos minutos y algunos más en comprar un cafecito o alguna otra bagatela. El chiste es llegar tarde.

¿Patología, rasgo de personalidad, un problema cultural muy mexicano? Hay quienes opinan que es un hábito inconsciente que puede denotar baja autoestima, rebeldía ganas de fregar; otros piensan que está relacionado con la procrastinación. Otros más sesudos le vinculan con el trastorno de déficit de atención o con problemas fisiológicos como alteraciones en el lóbulo frontal, donde reside la función de planificar las actividades.

Cualquiera que sea la causa original, no podemos negar que un delicioso caldo de cultivo es la tolerancia que los demás les dispensan a los que llegan tarde.

En México, donde la impuntualidad es la firma de la casa -lo que la vuelve preponderantemente cultural-, dicha tolerancia es proverbial, casi como la impunidad con la que se regocijan los delincuentes.

Aquí muchas veces se cita a una hora sabiendo de antemano que se empezará media hora después. Eso sucede en conciertos, obras de teatro y todo tipo de eventos públicos, donde se asume que el respetable siempre llegará a una hora no muy respetable. En cambio, en los Estados Unidos, por hacer una comparación que resultará odiosa, los espectáculos comienzan a la hora que se anuncian, so pena de recibir jugosas y muy disuasivas multas. De igual manera, en ese país o en otros de los llamados avanzados, al que llega tarde a una cita de negocios se le hace juicio sumario y luego es llevado a la horca.

El repertorio de excusas es inagotable, pero sólo por no dejar mencionaré algunas que quizá hayas escuchado. Y si no, te las dejo como ideas, una para cada día de la semana. Pero ten cuidado, todas tienen sus riesgos.

El autobús pasó muy tarde. Dado que en México esta circunstancia es de lo más normal y por lo tanto predecible, te podrán reclamar no haber salido más temprano de tu casa.

Amanecí con dolor de cabeza. En general, las razones de salud pueden ser eficaces, pero tienen el inconveniente de que te obligan a poner cara de moribundo el resto del día.

Se me reventó una llanta. Si el grado de retraso es mayúsculo, puedes recurrir a la modalidad extrema de “Se me poncharon las cuatro llantas”. Aunque claro, la probabilidad de que nadie te crea se multiplica por cuatro.

Tuve un problema personal de última hora. La clasificación personal le pone un candado de privacidad; usarla hace que el supuesto problema parezca algo muy íntimo y evita que los afectados por tu retraso se atrevan a indagar más por temor a ser indiscretos. Pero no te confíes, es tan ambigua que en el fondo todos dudarán.

Se murió mi tía. Esta excusa es conmovedora. Pero si te funciona, no seas de los que luego empiezan a matar a toda su parentela.

No encontraba las llaves del auto. En este caso tendrás que echar la culpa a alguien por el extravío, porque si no, vas a quedar como un tonto desorganizado que no sabe dónde deja las cosas.

Me quedé dormido. Sonarás muy honesto… y también tonto.

¿La impuntualidad se quita? No puedo asegurar que a mí se me quitó por completo, pero sí que la tengo bastante a raya. No por mis méritos, sino por efecto de los jalones de oreja y algunas mentadas de madre recibidas; y desde luego porque hay responsabilidades en la vida que no la soslayan.

También admito que convivir y trabajar con gente puntual ayuda mucho. Ya no estoy para jalones de oreja y mentadas de madre.

Todos hemos sido víctimas y victimarios de la impuntualidad. Ya lo dijo el profeta Tardeus Dilatum: “el que esté libre de retardos que tire la primera neta.”

Y para cerrar el tema en este tono místico y profético, terminaré diciendo que la impuntualidad nos ha acompañado desde el principio de los tiempos y así será por los siglos de los siglos, amén.

martes, 30 de junio de 2015

¡Todos a la presidencia!

     Ahora que empiezan las nuevas formas de hacer política y eso que llaman candidaturas independientes parece ser una mejor forma de contender por puestos de elección, dado que a los partidos políticos ya no les cree nadie, podemos estar seguros que muchos nuevos aspirantes que nunca antes habían soñado en postularse a cargo alguno, ni siquiera a presidentes de su junta de colonos, empezarán a pulular y saldrán hasta por debajo de las coladeras. 

     Por supuesto que no solo será fiesta de espontáneos y advenedizos. Después de ver los triunfos de algunos candidatos independientes -aunque, a decir verdad, eso de ser “independiente” se vuelve difícil cuando se tiene que pedir apoyo y dinero a particulares-, apuesten ustedes a que muchos de los políticos que han esperado su oportunidad en algún partido, muy bien portados y peinados, ahora se soltarán el pelo y saldrán de la autopista partidaria para irse por la libre. Los partidos a los que les habían jurado lealtad perruna, ahora serán un estorbo en sus aspiraciones.

     Lo que ayer era impensable, hoy es una flamante realidad. Las nuevas libertades que nos han traído las reformas han permitido que muy distinguidas celebridades se den cuenta de que por años y felices días estuvieron errando su verdadera misión en esta tierra. Veamos tres ejemplos que nos llevan de la risa al llanto, pasando por el estupor y la ternura.

     Lagrimita, preclaro payasito de la tele, si bien no ganó, logró aparecer en la boleta electoral como candidato a presidente municipal de Guadalajara. Una semana antes de la elección, cuando ya lo habían descartado por no reunir los requisitos legales para estar en la contienda, un juez amaneció de buenas y recordó sus tiempos infantiles cuando este personaje hacía las delicias de chicos y grandes, y, conmovido hasta las lágrimas, o mejor dicho, hasta las lagrimitas, ordenó que se reimprimieran las boletas y se incluyera el nombre del egregio payaso . El bonito gesto costó algo así como 2.5 millones a los ciudadanos, vía el presupuesto del INE. – Qué barato, qué barato.– declaró Lagrimita a los medios al enterarse del importe a pagar. 

     Por su parte, Cuauhtémoc Blanco, un célebre personaje del deporte de nuestro país, de probada ecuanimidad y vibrante oratoria, tuvo una revelación filosófica y descubrió que su vocación era ser presidente municipal de Cuernavaca. Ah, jijo. Y lo consiguió. Posiblemente se percató de que en México el futbol y el gobierno tienen algunas similitudes, a saber: 

-  En ambos, el chiste es saber pasarse la bolita los unos a los otros. 

-  Hay que saber cuándo es más importante hacer espectáculo que dar resultados.

-  Puedes pasar de héroe a villano en tres patadas.

-  Si haces algo que enoje al respetable público o a los medios, tienes que aguantar la rechifla y una arremetida de tuits. En todo caso, no contestes, lo mejor es hacerse el occiso.

- Y la mayor semejanza es que, tanto en el futbol como en el gobierno, lo mejor siempre está por venir pero nunca viene.

     Para terminar con los ejemplos, como se supo hace unos días, Rodolfo Neri Vela, quien ganó celebridad en los ochentas por ser el primer astronauta mexicano, y el único de nacimiento -mexicano de nacimiento, cabe aclarar, y no astronauta de nacimiento, hasta donde sé-, ya levantó la mano y dijo que quiere volver a tripular en el 2018, pero ahora al país entero. Y como él, habrá muchos, muchos más.

     Si usted está interesado en contender en los comicios del año 2018, muchas felicidades, pero tome en cuenta que tiene que cumplir con algunos requisitos. 

     Para empezar debe reunir el 1% de las firmas de su universo electoral. Por ejemplo, si usted quiere acceder a la presidencia de México, tendrá que recabar unas 800 mil firmas y anexar copia de identificación oficial de cada uno de los entusiastas ciudadanos que apoyen su proyecto de nación. Pero no se angustie, porque la ley le concede un generoso plazo de 120 días -de 24 horas cada uno- para lograrlo. Y si la aventura le sigue pareciendo difícil, ¡despreocúpese!, porque todo tendrá que hacerlo con sus propios recursos, lo cual le evitará esos engorrosos trámites burocráticos que los partidos formales tienen que soportar para que les asignen unos cuantos miserables millones de pesos.

     Así que, damas y caballeros, ante tal panorama de posibilidades y garantías en materia de derechos políticos, prepárense para participar activamente en las elecciones del 2018. No importa, como ya se vio, si es usted payaso, futbolista, astronauta, bombero, periodista, policía de crucero, médico cirujano y partero, maestra de párvulos, comediante, auditor del SAT, taquero, consultora de Mary Key, violinista en la Filarmónica o botarga del Doctor Simi. 


     Sólo le aconsejaría que lo piense dos veces, no vaya a ser que su sueño se le haga realidad.

miércoles, 7 de enero de 2015

El Yamikemi, un remedio contra el estrés.

Enero, la cuesta que cuesta mucho subir por variadas razones. Por los consabidos gastos que se hicieron en diciembre y que en realidad uno termina pagando este mes; por los kilos adicionales que los ágapes decembrinos nos dejan distribuidos graciosamente en barriga, cachete y papada; por los propósitos de año nuevo que la tradición obliga plantear y que la misma tradición nos hace deshonrar olímpicamente no bien entrado febrero, o antes de ser posible; y también porque algo han de tener las vacaciones que es muy difícil sacarlas de nuestra trastocada agenda de fin de año. Cuando menos así me pasa a mi, que soy bastante proclive a eso de acostumbrarme a lo que me resulta placentero y sabrosón. Y las vacaciones me dejan muy mal habituado, sobre todo aquellas donde hay tiempo suficiente para practicar la haraganería, el ocio y la holganza sin culpas perniciosas. 

Ni siquiera tengo que salir de la ciudad para experimentar ese gozo vacacional; todo lo contrario, cuando la ciudad se vacía disfruto extraordinariamente andar -o rodar, según el caso- por sus calles. En ellas descubro con asombro edificios, jardines, comercios, grafiti y baches que en tiempos regulares no había advertido. Es como esa refrescante sensación de novedad que experimentas cuando vuelves a leer un libro, ves una peli en la repetición de la madrugada, disfrutas el recalentado de la Nochebuena, o tienes sexo en segundas nupcias, supongo.

Salir del frenesí del tráfico normal, descansar del ir y venir cotidiano, del subir y bajar, y, muy en especial, apartarme de las rutinas relacionadas a la vida académica de Santiago -mi pequeño bachiller en entrenamiento, de diez años de edad- así como de los habituales zipizapes a la hora de hacer las tareas, hacen que las vacaciones sean como un Disneylandia en casa, sólo que sin tanta parafernalia. De hecho ninguna, y gratis.

Porque lo mío, lo mío, es el estrés, esa entidad inasible que, a decir de los médicos que no encuentran una mejor y más científica razón, es la culpable de todos mis males: los físicos, los químicos, los históricos y los matemáticos, por mencionar sólo algunas de mis materias afectadas. Quién soy yo para decirlo pero mis amigos concuerdan en que soy un hombre de principios. De principios de úlcera y enfermedad coronaria. Por eso afirmo que eso lo dicen mis amigos, mis amigos médicos. Y todo a causa del estrés que me gobierna con mano dura. 


Para atenuar la tensión nerviosa me doy mis mañas, como escuchar música relajante mientras trabajo o voy manejando, defender a puño feroz la oportunidad de dormir una siesta, incluso por un tiempo traje conmigo una pelotita de goma que apretujaba con las manos para evitar llegar al punto de jalarme los cabellos -que a partir de cierta edad más nos vale empezar a atesorar uno a uno-. He empleado también algunos métodos más orgánicos: en esos momentos en que preciso relajamiento, confieso que he recurrido a los encantos y poderes de mis amigas Ignacia y Melisa, quienes por cierto gozan de buena fama en el mercado de San Juan de Dios, y que junto con Valeriana y Pasiflora me han brindado sus artes hechiceras, pero a veces ni el trabajo de todas juntas ha sido suficiente. Estas hierbas, dicen los que saben, tienen efectos probados sobre el sistema nervioso, pero mi sistema es tan nervioso que resulta un paciente muy difícil de tratar.

Tampoco el yoga y la meditación han logrado regresarme a un estado de equilibrio. Claro, concediendo que sería mucho mejor que los practicara. 

Lo que sí he usado eficazmente en repetidas veces es una técnica que aprendí de mi madre. Se llama Yamikemi, que aunque suene muy oriental es solamente una contracción de la frase “Y a mi qué me importa” que mi mamá solía proferir como una suerte de conjuro contra el agobio y la imposibilidad de modificar el estado de las cosas que le provocaban angustia. Así, si alguna discusión en la que participaba se complicaba al grado de empezar a alterar su buen ánimo, tomaba la salida de emergencia con la práctica del Yamikemi. Finalmente, qué tópico, problema o diferencia de opinión podía ser más valioso que su paz espiritual. 

El Yamikemi es una buena alternativa en una gran cantidad de situaciones. Mi mamá me la inculcó desde la infancia. La mía, desde luego. Cuando era niño y algo me preocupaba o entristecía hasta el llanto, ella me consolaba diciéndome que todos los problemas habidos y por haber podían solucionarse, menos uno: la muerte. Esa afirmación, que a mi me sonaba brillante y lapidaria (bueno, si hablamos de muerte, lo de lapidario queda muy bien), me hizo tal efecto que hasta la fecha, ya muy lejos de mi niñez, sigue sonando en mi cabecita loca. A mis hijos, que no elaboran quesos de mala calidad en materia de agobios -dignos hijos de su padre-, les repito esa máxima materna.

Por otra parte, cuando la dificultad parecía no tener solución, Decía mi mamá, “si no tiene solución, no es un problema”, entonces, si no había problema, el asunto era caso cerrado, y a otra cosa. Una vez más, lo que correspondía era usar la receta: Yamikemi.

Hablando en plata, esta filosofía no es otra cosa que desarrollar la habilidad de hacernos los occisos ante los conflictos de la vida cotidiana con el fin supremo de salvaguardar nuestra salud emocional y la de nuestros prójimos, próximos y anexos. Por lo tanto el Yamikemi no es una técnica que funcione para todo, porque conlleva una buena dosis de displicencia, evasión y soslayo, en defensa propia, cierto, pero hay circunstancias de las que uno no puede fugarse así nomás; cabría primero poner un poco de orden antes de salir corriendo. De cualquier manera, estoy convencido que el Yamikemi es un buen aliado contra el cochino estrés.

Llegado el caso, también puede recurrirse a una variante que funciona muy bien en situaciones más perturbadoras: el Yamikeka, contracción de “Y a mí qué carajos” (me importa, me dicen, me preguntan, me joroban, me vienen con chismes, y un etcétera totalmente al gusto). 

Y finalmente un método más extremo aún, el Yamikeching, donde el sufijo ching es eso que están pensando.






miércoles, 19 de noviembre de 2014

Yo sí hablo de Belice.

La geografía latinoamericana -por no hablar de la europea, la asiática o la africana-nunca fue mi fuerte en tiempos de estudiante. Con el paso de los años, vaya usted a saber por qué, surgió en mí el deseo de ojear mapas y adquirir algunos conocimientos sobre el tema, unos útiles y otros nada más para hacerme el ilustrado en charlas de desinformados . Fue entonces que supe, por ejemplo, que La Guyana Francesa no está en Francia sino pegadita a Brasil, descubrí también que Trinidad y Tobago no era un dueto musical de antaño sino una isla en el Caribe, que por el Canal de Panamá no pasan programas de televisión de música guapachosa, que Chile es un país más bien alargado y angosto, como algunos chiles, que en Jamaica no conocen el agua fresca que lleva su nombre ni en la Habana el chile habanero.

Pues bien, el otro día, practicando la olímpica disciplina del zapping televisivo -la cual me ha recompensado con un pulgar fuerte, entrenado y obediente- me topé con un documental donde hablaban de obras del gobierno mexicano  y me percaté que estaban dedicando un espacio a las vías de comunicación que conectan a nuestro país con el vecino Belice. 

La curiosidad que desde hace tiempo me produce mi desconocimiento acerca de Belice me hizo detenerme en el programa, interesado en tener un poco de información sobre el territorio vecino. Pero una vez más me quedé con las preguntas sin resolver porque ahí no se hablaba de Belice ni de su gente, ni de sus riquezas naturales o su cultura; la materia en cuestión eran las carreteras -que en México no gozan de buena fama- y que desembocaban en esa frontera, nada más. Entonces mi incultura beliceña y yo continuamos la procesión de los canales. 

No es que me atormente la intriga, no es que por las noches me fustigue el insomnio por la duda cruel, pero sí me provoca curiosidad que nadie, o casi nadie, habla en México de Belice, uno de los 2 países -Guatemala es el otro- con los que compartimos las fronteras del sur. 

Con mucho de extrañeza y sin asomo de denostación, por supuesto, puedo decir que no conozco a ninguna persona que haya nacido en esas tierras o que tenga algún antepasado o pariente beliceño. No conozco a alguien que me haya referido que tiene un amigo que a su vez haya oído hablar siquiera de otro que haya dicho ser originario de esas tierras. Bueno, ni siquiera he tenido ningún tipo de aproximación, que yo sepa, con terrícola alguno que haya pisado Belice. 

Mi asombro, pues, tiene su principal origen en la inmediatez geográfica que nos vincula y que a nosotros nos parece absolutamente antiflogestínica, como dicen los entendidos para referirse a lo que por ser simplemente irrelevante, falto de interés y venial, acaba resultando descarapirofléctico, insipidificante y subestratodérmico.

Pues bien, ante esta curiosidad geográfico cultural y solamente para documentar mi ignorancia, me zambullí virtualmente por unos minutos en un poco de información sobre la nación que colinda con Guatemala, con nuestro país y con nuestra indiferencia.

Permítanme 5 minutos de su lectura -no se van a arrepentir- para compartirles 10 datos interesantes que encontré y les prometo que ya me voy.  

  1. Belice alcanzó su independencia de Gran Bretaña en 1981, hace apenas 33 años.
  2. A pesar de ser un país soberano, su Jefe de Estado sigue siendo Isabel II de Inglaterra. God Save the Queen.
  3. Su extensión es de 22,966 KM2, comparable al estado de Tabasco.
  4. Su población es de 335,000 habitantes, según el censo de 2011, equivalente a la población de una ciudad como Irapuato, Guanajuato.
  5. El 22.34% del territorio de Belice. es reclamado por Guatemala. Dice que es suyo pero no se ponen de acuerdo, ni se pondrán, supongo.
  6. Menos del 5% de sus importaciones provienen de México, mientras que casi el 50% son de Estados Unidos. Los tenemos a un lado y prácticamente no les exportamos nada.
  7. En cambio, ellos sí exportan a nuestro país muchos turistas. Cada año, aproximadamente 900 mil beliceños cruzan a México con el fin de hacer compras y visitar playas turísticas como Cancún y Playa del Carmen.
  8. Por su parte, Belice recibe cada año un millón de turistas. El 70% de los cuales proceden de… adivinen… claro, de Estados Unidos.
  9. Belice es el único país de Centroamérica que tiene al inglés como idioma oficial. A pesar de ser oficial, el inglés es lengua materna de menos del 4%. El español es el idioma predominante. 
  10. El 54% de la población habla muy bien el inglés, ya sea como lengua materna o secundaria. Por cierto, en México el 9% dice que habla inglés, pero solamente el 2% lo domina. Oh, my God.

Hay otros países cercanos a nosotros -muchos, muchísimos- de los cuales sé también muy poco, El Salvador, Nicaragua, Haití, Surinam, Bahamas. Pero Belice es mi vecino y es bueno que los vecinos se conozcan aunque sea para, llegado el caso, pedirse una tacita de azúcar. Y no lo digo nomás porque sí. En realidad me acabo de enterar que el azúcar es un producto base -no sólo en las recetas de muchos postres-  sino también en la economía de ese país. 

Y como lo prometido es deuda, ya me voy.



Fuentes
http://www.belice.bz
http://es.wikipedia.org/wiki/Belice
http://eleconomista.com.mx/caja-fuerte/2014/01/02/we-don-t-speak-english-no-aprovechamos-tlc
http://www.jornada.unam.mx/2009/09/10/sociedad/035n2soc
 http://es.wikipedia.org/wiki/Lenguas_de_Belice
http://www.sre.gob.mx/revistadigital/images/stories/numeros/n81/hidalgo.pdf
http://es.wikipedia.org/wiki/Econom%C3%ADa_de_Belice

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