jueves, 30 de noviembre de 2017

Vacaciones en la ciudad

Llegó una de los momentos más esperados del año: la Semana Santa. Unos la aguardan por razones espirituales y otros, creo que los más, por un motivo más profano: porque con ella llegaron  las vacaciones. Y me atrevo a decir que la mayoría la espera con gusto laico porque, si tomo como muestra el entorno de gente con quien trabajo y convivo -y me incluyo-, tengo la impresión de que lo que les mueve a salir de la ciudad hacia Puerto Vallarta con la cajuela del auto rebosante de enseres para el desparpajo, como cervezas y botanas, no es propiamente el deseo de beber hasta la inconsciencia para poder sobrellevar el duelo de La Pasión de Cristo; y tampoco veo a mis amigos rentando cabañas en Tapalpa con el fin de encerrarse en ellas a practicar el ascetismo que los conduzca a la purificación del espíritu; y de igual modo me cuesta trabajo pensar en quienes acuden los días de vigilia a restaurantes de mariscos para aniquilar con místico apetito un monumental robalo al mojo de ajo, no sin antes haberse azotado con él 39 veces en la espalda para purgar sus pecados carnales. Pero de eso no quiero hablar porque es muy espinoso. No me refiero al robalo, que sí lo es, sino al tema que, como todos los que tienen que ver con religión, puede terminar en una santa polémica que Dios guarde la hora.

La materia de mi breve reflexión es concerniente a las vacaciones de la Semana Santa.

Mi papá, un hombre entregado a su trabajo día con día en la banca central -solo como aclaración, sé que muchos de ustedes podrían estar pensando que él trabajaba boleando zapatos en alguna banca del centro de la ciudad, pero no, él trabajaba como funcionario en el Banco de México, conocido como la banca central de nuestro país—, no era muy amigo de las vacaciones en general, me atrevería a afirmar que en algún grado era eso que conocemos con el anglicismo de workaholic. En nuestra familia no tomábamos muchos días al año para salir de la ciudad, pero si habríamos de hacerlo, él pensaba que los días indicados eran de jueves a domingo en Semana Santa y que el destino ideal era la playa más cercana. En la teoría ese plan se antojaba fantástico, pero en la práctica era terrible dado que era el mismo plan de turbas de entusiastas vacacionistas que salían y regresaban en tropel el mismo día y a la misma hora que nosotros. Autopistas repletas, hoteles a reventar, albercas con más gente que agua, restaurantes con listas de espera desesperantes no aptas para hambrientos ansiosos, largas filas y precios altos hasta en el carrito de los elotes, etcétera.

Suena muy radical y gruñón pero, como no tengo la dicha de poseer una casa en la playa ni en la montaña donde pasar unas vacaciones a mi gusto y sin aglomeraciones, en la Semana Santa prefiero quedarme a disfrutar Guadalajara. Pocas oportunidades tenemos en el año para sentir que la ciudad nos pertenece a unos cuantos y me gusta aprovecharlas con alborozo y candoroso gozo (con rima y toda la cosa).

Cuando la ciudad se vacía disfruto enormemente andar por sus calles, esas calles señoriales que en tiempos regulares de prisa y estrés no volteamos a ver con el deleite y el orgullo que merecen. En ellas descubro, no sin asombro, edificios, jardines, parques, fuentes, monumentos, comercios, grafiti, baches y hasta cámaras para fotomultas que no había advertido. Es como esa refrescante sensación de novedad que experimentas cuando vuelves a leer un libro, ves una peli en la repetición de la madrugada o disfrutas el recalentado en la Navidad.

Apartarse del frenesí del tráfico normal, descansar del ir y venir cotidiano, del subir y bajar, y redescubrir nuestra ciudad con todas sus monerías y taras, no tendrá que ver nada con la fe ni la religión, pero son ocasiones que no se dan en maceta y que, cuando menos para este servidor, sí le hacen mucho bien al espíritu. A todos los que no saldrán a ningún lado, felices vacaciones en la ciudad.   

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo

¿Hace cuántos kilos que no te veía?

Hay comentarios que nunca deben hacerse si se quiere la sana convivencia, preservar la buena estima y la autoestima.

Apostaría que a algunos de ustedes les ha pasado que después de no ver a alguien por un tiempo, digamos cuando ese tiempo ya dejó algunas huellas en la región abdominal, dicha persona lo primero que les dice con irónico asombro es “¿Hace cuantos kilos que no te veía?” O el clásico comentario “te veo más repuestito”, así con ese odioso diminutivo que lo único que hace es agrandar la herida. ¿Y no les ha pasado que al escuchar eso ustedes sienten unas espeluznantes ganas de cachetear, picarle (o sacarle) un ojo (o los dos) y espetarle alguna respuesta peor de ponzoñosa al interlocutor? Sé de gente que tiene la costumbre de saludar así y créanme que antes me causaba un poco de gracia pero ahora no, en lo absoluto.

¿A alguno de ustedes le han dicho alguna vez “te ves muy bien para la edad que tienes”. ¿Se supone que el depositario de tal gentileza debe sentirse muy halagado porque a pesar de su avanzada edad no se ve tan jodido? Disculpe usted.

¿No les ha pasado, estimados lectores, que van a comer con un grupo de amigos o familiares a algún restaurante, una taquería por ejemplo, y sienten esa pecaminosa sensación de antojo irrefrenable por despacharse solamente un par de taquitos más para llenar ese pequeño hueco en el estómago, y después de haber pasado por el escrutinio de su propia conciencia, que de por sí es bastante regañona y antipática, no falta algún zopenco que les diga en tono sarcástico “ay, papáaa, ¿en serio vas a seguir comiendo?”. A mí me ha pasado muchas veces y créanme que en esas ocasiones también se despiertan mis más salvajes instintos en contra de esa persona, así se trate de un amigo, mi hermano o mi abuela.

Acabo de regresar de un viaje por tierras sonorenses donde las exquisiteces culinarias saltan a la vista y luego al plato con facilidad asombrosa. Por aquellos lugares las buenas carnes se encuentran por doquier en todas sus formas. Y no pude resistirme a la tentación de sucumbir a esos placeres, pero no en todas sus formas, solo en la gastronómica, otra de mis debilidades favoritas. Y como la carne no se come sola, sino con tortillas de harina sobaqueras, frijoles de la olla, una cerveza helada y coyotas por postre, es de lo más fácil cometer algunos excesos, deliciosos todos ellos. Dado que a mí no me gusta en lo absoluto que mis contertulios me anden fiscalizando las carnes que me echo al plato, y a mis amigos tampoco, entre ellos y yo sellamos un pacto muy saludable durante este viaje: queda estrictamente prohibido emitir opiniones, críticas y disquisiciones inhibidoras del gusto por comer. Cuando uno está bajo la lupa de los acompañantes, por más buenos amigos que sean, se quitan las ganas de comer. Y si se quitan las ganas de comer, la vida pierde todo sentido.

Lo más incómodo de estos comentarios es que muchas veces son ciertos y nos dan en esas fibras sensibles. Eso es lo peor.

Por todo ello sostengo que los mejores amigos no son los que siempre hablan claro o tienen un consejo para todo, sino los que saben callar cuando pido una ronda más de tacos.  Buen provecho.   

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo

Gracias, Mr. Trump

No quisiera hablar de usted, Sr. Trump, corro el riesgo de caer en los lugares comunes. Los medios de comunicación del mundo ya le dedican miles de páginas y minutos y parece que el consenso no lo deja muy bien parado. Si empezara a injuriarlo, mi opinión solo se sumaría a la de la masa que lo repudia. Por eso de ninguna manera diré que me parece un tipo profundamente pedante y grotesco, fatuo y fanfarrón, que despilfarra no solamente dinero sino antipatía a raudales.

No tengo intenciones de entrar en su oprobioso juego de insultos, ni caer en la lúdica tentación de hacer referencia a su aspecto físico ya tan satirizado. Sería un desquite muy barato decir que cuando gesticula da la impresión de que el estreñimiento le causa retortijones o que parece que trae un gato alopécico muerto en la cabeza.

En verdad que me parecería una pérdida de tiempo y espacio en esta columna, en la que puedo verter otro tipo de ideas, escribir con rencor sobre sus diatribas en contra de los inmigrantes aún cuando usted es hijo de su mamacita escocesa con quien no me voy a meter –aunque resultaría muy tentador–, nieto de inmigrantes alemanes y esposo de una modelo eslovena, sin olvidar a su primera esposa que era de Checoslovaquia.

En lugar de proferir ofensas hacia su persona, prefiero agradecerle lo que ha hecho en esta campaña hacia la presidencia.

Gracias, Mr Trump, porque nos ha dado patéticos pero jocosísimos momentos en cada uno de sus discursos y con ello ha fomentado la creatividad de los ya de por sí ingeniosos profesionales de los memes, youtubers, comediantes e imitadores.

Gracias, señor Trump, porque con sus expresiones racistas ha logrado hacer que el mundo voltee con una inusitada empatía –limítrofe con la simpatía– hacia nosotros los mexicanos, y eso no nos viene nada mal en estos tiempos en que pasamos por una devaluación galopante, no solo del peso sino de nuestra reputación. Ya sabe usted: el narco, la delincuencia organizada, el gobierno desorganizado, la pobreza, la corrupción, y demás monerías con las que siempre sacamos primeros lugares internacionales, nos afean la cara, y usted, que pretende desarreglarla más con sus ataques bravucones, nos ha puesto en la marquesina y ha contribuido a resaltar los aportes de México al mundo y la colosal importancia de la fuerza de trabajo mexicana –y latina en general– a su país. 

Gracias por recordarnos los errores del pasado y encarnar lo que no debe repetirse en la historia. De veras, qué detallazo de su parte. Claro que también hay mucha gente que tiene miedo de usted, de la posibilidad de que siga ascendiendo en la escalera de sus aspiraciones y llegue a la gran final. Pero eso no podrá ser, ¿verdad, Mr Trump? Usted es un farsante experto en reality shows y su campaña ha sido eso, un reality que terminará cuando sea sentenciado y expulsado, como usted mismo lo hizo con los participantes de su programa The Apprentice, sólo que en esta ocasión usted es el aprendiz y el juez serán los votantes de su país, entre los cuales, para nuestra fortuna, hay millones de latinos, así como simpatizantes de la diversidad racial y cultural y sobre todo, gente con cordura y memoria histórica.

Por todo lo anterior, mejor no hablo mal de usted.  Uff, estuve a punto. 

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo

¿Cómo dices que te llamas?

La vida nos obliga a tomar decisiones bien pensadas. Elegir una carrera o a la persona con la que te vas a casar son, sin duda, decisiones que habría que someter al concilio de todas nuestras capacidades cerebrales, pero regularmente esas determinaciones nos agarran inexpertos o con más hormonas que neuronas. Hay una decisión que es virtualmente irreversible y no tiene que ver con nuestro futuro sino con el de los hijos: los nombres que les ponemos.

Hay muchas motivaciones para elegir un nombre, pero, sólo por decir algo, distinguiré algunas clasificaciones.

Nombres tributo
Son los que les endilgamos a nuestros hijos para homenajear a la ascendencia familiar. En un derroche de ingenio acostumbramos ponerles los nombres de nosotros, los padres, sin importar las confusiones que se provoquen en casa al tener nombres feos y por duplicado. En algunas familias, que el abuelo se llamara Randulfo o Mamerto puede ser razón suficiente para arruinarle la existencia al nene. Y qué decir de los tíos Eustaquio y Falopio, o la abuela Eduarda que Dios tenga en su seno. También se suele homenajear a admiradas figuras públicas. Sé de un caso en que a los dos hijos, al varoncito y a su hermanita, los bautizaron con nombres homenaje a célebre futbolista: Diego el niño y Mara Dona la niña.

Nombres de moda
Cada generación se distingue por sus gustos cambiantes. En nuestros ancestros encontraremos nombres en desuso como Remedios, Eduwiges, Buenaventura, Hermenegildo, Fortunato, Margarito y tantos otros que antaño eran la cosa más normal y que hoy suenan a personajes de película de Joaquín Pardavé. Actualmente están de moda nombres recios como Emiliano, Ximena, Maximiliano y Valentina. También vemos carretadas de niños y jóvenes con nombres de prosapia ibérica como Rodrigo, Diego y Santiago.

Nombres de pila  No me refiero a la pila bautismal sino a la pila de nombres que un cristiano puede cargar sobre sus hombros. Hay gente que tiene un verdadero catálogo en su acta de nacimiento, y todo porque sus indecisos padres no se pusieron de acuerdo. Recordemos a Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, que terminó firmando como Juan Rulfo, o Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, a quien en su infancia le daba por hacer grafiti en casa, y quien era mejor conocido en la cuadra como Diego Rivera.

Nombres aspiracionales  Jocelyn, Jennifer, Christopher, Brayan, Beverly, Jonathan,y así, mientras más “haches” y “yes” pongamos en medio, mejor. El apellido no importa, puede ser López, García o Martínez, y mucho menos es relevante si el mentado Brayan no tiene pinta de europeo, sino, por el contrario, es un morenazo con un cepillo de púas por cabellera.

Nombres nomás por joder
Aniv de la Rev, Disney Landia, Robocop, Hitler, Cafiaspirina, Batman, One Dollar, Cicuncisión, Masiosare, Brhadaranyakipanishadvivekachuda, y otras monadas se pueden encontrar en el Registro Civil de nuestro país. ¡Castigo para esos padres!

Estoy consciente que con estas reflexiones me llevé al baile a más de una docena de familiares y amigos. Que nadie se ofenda, lo digo yo que en esa materia tengo mis filias y mis fobias. Llamarse Juan Miguel puede parecer inocuo pero no lo es tanto. Infinidad de veces, al decir mi nombre de primera vez, basta un pestañeo para que ¡pum! el interlocutor me lo cambie a Juan Manuel.

Papás, cuando piensen en un nombre para su hijo tomen en consideración por lo menos dos cosas: que no provoque risa ni lástima y, algo muy importante, que quepa en un cheque y en una credencial del INE.

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo

lunes, 30 de noviembre de 2015

¿Eres indeciso?


No sé, puede ser, a lo mejor, quién sabe. 
Gaspar Henaine 'Capulina'.



     Cuando llegó el momento de ponerme manos a la obra para redactar este texto, acudí como siempre a mis notas, donde acostumbro poner ideas, temas, sugerencias y chispazos que creo pudieran ser de utilidad para escritos futuros. Abrí la lista y me reencontré con esos temas que poco a poco fui registrando porque no confío ni un pelo en mi memoria y que aguardaban silenciosos su turno para ver la luz en alguna divagación como esta. Eran entre ocho y diez temas -es decir nueve- y sentí que todos ellos tenían igualdad de merecimientos porque, interesantes o no, el simple hecho de haberles dado lugar en esa relación les había otorgado un peso específico y les hizo crear expectativas. Repasé el listado y me pareció ver a los temas mirándome implorantes, y casi los escuché gritar “Yo, yo, por favor”.

     Los repasé reiteradas veces y de entre todos me decidí por el tema El placer de Comer, una de mis debilidades más fuertes (paradójicamente). Cuando había escrito no más de siete líneas sentí que la materia no me estaba generando interés sino hambre. Aborté, pues, el plan y viré hacia el tema de La Falta de Concentración en el Trabajo, un problema que nos es común a muchos, pero algo que no puedo precisar sucedió, me distrajo y perdí el hilo de lo que escribía. 

     Examiné nuevamente la lista y elegí otro tema, no recuerdo exactamente cuál, creo que era La mala Memoria . Pocos minutos después tuve que abandonar el escrito porque olvidé que no hace mucho había escrito sobre el tema.

     En ese punto estaba más que claro que era víctima de un fuerte ataque de indecisión. Si alguno de ustedes ha sufrido el tener que enfrentarse a la difícil prueba de decidir entre una o dos cosas o, peor aún, entre una gama amplia de opciones, y siente que le va la vida en ello, sabe de lo que estoy hablando.

     La indecisión nos acompaña desde niños y si no le damos unos zapes a tiempo, acaba por seguirnos sigilosamente en casi cada acto de nuestra vida.

     Recuerdo que llegaba la Navidad y teníamos que hacer la carta al Niño Dios, a Santa Claus, a los Santos Reyes o a quien corresponda, según se viviera en el sur, el centro o el norte del país. En mi caso particular, dado que no podía pedir todo -igual me pasa hasta la fecha-, no era tarea sencilla elegir entre unos patines con botines incluidos,  un juego de magia Mi Alegría o un kit completo de ropa y accesorios para mis Aventureros de Acción Lilí Ledy. Entonces opté por pedir una bicicleta. Así llegó mi Chópper 72.

     La vida nos somete diariamente al cruel ejercicio de tomar decisiones hasta en las cosas más sencillas. ¿Te ha pasado que tienes tu ropero lleno de prendas clamando a gritos que las saques a orear y, después de un concienzudo proceso de selección y descarte, acabas poniéndote los mismos calzones, los mismos jeans y la misma camisa de siempre? 

     Cuántas veces me ha pasado que voy a un sitio a comer y al ojear la carta encuentro un mundo de posibilidades, gozosas ellas cuando llegan a la mesa, pero tortuosas de momento porque tengo que tomar la odiosa decisión de elegir y discriminar. En ese momento se desata el debate interno entre lo que quiero comer, lo que considero que es más saludable y lo que puedo pagar. Un desfile de preguntas hacen pasarela en mi mente: ¿sopa para empezar?, ¿y si la sopa me quita las ganas de algo más?, ¿mejor voy directo al plato fuerte?, ¿carne blanca?  ¿un pollito?, ¿o pescado?, ¿cuál pescado?, ¿a la parrilla o empanizado?, ¿carne roja?, ¿qué término?, ¿mejor unos tacos o una hamburguesa con papas?, ¿una ensalada para que los demás vean que me alimento sanamente?, ¿cuánto dinero traigo? Para salir del embrollo dialéctico interno hago mi elección siguiendo el científico método del tin-marín de do-pingüé, y al servir los alimentos generalmente termino envidiando lo que pidió alguno de los contertulios. Cuando eres indeciso, por más que te esfuerces en elegir a conciencia el platillo que vas a comer, siempre será mejor el que pidió tu acompañante.

     Ir al cine también puede convertirse en un problema a causa de la indecisión. Hay muchas películas en cartelera, y no solo eso, también las hay para escoger entre las salas VIP, 4DX, Junior, Plus, Macro XE, además las puedes ver subtituladas y dobladas al español, y por si todo lo anterior fuera poco, las exhiben en variedad de formatos: 2D, 3D, SP, SP + 3D… X$&+50Y# (esta última secuencia de signos no es un formato sino una maldición proferida por mi). Un suplicio para cualquier indeciso.

     Como yo me considero un indeciso  con entrenamiento para ejercer el honroso título, me puse a revisar algunas lecturas sobre la materia y aquí les comparto, a manera de resumen, algunas ideas rápidas e interesantes.

¿Cuáles son algunas causas de la indecisión? 

  • Falta de confianza en nosotros mismos.
  • Tener demasiadas opciones.
  • Sobreestimación de los posibles resultados de la decisión.
  • Tratar de hacer una elección buscando la aprobación de alguien.
  • Temor al fracaso.
  • Ser perfeccionista.

¿Cómo podemos enfrentar la indecisión?

- Trata de encontrar la relevancia de la elección que estás por hacer. Hay veces que invertimos mucho tiempo en tomar una decisión irrelevante. Qué más da si pides melón o sandía, simplemente escoge uno de los dos y la siguiente vez cambias la elección.  Piensa que la mayoría de las veces, equivocarse no trae consecuencias graves sino aprendizaje. Eso sí, hay que estar atento a las lecciones, de otra manera no se aprende un pepino.

- Intenta tener claro el resultado que buscas con tu decisión. A veces queremos cambiar algo en nosotros o en nuestro entorno y no sabemos ni qué rumbo queremos tomar.

  • Dale importancia a tus preferencias y sentimientos, no bases tus decisiones pensando en complacer a otros.

  • Reduce tu universo de opciones descartando por completo las que estén más apartadas de tu objetivo y no las vuelvas a voltear a ver, porque en una de ésas te guiñan de nuevo el ojo y acabas sucumbiendo a sus flirteos y mucho más confundido. Sí, ya sé, es difícil, pero hay que ejercitar ese músculo.

  • Todos hemos vivido en carne propia la indecisión. Conozco muy poca gente que tome decisiones rápidas y definitivas, a excepción de mi primera novia, que me mandó al demonio con contundencia Churchilliana.

Algo más, las mejores decisiones se consiguen cuando se está bien informado de la materia sobre la cual se quiere decidir. Si hemos de pedir consejo, hagámoslo con gente que sepa del tema. No está de más acudir a los amigos, pero ellos, no por ser amigos están informados.


Y para concluir, de lo que sí estoy plenamente seguro, con la mayor certeza y sin temor a equivocarme, es que la inseguridad antes era un problema para mi, en cambio ahora, no sé, creo que la tengo bajo control. Un poco. Tal vez.

sábado, 31 de octubre de 2015

Divagaciones sobre la relatividad del tiempo

     A raíz de la avalancha de reminiscencias y homenajes que se suscitaron en torno al aniversario 30 de la película Volver al Futuro, una de mis favoritas entre todas las que estos ojos con presbicia hayan visto, un par de ideas relacionadas con el tiempo despertaron de la modorra y regresaron para provocarme una curiosa picazón.

     Una de ellas es la hipótesis de que el tiempo es una dimensión por la que podemos transportarnos, ya sea en una máquina, un auto o usando como túnel uno de esos atajos cósmicos que los astrofísicos llaman agujeros de gusano. Sea como sea, la idea de viajar por el tiempo siempre me fascinó. Si pudiera, una de las cosas que haría sería trasladarme a Un Millón de Años A.C. Pero no vayan ustedes a creer que al período Cuaternario, sino al mismísimo set donde en 1966 se filmó la película que lleva ese nombre, solo con la malsana intención de conocer en persona a Raquel Welch y verla en su bikini de piel de bisonte o dios sabe de qué dichoso animal cuyo sacrificio bien valió la pena si sus pieles terminaron cubriendo esas partes anatómicas de tan morrocotuda mujer. Que me disculpen los defensores de los animales pero en aquellos tiempos -los de Raquel Welch y no se diga los de la prehistoria- no había tantos resquemores si se trataba de desollar a un bicho velludo para usarlo de abrigo o taparrabos.

     La otra idea que esta película ha hecho girar en mi cabeza es acerca de la velocidad con que el tiempo avanza. 

     Estoy seguro que muchos adultos contemporáneos como yo -también llamados eufemísticamente viejos en vías de desarrollo- estarán de acuerdo conmigo en que el tiempo pasaba a una velocidad distinta cuando éramos niños.

     Albert Einstein -cuyo apellido se pronuncia Ainstain por caprichos del alemán, no de él, que sí era alemán, sino del idioma-, en su Teoría de la Relatividad General, habla de la dilatación del tiempo, un fenómeno mediante el cual un sujeto puede observar como su reloj puede marcar el tiempo a una velocidad distinta a la de otro sujeto con un reloj físicamente idéntico. Esto puede deberse a tres circunstancias: 

     a) Que uno de los relojes se mueva respecto a un sistema de referencia inercial
     b) Que uno de los relojes esté sometido a un campo gravitacional mayor.
     c) Que uno de los relojes tenga la batería muy baja o esté descompuesto.

     Para aquellos que les resulte confusa la explicación del fenómeno de la dilatación del tiempo, aquí les dejo esta fórmula que seguramente despejará sus dudas.






     Antes se daba por verdad absoluta que el tiempo era un fenómeno que afectaba de la misma manera a todas las cosas y seres del universo conocido. Pero en 1905, año en que publica sus postulados sobre la relatividad, Einstein le da a la comunidad científica unas cachetadas metafísicas al asegurar que el tiempo es una entidad elástica que baila al son de la velocidad a la que se mueven los cuerpos en relación con el espacio. Y esa hipótesis adquiere mucho sentido en nuestro país. Pensemos, por ejemplo, en la velocidad con que se movieron los cuerpos de policía después del momento de la fuga del Chapo Guzmán. Ahí queda demostrado que el tiempo de respuesta es relativo, porque si bien en materia de seguridad y justicia todos somos iguales, no cabe duda que hay unos más iguales que otros.

     En realidad no es mi propósito profundizar en la teoría de Einstein. Y no porque no me gustaría, sino porque es uno de los temas que nutren la exuberante lista de cosas que desconozco y prefiero ignorar para no tener que entenderlas. Sepan ustedes que si me pagaran por lo que ignoro y no por lo que sé, tendría dinero suficiente para hacerme de un avión propio, un ostentoso yate y dos casas de descanso, una en Miami y otra en Los Pirineos para invitar a mis amigos según les guste el calor o el frío.

     La relatividad a la que hago referencia es la que tiene que ver con la percepción que cada uno tenemos del transcurrir del tiempo y que va cambiando en función de la edad y las circunstancias del momento.

     En mi infancia, las etapas de mi vida estaban divididas en grados escolares y parecían durar lo mismo que las eras geológicas. Mi vida podía dar un vuelco olímpico cuando pasaba de un año a otro. Mis referencias cronológicas se limitaban a los tiempos en que estaba, por ejemplo, en primero de primaria o cuando pasé a segundo, o a secundaria, y así. Hasta cursar el mismo grado dos veces eran experiencias totalmente distintas. Y lo afirmo porque repetí segundo de prepa, no por haberlo reprobado, cabe aclarar, sino por un afán de afianzar mis conocimientos.  

     Las vacaciones de verano que mediaban entre un grado y el siguiente eran etapas en sí mismas y duraban lo suficiente para haber escrito un capítulo gordo de mi aún incipiente biografía. 

     Para un mocoso de, pongamos, 8 años, 365 días son una barbaridad. A la primaria entramos casi bebés, todavía oliendo a pis, y salimos de ella adolescentes, oliendo, no a pis, sino a pies. Y todo eso en solo 6 años.

     Y luego llega a edad de entrar a secundaria. En unos cuantos meses cambia la estatura, la voz, el tamaño de las extremidades y de otros apéndices que no vienen al caso citar, surge el acné, las hormonas se salen por las orejas; en pocas palabras el cuerpo se transforma en una especie de mutación kafkiana.

     En los veintes y los treintas el reloj tampoco lleva mucha prisa. A esas edades sentimos que el futuro aún está a una aceptable distancia y nos damos el lujo de emprender y abandonar proyectos, emplearnos y desemplearnos, casarnos y descasarnos.

     En cambio ahora, a mi edad, que no es precisamente la de un niño, sino la de varios de ellos sumadas, mi vida en general es bastante parecida a lo que era hace 2, 6 ó más años. Trabajo en lo mismo, vivo en la misma casa, en la misma ciudad y con la misma gente -Juan Gabriel dixit-. Como si el tiempo pasara de una forma tan vertiginosa y a la vez tan silente que ni cuenta me he dado, dejándome la sensación de que los días y los años no alcanzan para nada.

     Este aparente cambio en la velocidad con la que el tiempo transcurre ha sido tema de conversación con muchos amigos que lo perciben igual. Estupefactos vemos como han crecido nuestros hijos en un abrir y cerrar de ojos. Parece que fue ayer cuando fueron concebidos en un subir y bajar de prendas.

     Por otra parte, las circunstancias del momento hacen que cada quien conciba su percepción de la velocidad del tiempo. Díganme si no: no es lo mismo un minuto en la superficie que un minuto bajo el agua; no es igual pasar dos horas en el concierto de su artista favorito que pasarlas en el tráfico o en la fila de alguna dependencia de gobierno intentando hacer un trámite; es muy distinto pasar unas horas bebiendo tequila que padecer unas horas con resaca; y tampoco es lo mismo Los 3 Mosqueteros que Los 4 Fantásticos. Quienes vieron esta última película en su malísima versión 2015 me darán la razón.

     Caray, hablando de la relatividad, cada vez me convenzo más de que mi tendencia a divagar cuando escribo no es precisamente relativa, es absoluta. Pensándolo bien, lo mejor es terminar aquí y subirme a mi DeLorean para hacer un viaje mágico y misterioso al pasado. Quiero conocer de cerca a una banda que hará historia, se llaman Los Beatles.







viernes, 25 de septiembre de 2015

Curiosidades septembrinas

     Para México, septiembre es un mes particularmente pródigo en fechas históricas y de carácter cívico. Y si ahondamos un poco, podemos encontrar en ellas más curiosidades que espinillas en un adolescente.

1º de septiembre

     Empecemos el recuento por el principio, y qué mejor principio que el día uno. Todos los días primero de septiembre los presidentes de la república hacen entrega de su informe de gobierno al H. Congreso de la Unión, donde la H, créalo o no, significa honorable. Hace ya algunos años terminó la bonita tradición en la que ese día el presidente en turno acudía a la cámara de diputados a rendir su informe de gobierno frente a una asamblea rebosante de eufóricos simpatizantes que aplaudían aproximadamente cada 30 segundos. Con el tiempo, cuando las cámaras legislativas empezaron a ser políticamente plurales -lo cual, irónicamente, las hizo muy singulares-, a los asistentes al informe les dio por sentir el derecho y la libertad de propinar rechiflas al ciudadano presidente también cada 30 segundos. Cada vez lo pelaban menos y lo interpelaban más. Como resultado de ello, en la actualidad el primer mandatario rinde su informe el día 2 de septiembre, pero ahora con sus cuates y frente a otra cámara: la del Canal de las Estrellas.

13 de septiembre

     Este día recuerda la gesta heroica de los Niños Héroes, que en realidad no eran tan niños. Sus edades estaban entre los 14 y los 19 años, es decir, los “niños” ya estaban en edad de picar y hacer roncha.

     Y, como veremos enseguida, tampoco algunos de ellos fueron tan héroes, con perdón de su memoria -de su descendencia, no, porque no tuvieron- y de la historia oficial. Quizá sería más acertado llamarles mártires.

     La invasión norteamericana de 1847 tuvo su momento culminante en la batalla que se libró en el castillo de Chapultepec, sede del Colegio Militar, resguardado por un flaco ejército mexicano que fue avasallado rápidamente por los gringos. Al verse acorralados, los mandos del colegio intentaron poner a salvo a los jóvenes cadetes, -que estaban ahí para estudiar y no para agarrarse a moquetes con invasores- evacuándolos del castillo en improvisada estampida, haciendo descender a los pobres muchachos por las laderas del cerro a merced de las tropas enemigas. La mayoría de ellos fue cazada al intentar escapar de la refriega. Qué friega. Según algunos testimonios, muy escasos por cierto, de los seis mencionados Niños Héroes, solo Juan De la Barrera se negó a abandonar el castillo y murió heroicamente en su puesto de guerra y Agustín Melgar falleció en el hospital después de haber combatido fusil en mano, pero los demás, que eran muchos más que seis, fueron interceptados por las balas cuando intentaban escapar. 

     De este episodio también se desprende el mito de Juan Escutia -que no era alumno del colegio, por cierto, sino probablemente miembro de un batallón que había acudido a reforzar la defensa del castillo - de quien cuenta la leyenda oficial que al ver que los enemigos habían ganado terreno en su asedio, se arropó en la bandera nacional que ondeaba en el asta del castillo y se tiró al vacío (bueno, más bien a un despeñadero, no vacío, sino lleno de rocas y árboles) impidiendo así que el lábaro patrio fuera mancillado por Masiosare, el extraño enemigo que se inmortalizó gracias a nuestro Himno Nacional. Según el historiador Alejandro Rosas, “los partes militares norteamericanos demuestran que capturaron todas las banderas habidas y por haber y ninguna la recogieron de cadáver alguno.” La falacia al descubierto.

15 y 16 de septiembre.

     Estos son los días más emblemáticos del llamado mes patrio, donde tienen lugar los festejos de la Independencia de México. Es este pasaje de nuestra historia nacional el que le da a la temporada ese pintoresco matiz que vemos por todas partes. Los vendedores ambulantes y tiendas de  disfraces ofrecen productos típicos mexicanos hechos en China, entre los cuales encontramos mostachos alacranados tipo Emiliano Zapata, sombreros altos de paja, sombreros de charro, cartucheras cruzadas al pecho y vestidos de adelita, que más bien recuerdan a la época de la Revolución y para nada a la Independencia; pero ninguno vende calvas postizas tipo Hidalgo, paliacates a la Morelos ni tampoco patillas postizas a la usanza de Allende. 

     El 15 es la noche del Grito y los mexicanos nos lo tomamos en serio. O acaso debería decir que tomamos en serio, en su acepción de beber. Porque la fecha es de lo más propicia para entrarle con patrio fervor a nuestros alipuses nacionales, como el tequila o el mezcal. O al ron y al whisky, no importa. Durante estos festejos los negocios de comida, bebida, bailongo y pachanga hacen su agosto con un mes de retraso. 

     Como todos sabemos -o deberíamos saber-, el 16 de septiembre de 1810 fue el día que Miguel Hidalgo hizo el llamado a la insurgencia en Dolores, Guanajuato, iniciando el borlote que se prolongó por 11 años. Sin embargo la ceremonia del Grito de Independencia se celebra la noche del 15. Existe la creencia extendida de que este cambio de fecha se debe a la gracia de Porfirio Díaz, quien celebraba su cumpleaños el día 15 y aprovechaba la euforia popular (y el presupuesto nacional) para organizarse tremendos guateques. Pero, para desazón de los sospechosistas históricos, quien instauró esta modalidad de celebrar el grito los días 15 a las 11 de la noche fue Antonio López de Santa Anna en 1845, con el fin de no tener que levantarse temprano nunca más el 16 a hacer el numerito de la ceremonia. Recordemos que Su Alteza Serenísima gobernó el país nada más 11 veces. Madrugar también cansa.

     Luego el día 16 es el asueto obligado, muy conveniente para curarnos la cruda. Cuando esta fecha cae en viernes o lunes, alargando el fin de semana, los mexicanos gritamos con patriotismo exultante: ¡que vivan los héroes que nos dieron puentes!

19 de septiembre.

     No podemos dejar de recordar cada año los sismos que azotaron a la Ciudad de México en 1985. Un suceso que sacudió la tierra pero también la conciencia, la solidaridad y la cultura de la prevención del país entero.

27 de septiembre.


     Se conmemora la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México en 1821, hecho que marca el fin de la guerra de independencia. Esta fecha  es recordada principalmente porque casi nadie la recuerda.

30 de septiembre.

     Es el aniversario del natalicio de José María Morelos, héroe de la gesta independentista. Pero incitemos al chismoso que habita en todos nosotros. El general Morelos, considerado todo un prohombre, era también un consumado promujer. Me explico. El insigne libertador era bastante ligero de cascos y ni su condición de estadista, militar, líder moral y sacerdote, le impidió darle vuelo a la hilacha. Fue precisamente su debilidad por el sexo opuesto lo que lo condujo a la muerte. Al parecer, al cura Morelos no le importaba si las destinatarias de sus lances amatorios eran altas o bajitas, espigadas o redondas, solteras o casadas. Y de esta última condición fue su último desliz, una señora llamada Francisca Ortiz, esposa de un subalterno suyo. De Morelos, no de la señora (o vaya usted a saber, a veces los esposos acaban convirtiéndose en subalternos de las consortes). José María Morelos fue tan pertinaz en sus cortejos que hasta un hijo procreó con la santa dama. Al enterarse su marido -el de ella, claro está-, abandonó despechado las tropas del cura insurgente y se pasó a combatir del lado de los realistas, a quienes, para vengar la honra ultrajada, dio toda la información para aprehender a aquél y posteriormente fusilarlo.

     Hechos históricos aparte, el 30 de septiembre tiene además otra relevancia, aunque ésta solamente es para mí. Representa el último día de la edad de la que gocé, o sufrí, durante los últimos 365 días. En palabras más campechanas, al día siguiente es mi cumpleaños. Salud.



Referencias.
El Palacio nacional de México: monografía histórica y anecdótica. Artemio del Valle Arizpe. Impr. de la Secretaría de Relaciones Exteriores. 1936.
Muertes Históricas. José M, Villalpando y Alejandro Rosas. Ed. Planeta. 2008.


Si aún no lo has hecho y no tienes inconveniente, suscríbete al blog. Mil gracias.