El Día del Padre se acerca. Es un día para que los hijos reconozcan a sus padres de la misma forma en que sus padres los reconocieron a ellos. Porque, y no es por intrigar, sé de casos de algunos presuntos progenitores -amigos y parientes míos- que no admitieron la presunta paternidad del bodoque. Y también sé de otros presuntos papás que han asumido la autoría material de niños que, si bien salieron del vientre de su esposa, tienen la mismita cara del jefe, la vívida sonrisa del vecino o las orejas prominentes del compadre.
Los padres de ahora ya no somos como los de antes. El rol paterno ha ido evolucionando de una manera insospechada. Antaño, los cánones del buen papá estipulaban que su responsabilidad primordial, y casi única, era trabajar las horas que fueran necesarias para conseguir el sustento de la madre y los hijos. Su injerencia en la educación estaba bastante acotada por el tiempo que podía pasar con sus retoños. Y si pensamos que los papás solamente los veían a la hora de comer, un rato por las noches y los fines de semana, su tiempo para educar era tan limitado como el de los maestros de Oaxaca que se pasan el año entero en manifestaciones.
Los papás de antes eran firmes en sus decisiones y, ante la interpelación de los insurrectos hijos, eran hombres de una sola palabra: “cállate”. Educaban sin mayores miramientos y con mano dura. Además de la mano dura, también solían usar un buen cinturón de cuero. En cambio en estos tiempos, aunque tengamos ganas de propinarles a nuestros hijos unos sonoros coscorrones o apretarles el pescuezo, las nuevas reglas del juego nos invitan a no transitar al terreno de los pescozones sin antes negociar con criterio amplio y voluntad conciliatoria. Si la diplomacia no surte buen efecto, entonces ya podemos pasar al ring donde muy probablemente ellos nos darán nuestro merecido acusándonos de autoritarismo, represión y violación de los derechos humanos. Si son menores de edad, usarán en su defensa los dichosos derechos de los niños, consagrados en no sé qué declaración de la ONU.
Los papás de ahora se involucran mucho más en las faenas que otrora estaban reservadas para las madres. En la actualidad, los papás cambian pañales, hacen desayunos, acuestan hijos y los levantan para llevarlos a la escuela. Desde el embarazo asisten con sus parejas a los cursos psicoprofilácticos donde, solidarios, aprenden con ellas el arte del pujido. Yo nunca fui a estos cursos pero sí asistí a los partos de mis dos hijos. Tembloroso, con videocámara en mano y disfrazado de cirujano no perdí detalle de tan asombrosos momentos.
Algunas generaciones atrás los papás no solían acudir a los festivales escolares de los hijos porque sus responsabilidades de trabajo no lo permitían. Para esas labores pueriles estaba la mamá, siempre lista para fletarse con preparativos y hurras el día del gran evento. En cambio ahora los papás entusiastas acudimos en tropel, con cara de zorimbos extasiados a aplaudir al nene cuando lo vemos cantar en medio de un tumultuoso coro infantil una canción navideña o quizá, si el chamaco derrocha talento, recitar de memoria un par de líneas el Día de la Raza disfrazado de Cristóbal Colón.
Ya no solamente a las mamás en su día se les rinde tributo en el colegio. Ahora también a los papás nos dedican un sencillo pero no menos honroso acto del Día Del Padre. Quince minutos de algarabía con pastel, agua fresca y una conmovedora canción de Timbiriche como número estelar. Conquistas del género masculino.
Los de antes y los de ahora, cada cual en su tiempo, con sus luces y sus sombras, los papás son seres que dejan una marca tan profunda en la vida de los hijos que su voz y su presencia nos acompaña -o nos persigue, como se quiera ver- por la vida entera. Es curioso, los hijos tratamos de aprender de los errores de los padres para no cometerlos cuando nos toque jugar ese papel. Y resulta que acabamos repitiendo las frases y haciendo las mismas cosas que les criticábamos. En mi vocabulario hay una profusa lista de palabras paternas que me afloran como el hipo. Expresiones verbales y gestos que brotan de forma tan natural y espontánea que a veces siento que el espíritu de mi difunto papá se instala como copiloto en mi cabina de mando.
Y sí, es él, Don Agustín, quien dejó su huella en mí, de la misma manera en que creo que yo lo estoy haciendo con mis hijos. No pretendo dejarles enseñanzas monumentales. Me daría por satisfecho si el recuerdo de mi paso por este mundo les provocara una sonrisa.
Feliz día del Padre.
Facebook: Juan Miguel Portillo
Twitter: @jmportillo
sábado, 2 de diciembre de 2017
El calor me apendeja
Pocas formas tan bobas de iniciar una conversación de pasillo como decir “qué calor está haciendo, ¿verdad?”. No obstante que soy consciente de ello me es inevitable resbalarme y soltar esta memez a la menor provocación. Y es que tanto en la comunicación interpersonal como en la física térmica el calor ayuda a romper el hielo.
Los calores de mayo en tierras jaliscienses nos unen en un clamor que cada año es mayor: que ya lleguen las lluvias.
Parece que el proverbial clima eternamente primaveral de Guadalajara, con el paso de los años, se ha ido fundiendo en el horno de la urbanización y del presunto calentamiento global. La fama internacional de una ciudad templada todo el año está quedando sepultada bajo edificios y pavimento.
Yo nací en Veracruz y viví feliz mi infancia y mi adolescencia en los climas extremos de Sinaloa y Sonora, donde los calores, especialmente en mi querido Hermosillo, con temperaturas de hasta 50 grados, son para que se cuezan los huevos en la calle -a aquellos de mente impía les aclaro que los huevos referidos son los de gallina que la gente ociosa suele estrellar en las banquetas ardientes para ver cómo se cocinan- y sé por ello que un termómetro tapatío que marca 30, 32 o 34 grados centígrados no es una señal del Apocalipsis, pero a nosotros, los malacostumbrados habitantes del verde Valle de Atemajac y cercanías, nos hace sentir que bailamos sobre brasas en el averno mismo.
Será que en mi casa -que también es la casa de ustedes, pero sobre todo es del banco que me prestó el dinero para comprarla- no tenemos las instalaciones adecuadas para hacerle frente a los días bochornosos. El equipo de aire acondicionado que tengo en mi recámara lo uso poco porque por un lado me genera frescura, pero por el otro un ardiente y abultado recibo de luz. Este aparato consume más electricidad que quesadillas el pequeño Santiago, mi vástago en vías de desarrollo. Y eso es ya mucho decir. A propósito de este candente tema -no el de las quesadillas sino el del calor-, en su colegio suspendieron las clases vespertinas para que las criaturas no sufran los azotes de la despiadada canícula tapatía.
Será que mi recámara es muy caliente, pero para mí las noches son de sofoco. Soy de sueño ligero y me despierto con el vuelo de una mosca. En mi cama el calor me tiene dando vueltas sobre mi propio eje y cambiando de lado la almohada. Prendo el ventilador y parece que lo que accioné fue una secadora de pelo. Al despertar, siento que no descansé lo suficiente.
Solo hay una cosa que me puede estresar más que conducir en medio de un tráfico copioso y odioso, y es conducir en medio de un tráfico copioso, odioso y además tener mucho calor.
Hay un integrante de la familia que padece en forma particular la primavera y el verano, nuestra perrita Trufa. Ella es un ejemplar Shih Tzu, una raza creada por los chinos en las estepas Tibetanas donde los fríos son, paradójicamente, del demonio. Cada temporada de calor Trufa se desparrama a sus anchas en el piso buscando dos cosas, un poco de fresco y alguna respuesta a sus conflictos existenciales: “¿qué carajos hago aquí?”
No sé si a ustedes, pero a mí el calor no me ayuda al trabajo y a la productividad. Tan es así que cuando me senté a escribir mi colaboración de esta semana para La Vida Inútil, el tema elegido era otro completamente distinto, pero el calor me llevó a disertar sobre estas banalidades que a nadie le interesan. Por eso digo, con perdón de ustedes, que el calor me apendeja.
Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo
Los calores de mayo en tierras jaliscienses nos unen en un clamor que cada año es mayor: que ya lleguen las lluvias.
Parece que el proverbial clima eternamente primaveral de Guadalajara, con el paso de los años, se ha ido fundiendo en el horno de la urbanización y del presunto calentamiento global. La fama internacional de una ciudad templada todo el año está quedando sepultada bajo edificios y pavimento.
Yo nací en Veracruz y viví feliz mi infancia y mi adolescencia en los climas extremos de Sinaloa y Sonora, donde los calores, especialmente en mi querido Hermosillo, con temperaturas de hasta 50 grados, son para que se cuezan los huevos en la calle -a aquellos de mente impía les aclaro que los huevos referidos son los de gallina que la gente ociosa suele estrellar en las banquetas ardientes para ver cómo se cocinan- y sé por ello que un termómetro tapatío que marca 30, 32 o 34 grados centígrados no es una señal del Apocalipsis, pero a nosotros, los malacostumbrados habitantes del verde Valle de Atemajac y cercanías, nos hace sentir que bailamos sobre brasas en el averno mismo.
Será que en mi casa -que también es la casa de ustedes, pero sobre todo es del banco que me prestó el dinero para comprarla- no tenemos las instalaciones adecuadas para hacerle frente a los días bochornosos. El equipo de aire acondicionado que tengo en mi recámara lo uso poco porque por un lado me genera frescura, pero por el otro un ardiente y abultado recibo de luz. Este aparato consume más electricidad que quesadillas el pequeño Santiago, mi vástago en vías de desarrollo. Y eso es ya mucho decir. A propósito de este candente tema -no el de las quesadillas sino el del calor-, en su colegio suspendieron las clases vespertinas para que las criaturas no sufran los azotes de la despiadada canícula tapatía.
Será que mi recámara es muy caliente, pero para mí las noches son de sofoco. Soy de sueño ligero y me despierto con el vuelo de una mosca. En mi cama el calor me tiene dando vueltas sobre mi propio eje y cambiando de lado la almohada. Prendo el ventilador y parece que lo que accioné fue una secadora de pelo. Al despertar, siento que no descansé lo suficiente.
Solo hay una cosa que me puede estresar más que conducir en medio de un tráfico copioso y odioso, y es conducir en medio de un tráfico copioso, odioso y además tener mucho calor.
Hay un integrante de la familia que padece en forma particular la primavera y el verano, nuestra perrita Trufa. Ella es un ejemplar Shih Tzu, una raza creada por los chinos en las estepas Tibetanas donde los fríos son, paradójicamente, del demonio. Cada temporada de calor Trufa se desparrama a sus anchas en el piso buscando dos cosas, un poco de fresco y alguna respuesta a sus conflictos existenciales: “¿qué carajos hago aquí?”
No sé si a ustedes, pero a mí el calor no me ayuda al trabajo y a la productividad. Tan es así que cuando me senté a escribir mi colaboración de esta semana para La Vida Inútil, el tema elegido era otro completamente distinto, pero el calor me llevó a disertar sobre estas banalidades que a nadie le interesan. Por eso digo, con perdón de ustedes, que el calor me apendeja.
Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo
viernes, 1 de diciembre de 2017
Tarde pero sin sueño
No es una cosa que me enorgullezca pero si me preguntaran qué aspectos de mi personalidad me dieron más trabajo domar en el pasado, diría que uno de los principales es la impuntualidad.
No sé quién inició esta tradición familiar pero mi árbol genealógico es frondoso en impuntuales. Mis abuelos, mis padres y mis hermanos lo eran. Yo, el menor, aprendí bien el juego.
Mi papá fue impuntual y mi madre no hacía malos quesos, los hacía tarde pero nunca malos. Recuerdo que mi papá le pedía a ella que estuviera lista a las ocho de la noche para ir a algún compromiso, pero él llegaba a recogerla ya muy cerca de las nueve. Mi mamá, sabedora que mi papá no cumplía con sus promesas de horario, tampoco estaba lista, ni a las ocho ni a las nueve, sino rayando las nueve y media. Eso provocaba una animada trifulca que podía prolongarse y al final terminaban saliendo de casa alrededor de las diez y media.
No sé si la impuntualidad se transmite genéticamente, lo que sí sé es que mi mamá me contaba que yo debí haber nacido, según los cálculos del ginecólogo, un 24 de septiembre; pero se llegó la fecha pronosticada y la versión nonata de este servidor no dio muestra alguna de querer abandonar las cálidas instalaciones maternas. Una semana más tarde, el 1 de octubre, me sacaron de mi mamá a tirones en un operativo de desalojo. Afortunadamente la cesárea fue un éxito. Nací con una semana de retraso.
Para mí llegar tarde al colegio era regla. Si el timbre de entrada sonaba a las ocho, mi mamá despertaba a las siete y media, pero yo invariablemente sucumbía ante el embeleso del “otro ratito”, el momento más brutalmente delicioso del tiempo de sueño, y que terminaba con el grito estrepitoso de mi mamá:—¡ya son las ocho! —. Acto seguido, daba un brinco de la cama, me vestía en un minuto, pepenaba un pan tostado a la pasada y me subía al auto, con una mamá furiosa al volante, para llegar a la escuela a las ocho y diez, cuando la profesora ya había tomado lista. Un retardo más en la boleta.
Con los años, la impuntualidad se va consolidando en los hábitos. Lo que de niño constituye retrasos en la boleta de calificaciones, de adulto son problemas en el trabajo, días descontados en la quincena, negocios que no se cierran, malas caras por doquier, y, como en mi caso, etiquetas muy difícil de sacudirse, aun cuando desde hace muchos años he trabajado intensamente en el aspecto de la puntualidad con resultados satisfactorios. No importa cuánto te esfuerces en demostrar que ya no eres el de antes. Para la gente que conoció y padeció esa faceta de ti siempre serás un impuntual, con rango de vitalicio y honorario.
Ese currículum que me gané a pulso me ha permitido distinguir algunas características de los impuntuales. Si coinciden contigo algunas de las siguientes afirmaciones, es posible que también padezcas retardo crónico:
- No importa cuánto tiempo te hayas tomado para llegar puntual a tu cita, siempre harás algo de último minuto que te hará salir tarde a ella.
- Generalmente sobreestimas el tiempo disponible y crees que puedes hacer mucho más de lo que realmente puedes.
- Todos los días te repites: “ahora sí, mañana voy a llegar temprano”. Buen propósito, pero la neurolingüística no aplicada no sirve de nada.
- Si al dirigirte a tu cita calculas que llegarás antes de la hora señalada, te detendrás a despilfarrar esos minutos en comprar un cafecito o alguna otra bagatela. El chiste es llegar tarde.
Hay quienes opinan que la impuntualidad es un hábito inconsciente que puede denotar baja autoestima, rebeldía o ganas de fregar; otros piensan que está relacionado con la procrastinación.
Cualquiera que sea la causa original, un delicioso caldo de cultivo es la tolerancia que los demás les dispensan a los que llegan tarde. En México, donde la impuntualidad es la firma de la casa, dicha tolerancia es proverbial, casi como la impunidad con la que se regocijan los delincuentes.
Aquí muchas veces se cita a una hora sabiendo que se empezará media hora después. Eso sucede en conciertos y todo tipo de eventos, donde se presume que el respetable llegará a una hora no muy respetable. En cambio, en Estados Unidos, por hacer una comparación odiosa, los espectáculos comienzan a la hora que se anuncian, so pena de recibir disuasivas multas por parte de la autoridad. Igualmente, en ese país o en otros de los llamados avanzados, al que llega tarde a una cita de negocios se le hace juicio sumario y es llevado a la horca.
No puedo asegurar que a mí se me quitó por completo pero a la impuntualidad la tengo bastante a raya. No por mis méritos, sino por efecto de los jalones de oreja y algunas mentadas de madre recibidas, y porque hay responsabilidades en la vida que no la soslayan. Admito que convivir y trabajar con gente puntual ayuda mucho. Todos hemos sido víctimas y victimarios de la impuntualidad. Ya lo dijo el profeta Tardeus Dilatum: “el que esté libre de retardos que tire la primera neta.”
Y para cerrar el tema terminaré diciendo que la impuntualidad nos ha acompañado desde el principio de los tiempos y así será por los siglos de los siglos, amén.
Juan Miguel Portillo
Twitter:@jmportillo
No sé quién inició esta tradición familiar pero mi árbol genealógico es frondoso en impuntuales. Mis abuelos, mis padres y mis hermanos lo eran. Yo, el menor, aprendí bien el juego.
Mi papá fue impuntual y mi madre no hacía malos quesos, los hacía tarde pero nunca malos. Recuerdo que mi papá le pedía a ella que estuviera lista a las ocho de la noche para ir a algún compromiso, pero él llegaba a recogerla ya muy cerca de las nueve. Mi mamá, sabedora que mi papá no cumplía con sus promesas de horario, tampoco estaba lista, ni a las ocho ni a las nueve, sino rayando las nueve y media. Eso provocaba una animada trifulca que podía prolongarse y al final terminaban saliendo de casa alrededor de las diez y media.
No sé si la impuntualidad se transmite genéticamente, lo que sí sé es que mi mamá me contaba que yo debí haber nacido, según los cálculos del ginecólogo, un 24 de septiembre; pero se llegó la fecha pronosticada y la versión nonata de este servidor no dio muestra alguna de querer abandonar las cálidas instalaciones maternas. Una semana más tarde, el 1 de octubre, me sacaron de mi mamá a tirones en un operativo de desalojo. Afortunadamente la cesárea fue un éxito. Nací con una semana de retraso.
Para mí llegar tarde al colegio era regla. Si el timbre de entrada sonaba a las ocho, mi mamá despertaba a las siete y media, pero yo invariablemente sucumbía ante el embeleso del “otro ratito”, el momento más brutalmente delicioso del tiempo de sueño, y que terminaba con el grito estrepitoso de mi mamá:—¡ya son las ocho! —. Acto seguido, daba un brinco de la cama, me vestía en un minuto, pepenaba un pan tostado a la pasada y me subía al auto, con una mamá furiosa al volante, para llegar a la escuela a las ocho y diez, cuando la profesora ya había tomado lista. Un retardo más en la boleta.
Con los años, la impuntualidad se va consolidando en los hábitos. Lo que de niño constituye retrasos en la boleta de calificaciones, de adulto son problemas en el trabajo, días descontados en la quincena, negocios que no se cierran, malas caras por doquier, y, como en mi caso, etiquetas muy difícil de sacudirse, aun cuando desde hace muchos años he trabajado intensamente en el aspecto de la puntualidad con resultados satisfactorios. No importa cuánto te esfuerces en demostrar que ya no eres el de antes. Para la gente que conoció y padeció esa faceta de ti siempre serás un impuntual, con rango de vitalicio y honorario.
Ese currículum que me gané a pulso me ha permitido distinguir algunas características de los impuntuales. Si coinciden contigo algunas de las siguientes afirmaciones, es posible que también padezcas retardo crónico:
- No importa cuánto tiempo te hayas tomado para llegar puntual a tu cita, siempre harás algo de último minuto que te hará salir tarde a ella.
- Generalmente sobreestimas el tiempo disponible y crees que puedes hacer mucho más de lo que realmente puedes.
- Todos los días te repites: “ahora sí, mañana voy a llegar temprano”. Buen propósito, pero la neurolingüística no aplicada no sirve de nada.
- Si al dirigirte a tu cita calculas que llegarás antes de la hora señalada, te detendrás a despilfarrar esos minutos en comprar un cafecito o alguna otra bagatela. El chiste es llegar tarde.
Hay quienes opinan que la impuntualidad es un hábito inconsciente que puede denotar baja autoestima, rebeldía o ganas de fregar; otros piensan que está relacionado con la procrastinación.
Cualquiera que sea la causa original, un delicioso caldo de cultivo es la tolerancia que los demás les dispensan a los que llegan tarde. En México, donde la impuntualidad es la firma de la casa, dicha tolerancia es proverbial, casi como la impunidad con la que se regocijan los delincuentes.
Aquí muchas veces se cita a una hora sabiendo que se empezará media hora después. Eso sucede en conciertos y todo tipo de eventos, donde se presume que el respetable llegará a una hora no muy respetable. En cambio, en Estados Unidos, por hacer una comparación odiosa, los espectáculos comienzan a la hora que se anuncian, so pena de recibir disuasivas multas por parte de la autoridad. Igualmente, en ese país o en otros de los llamados avanzados, al que llega tarde a una cita de negocios se le hace juicio sumario y es llevado a la horca.
No puedo asegurar que a mí se me quitó por completo pero a la impuntualidad la tengo bastante a raya. No por mis méritos, sino por efecto de los jalones de oreja y algunas mentadas de madre recibidas, y porque hay responsabilidades en la vida que no la soslayan. Admito que convivir y trabajar con gente puntual ayuda mucho. Todos hemos sido víctimas y victimarios de la impuntualidad. Ya lo dijo el profeta Tardeus Dilatum: “el que esté libre de retardos que tire la primera neta.”
Y para cerrar el tema terminaré diciendo que la impuntualidad nos ha acompañado desde el principio de los tiempos y así será por los siglos de los siglos, amén.
Juan Miguel Portillo
Twitter:
Mis maestros y la pedagogía de ayer
En mis lejanas épocas de alumno -porque estudiante era sólo cuando estudiaba y eso no lo hacía todo el tiempo- tuve algunas maestras y maestros que me marcaron. El profesor Valdés, por ejemplo, me marcó la frente de un gisazo certero que me lanzó con destreza olímpica desde el pizarrón hasta la sexta fila en el momento en que yo platicaba con mi buen amigo El Tacho en segundo de secundaria.
También recuerdo las marcas con tinta roja con que destacaba mis reprobadas en la boleta de calificaciones la profesora Titina de tercero de primaria. Mi maestra de primero de primaria utilizaba en el salón una herramienta pedagógica de avanzada: a los niños varones que mostraban mala conducta se les pasaba al frente y se les ponía un uniforme escolar de niña para ser exhibidos ante las risas de los compañeros. Qué cosas, para la maestra, portar un vestido de niña era denigrante. Échense ese trompo a la uña. Vaya usted a saber qué pensaba de ser niña.
En cambio ahora, en el colegio al que asiste Santiago, mi hijuelo menor, se constituye un Consejo de Alumnos que semanalmente sesiona en horas de clase donde se analizan comportamientos y en ese marco los mocosos se confrontan para dirimir diferencias. Bolas, don Cuco. Puesto a rememorar, viene a mí la imagen de la profesora Josefina de quinto de primaria, eficaz, claridosa y directa. Los pelos que no tenía en la lengua los lucía en las piernas, de ahí su apodo de la tarántula. Su mote no le hacía justicia a su forma de ser, dado que era una persona esmerada y paciente. Antes, a los que platicábamos en clase, o que hacíamos dibujos en los cuadernos mientras el profe explicaba, nos distraíamos con el vuelo de las moscas y sacábamos malas notas en matemáticas, física y geografía, los profes nos llamaban burros, y el tratamiento para eso era el reglazo, el jalón de patilla y unos buenos regaños.
Ahora, los que presentan los mismos problemas de conducta son chicos con Trastorno de Déficit de Atención con o sin rasgos de hiperactividad (TDA y TDAH), y se les atiende con costosas terapias y medicamentos que, para desgracia de los bolsillos de los padres, aún no vende el Dr. Simi. No tengo duda de que, de haber existido estas pomposas clasificaciones en mi infancia, mi foto habría aparecido en el diccionario. Pero en ese tiempo los chicos con TDA éramos simplemente flojos y distraídos. En mis épocas no había tecnología al servicio del estudiante. Una calculadora Casio era lo más avanzado con lo que yo contaba en la prepa, y si digo “contaba” lo digo de forma literal. En la universidad los trabajos se hacían a golpe de máquina de escribir y, cuando se hablaba de computadoras, se pensaba en esas máquinas llenas de foquitos de colores que salían en las películas de El Santo.
Ahora la computadora es una herramienta, más que necesaria, obligatoria para cualquier estudiante. Pareciera que estamos a punto de que, en lugar de cuadernos, los estudiantes utilicen solamente computadoras y tabletas, y que, en vez de la tradicional lista de útiles, los maestros les pidan a los alumnos una lista de aplicaciones. Pero recién ha pasado el Día del Maestro y la fecha se hizo para homenajear a los mentores. Vienen a mi recuerdo infinidad de nombres, rostros y voces acumuladas en muchos años en las doce instituciones educativas a las que asistí en las ciudades en que he vivido hasta ahora. Gratísimos recuerdos.
Desde el kínder hasta el querido Iteso siempre encontré esos aliados que me tuvieron paciencia, que me ayudaron a sacar lo mejor de mí, que me avisparon la vena artística, que me corrigieron en tiempo y forma, que me regalaban las palabras correctas y las calificaciones justas y a veces benévolas, etcétera, etcétera. A ellos, muchas gracias, y a los maestros que se parten el alma en las aulas todos los días, mi reconocimiento total. Y los profes que están en paros y plantones, regresen a clases, plis. Ya chole.
Juan Miguel Portillo
Twitter:@ jmportillo
También recuerdo las marcas con tinta roja con que destacaba mis reprobadas en la boleta de calificaciones la profesora Titina de tercero de primaria. Mi maestra de primero de primaria utilizaba en el salón una herramienta pedagógica de avanzada: a los niños varones que mostraban mala conducta se les pasaba al frente y se les ponía un uniforme escolar de niña para ser exhibidos ante las risas de los compañeros. Qué cosas, para la maestra, portar un vestido de niña era denigrante. Échense ese trompo a la uña. Vaya usted a saber qué pensaba de ser niña.
En cambio ahora, en el colegio al que asiste Santiago, mi hijuelo menor, se constituye un Consejo de Alumnos que semanalmente sesiona en horas de clase donde se analizan comportamientos y en ese marco los mocosos se confrontan para dirimir diferencias. Bolas, don Cuco. Puesto a rememorar, viene a mí la imagen de la profesora Josefina de quinto de primaria, eficaz, claridosa y directa. Los pelos que no tenía en la lengua los lucía en las piernas, de ahí su apodo de la tarántula. Su mote no le hacía justicia a su forma de ser, dado que era una persona esmerada y paciente. Antes, a los que platicábamos en clase, o que hacíamos dibujos en los cuadernos mientras el profe explicaba, nos distraíamos con el vuelo de las moscas y sacábamos malas notas en matemáticas, física y geografía, los profes nos llamaban burros, y el tratamiento para eso era el reglazo, el jalón de patilla y unos buenos regaños.
Ahora, los que presentan los mismos problemas de conducta son chicos con Trastorno de Déficit de Atención con o sin rasgos de hiperactividad (TDA y TDAH), y se les atiende con costosas terapias y medicamentos que, para desgracia de los bolsillos de los padres, aún no vende el Dr. Simi. No tengo duda de que, de haber existido estas pomposas clasificaciones en mi infancia, mi foto habría aparecido en el diccionario. Pero en ese tiempo los chicos con TDA éramos simplemente flojos y distraídos. En mis épocas no había tecnología al servicio del estudiante. Una calculadora Casio era lo más avanzado con lo que yo contaba en la prepa, y si digo “contaba” lo digo de forma literal. En la universidad los trabajos se hacían a golpe de máquina de escribir y, cuando se hablaba de computadoras, se pensaba en esas máquinas llenas de foquitos de colores que salían en las películas de El Santo.
Ahora la computadora es una herramienta, más que necesaria, obligatoria para cualquier estudiante. Pareciera que estamos a punto de que, en lugar de cuadernos, los estudiantes utilicen solamente computadoras y tabletas, y que, en vez de la tradicional lista de útiles, los maestros les pidan a los alumnos una lista de aplicaciones. Pero recién ha pasado el Día del Maestro y la fecha se hizo para homenajear a los mentores. Vienen a mi recuerdo infinidad de nombres, rostros y voces acumuladas en muchos años en las doce instituciones educativas a las que asistí en las ciudades en que he vivido hasta ahora. Gratísimos recuerdos.
Desde el kínder hasta el querido Iteso siempre encontré esos aliados que me tuvieron paciencia, que me ayudaron a sacar lo mejor de mí, que me avisparon la vena artística, que me corrigieron en tiempo y forma, que me regalaban las palabras correctas y las calificaciones justas y a veces benévolas, etcétera, etcétera. A ellos, muchas gracias, y a los maestros que se parten el alma en las aulas todos los días, mi reconocimiento total. Y los profes que están en paros y plantones, regresen a clases, plis. Ya chole.
Juan Miguel Portillo
Twitter:
¡A la madre!
No por ser ampliamente conocido deja de llamar la atención el hecho de que en México le demos tantos usos a la palabra madre. Podemos entenderlo si pensamos que el idioma castellano es el segundo más hablado del mundo, después del chino mandarín, y que México aporta el mayor número de hispanohablantes a la estadística, seguido de Estados Unidos, donde también viven millones de mexicanos de segunda y tercera generación. Y también de segunda y tercera clase, para el regocijo del sr. Trump.
La cifra de hablantes mexicanos nos convierte en un país que ha incorporado a la jerga cotidiana una barbaridad de términos, y esto aunado a la veneración que por tradición y religión le dispensamos a la madre, a quien consideramos tan sagrada como la Virgen de Guadalupe o Las Chivas Rayadas, hemos incorporado a nuestro vocabulario, a propósito del término en cuestión, un madral de palabras.
Ya está aquí el Día de las Madres, y la ocasión, más que propicia, es obligada para reflexionar un poco sobre las mamás que engalanan nuestro entorno. Hay quienes tienen la fortuna de contar con su mamá vivita y coleando, y otros, como yo, dedicamos la fecha para homenajear a la madre de nuestros hijos y de paso a la mamá de la mamá de nuestros hijos y a las hermanas de la mamá de nuestros hijos, que también son madres, y a quién se deje. Pero hay muchas personas que no tienen ni una ni las otras. Dicho de otra manera, viven en el desmadre.
A ellos les digo que si voltean a su alrededor, siempre habrá alguna mamá a quién dedicarle un pensamiento, una llamada o, por lo menos, un Whatsapp. Motivos sobran para festejar a madres.
Otra forma de recordar a las mamás -aunque sean ajenas- es ver el precio del perfume fino que le queremos regalar y en ese momento tengan por seguro que nos acordaremos de la madre del que lo vende.
Y es que durante este mes, vaya a donde usted vaya, cuando ve en los aparadores o en los estantes un prendedor, un vestido, una bolsa, y mira el precio, ¿en qué piensa? ¡En la madre! por supuesto, ¿en quién más?
Porque ser madre en la actualidad no solo cuesta dolor y cansancio, también cuesta dinero. Ginecólogos, ultrasonidos, cursos psicoprofilácticos -trabalenguas encaminado a la preparación de la mujer para un parto programado, natural y gratificante que muchas veces acaba en una cesárea urgente y absolutamente non grata-, y, desde luego, el sanatorio con todo incluido. Qué dicha la de la primeriza que entra un día al hospital hecha una aspirante y al día siguiente sale hecha la madre, ésa madre que soñó ser.
Mayo es un mes que desde que inicia ya huele a madres, y no solo huele, también sabe a madres, porque todo lo que entra por nuestros sentidos nos evoca a esas heroínas que a cada uno de nosotros nos trajeron a la vida y nos dieron cobijo en su vientre. Por todos lados vemos y escuchamos anuncios de almacenes y restaurantes con gangas, ahorros y promociones pensadas para hacer del 10 de mayo un agasajo a toda madre, sin excepción.
Y es que ellas lo merecen todo. No es cosa fácil traer por nueve meses en el cuerpo a un inquilino chupasangre que todo lo que sabe hacer es alimentarse de su mamá. Qué poca madre, en verdad lo digo, qué poca madre se ha arrepentido de haber albergado en su seno a ese hijo que luego, al crecer, se convirtió en un hombre de bien.
Es admirable cómo, llueva, truene, relampaguee, tiemble o haya contingencia ambiental, está siempre lista para partirse la madre en dos, porque ella sabe que solo así podrá darse abasto y cumplir con sus responsabilidades. (Creo que este último estuvo un poco forzado pero se entendió, ¿no?).
En fin, hay gente que no tiene madre pero es innegable que algún día la tuvo, porque es ley natural de vida. Así que esta fecha, más allá de ser un motivo para vender, comprar y regalar, es una extraordinaria oportunidad para reflexionar sobre el prodigioso fenómeno de la maternidad y expresar, de la manera que cada uno elija en concordancia con sus apegos y posibilidades, la gratitud suprema que solo puede despertar el ser que nos dio el privilegio de vivir.
Y ya me voy porque ya me puse sensible y no quiero que me vean llorar. Ni madres. Ni nadie.
Juan Miguel Portillo
Twitter: @jmportillo
La cifra de hablantes mexicanos nos convierte en un país que ha incorporado a la jerga cotidiana una barbaridad de términos, y esto aunado a la veneración que por tradición y religión le dispensamos a la madre, a quien consideramos tan sagrada como la Virgen de Guadalupe o Las Chivas Rayadas, hemos incorporado a nuestro vocabulario, a propósito del término en cuestión, un madral de palabras.
Ya está aquí el Día de las Madres, y la ocasión, más que propicia, es obligada para reflexionar un poco sobre las mamás que engalanan nuestro entorno. Hay quienes tienen la fortuna de contar con su mamá vivita y coleando, y otros, como yo, dedicamos la fecha para homenajear a la madre de nuestros hijos y de paso a la mamá de la mamá de nuestros hijos y a las hermanas de la mamá de nuestros hijos, que también son madres, y a quién se deje. Pero hay muchas personas que no tienen ni una ni las otras. Dicho de otra manera, viven en el desmadre.
A ellos les digo que si voltean a su alrededor, siempre habrá alguna mamá a quién dedicarle un pensamiento, una llamada o, por lo menos, un Whatsapp. Motivos sobran para festejar a madres.
Otra forma de recordar a las mamás -aunque sean ajenas- es ver el precio del perfume fino que le queremos regalar y en ese momento tengan por seguro que nos acordaremos de la madre del que lo vende.
Y es que durante este mes, vaya a donde usted vaya, cuando ve en los aparadores o en los estantes un prendedor, un vestido, una bolsa, y mira el precio, ¿en qué piensa? ¡En la madre! por supuesto, ¿en quién más?
Porque ser madre en la actualidad no solo cuesta dolor y cansancio, también cuesta dinero. Ginecólogos, ultrasonidos, cursos psicoprofilácticos -trabalenguas encaminado a la preparación de la mujer para un parto programado, natural y gratificante que muchas veces acaba en una cesárea urgente y absolutamente non grata-, y, desde luego, el sanatorio con todo incluido. Qué dicha la de la primeriza que entra un día al hospital hecha una aspirante y al día siguiente sale hecha la madre, ésa madre que soñó ser.
Mayo es un mes que desde que inicia ya huele a madres, y no solo huele, también sabe a madres, porque todo lo que entra por nuestros sentidos nos evoca a esas heroínas que a cada uno de nosotros nos trajeron a la vida y nos dieron cobijo en su vientre. Por todos lados vemos y escuchamos anuncios de almacenes y restaurantes con gangas, ahorros y promociones pensadas para hacer del 10 de mayo un agasajo a toda madre, sin excepción.
Y es que ellas lo merecen todo. No es cosa fácil traer por nueve meses en el cuerpo a un inquilino chupasangre que todo lo que sabe hacer es alimentarse de su mamá. Qué poca madre, en verdad lo digo, qué poca madre se ha arrepentido de haber albergado en su seno a ese hijo que luego, al crecer, se convirtió en un hombre de bien.
Es admirable cómo, llueva, truene, relampaguee, tiemble o haya contingencia ambiental, está siempre lista para partirse la madre en dos, porque ella sabe que solo así podrá darse abasto y cumplir con sus responsabilidades. (Creo que este último estuvo un poco forzado pero se entendió, ¿no?).
En fin, hay gente que no tiene madre pero es innegable que algún día la tuvo, porque es ley natural de vida. Así que esta fecha, más allá de ser un motivo para vender, comprar y regalar, es una extraordinaria oportunidad para reflexionar sobre el prodigioso fenómeno de la maternidad y expresar, de la manera que cada uno elija en concordancia con sus apegos y posibilidades, la gratitud suprema que solo puede despertar el ser que nos dio el privilegio de vivir.
Y ya me voy porque ya me puse sensible y no quiero que me vean llorar. Ni madres. Ni nadie.
Juan Miguel Portillo
Twitter: @jmportillo
El "Yamikemi", un remedio contra el estrés
SIEMPRE lo he dicho, lo mío, lo mío, es el estrés, esa entidad inasible que, a decir de los médicos que no encuentran una mejor y más científica razón, es la culpable de todos mis males. Los que me conocen concuerdan en que soy un hombre de principios: principios de úlcera y enfermedad coronaria producto del estrés.
Para atenuar la tensión nerviosa me doy mis mañas, como escuchar música relajante mientras trabajo o voy manejando, defender a capa y espada la oportunidad de dormir una siesta, por un tiempo traje conmigo una pelotita de goma que apretujaba con las manos para evitar llegar al punto de jalarme los cabellos -que a partir de cierta edad más vale empezar a atesorar uno a uno-. He empleado también algunos métodos más orgánicos: en esos momentos en que preciso relajamiento, confieso que he recurrido a los encantos y poderes de mis íntimas amigas Ignacia y Melisa, quienes por cierto gozan de buena fama en el mercado de San Juan de Dios, y que junto con Valeriana y Pasiflora me han brindado sus artes hechiceras, pero a veces ni el trabajo de todas juntas ha sido suficiente. Estas hierbas, dicen los que saben, tienen efectos probados sobre el sistema nervioso, pero mi sistema es tan nervioso que resulta un paciente muy difícil de tratar.
Tampoco el yoga y la meditación han logrado regresarme a un estado de equilibrio. Claro, aceptando que sería mucho mejor que los practicara.
Lo que sí he usado eficazmente en repetidas veces es una técnica que aprendí de mi madre. Se llama Yamikemi, que aunque suene muy oriental es solamente una contracción de la frase “Y a mí qué me importa” que mi mamá solía proferir como una suerte de conjuro contra el agobio y la imposibilidad de modificar el estado de las cosas que le provocaban angustia. Así, si alguna discusión de poca monta en la que participaba se complicaba al grado de empezar a alterar su buen ánimo, tomaba la salida de emergencia con la práctica del Yamikemi. Finalmente qué tópico, problema o diferencia de opinión podía ser más valioso que su paz espiritual.
El Yamikemi es una buena alternativa en una gran cantidad de situaciones. Mi mamá me la inculcó desde la infancia. La mía, desde luego. Cuando era niño y algo me preocupaba o entristecía hasta el llanto, ella me consolaba diciéndome que todos los problemas habidos y por haber podían solucionarse, menos uno: la muerte. Esa afirmación, que a mí me sonaba brillante y lapidaria (si hablamos de muerte, lo de lapidario queda muy bien), me hizo tal efecto que hasta la fecha, ya muy lejos de mi niñez, sigue sonando en mi cabecita loca. A mis hijos, que no elaboran quesos de mala calidad en materia de agobios -dignos hijos de su padre-, les repito esa máxima materna.
Por otra parte, cuando la dificultad parecía no tener solución, decía mi mamá, “si no tiene solución, no es un problema”, entonces, si no había problema, el asunto era caso cerrado y a otra cosa. Una vez más, lo que correspondía era usar la receta: Yamikemi.
Hablando en plata, esta filosofía no es otra cosa que desarrollar la habilidad de hacernos los occisos ante algunos conflictos de la vida cotidiana -a los cuales les concedemos importancia sin merecerla- con el fin supremo de salvaguardar nuestra salud emocional y la de nuestros prójimos, próximos y anexos. Por lo tanto el Yamikemi no es una técnica que funcione para todo, porque conlleva una buena dosis de displicencia, evasión y soslayo. Hay circunstancias de las que uno no puede fugarse así nomás; cabría primero poner un poco de orden antes de salir corriendo. De cualquier manera, estoy convencido que el Yamikemi es un buen aliado contra el cochino estrés.
Llegado el caso, también puede recurrirse a una variante que funciona muy bien en situaciones más perturbadoras: el Yamikeka, contracción de “Y a mí qué carajos” (aplicable a “me importa”, “me dicen”, “me preguntan”, “me joroban”, “me vienen con chismes”, y un etcétera totalmente al gusto).
Y finalmente un método más extremo aún, el Yamikeching, donde el sufijo “ching” es eso que están pensando.
Para atenuar la tensión nerviosa me doy mis mañas, como escuchar música relajante mientras trabajo o voy manejando, defender a capa y espada la oportunidad de dormir una siesta, por un tiempo traje conmigo una pelotita de goma que apretujaba con las manos para evitar llegar al punto de jalarme los cabellos -que a partir de cierta edad más vale empezar a atesorar uno a uno-. He empleado también algunos métodos más orgánicos: en esos momentos en que preciso relajamiento, confieso que he recurrido a los encantos y poderes de mis íntimas amigas Ignacia y Melisa, quienes por cierto gozan de buena fama en el mercado de San Juan de Dios, y que junto con Valeriana y Pasiflora me han brindado sus artes hechiceras, pero a veces ni el trabajo de todas juntas ha sido suficiente. Estas hierbas, dicen los que saben, tienen efectos probados sobre el sistema nervioso, pero mi sistema es tan nervioso que resulta un paciente muy difícil de tratar.
Tampoco el yoga y la meditación han logrado regresarme a un estado de equilibrio. Claro, aceptando que sería mucho mejor que los practicara.
Lo que sí he usado eficazmente en repetidas veces es una técnica que aprendí de mi madre. Se llama Yamikemi, que aunque suene muy oriental es solamente una contracción de la frase “Y a mí qué me importa” que mi mamá solía proferir como una suerte de conjuro contra el agobio y la imposibilidad de modificar el estado de las cosas que le provocaban angustia. Así, si alguna discusión de poca monta en la que participaba se complicaba al grado de empezar a alterar su buen ánimo, tomaba la salida de emergencia con la práctica del Yamikemi. Finalmente qué tópico, problema o diferencia de opinión podía ser más valioso que su paz espiritual.
El Yamikemi es una buena alternativa en una gran cantidad de situaciones. Mi mamá me la inculcó desde la infancia. La mía, desde luego. Cuando era niño y algo me preocupaba o entristecía hasta el llanto, ella me consolaba diciéndome que todos los problemas habidos y por haber podían solucionarse, menos uno: la muerte. Esa afirmación, que a mí me sonaba brillante y lapidaria (si hablamos de muerte, lo de lapidario queda muy bien), me hizo tal efecto que hasta la fecha, ya muy lejos de mi niñez, sigue sonando en mi cabecita loca. A mis hijos, que no elaboran quesos de mala calidad en materia de agobios -dignos hijos de su padre-, les repito esa máxima materna.
Por otra parte, cuando la dificultad parecía no tener solución, decía mi mamá, “si no tiene solución, no es un problema”, entonces, si no había problema, el asunto era caso cerrado y a otra cosa. Una vez más, lo que correspondía era usar la receta: Yamikemi.
Hablando en plata, esta filosofía no es otra cosa que desarrollar la habilidad de hacernos los occisos ante algunos conflictos de la vida cotidiana -a los cuales les concedemos importancia sin merecerla- con el fin supremo de salvaguardar nuestra salud emocional y la de nuestros prójimos, próximos y anexos. Por lo tanto el Yamikemi no es una técnica que funcione para todo, porque conlleva una buena dosis de displicencia, evasión y soslayo. Hay circunstancias de las que uno no puede fugarse así nomás; cabría primero poner un poco de orden antes de salir corriendo. De cualquier manera, estoy convencido que el Yamikemi es un buen aliado contra el cochino estrés.
Llegado el caso, también puede recurrirse a una variante que funciona muy bien en situaciones más perturbadoras: el Yamikeka, contracción de “Y a mí qué carajos” (aplicable a “me importa”, “me dicen”, “me preguntan”, “me joroban”, “me vienen con chismes”, y un etcétera totalmente al gusto).
Y finalmente un método más extremo aún, el Yamikeching, donde el sufijo “ching” es eso que están pensando.
Los juguetes de mi infancia
Se acerca el Día del Niño y los que tenemos uno en casa no podemos pasarlo desapercibido. Santi, que a sus 11 años ya es una verdolaga de más de metro y medio y no sé cuántos kilos de peso -los suficientes para no poderlo levantar ni con bulldozer-, apenas pasó la Navidad y empezó a mencionar camufladamente las cosas que le gustaría tener en el siguiente turno que el año pone en el calendario para hacer un regalito. Y ese turno corresponde precisamente al Día del Niño. Cuando hablo de las cosas que le gustan no me refiero necesariamente a juguetes físicos, cachivaches o muñecos que se puedan tocar, aventar, prestar, y guardar en un cajón. Ese tipo de trebejos ya han quedado un poco en desuso para Santi. Sus inquietudes lúdicas van por caminos caminos más abstractos: videojuegos que se descargan de la internet y se almacenan en un disco duro.
Eran otros los juguetes con los que ustedes y yo nos divertíamos en nuestra infancia. Desde luego que ustedes en su infancia y yo en la mía porque de seguro tenemos edades desiguales. Dependiendo del kilometraje que cada quien trae en su odómetro de vida, recuerda diferentes juguetes que reinaban en el gusto de la niñez y en el presupuesto de los papás del momento.
Yo puedo rememorar un puñado de productos de la marca mexicana Lilí Ledy que tenía dos líneas, Lilí para las niñas y Ledy para los varoncitos latosos. ¿Se acuerdan de los Aventureros de Acción, que eran la tropicalización del G.I. Joe norteamericano? Estos muñecos tenían articulados casi hasta los dedos chiquitos y eran temerarios soldados de cielo, mar y tierra, con mortíferos accesorios, lo cual nos recuerda que muchos de nosotros jugábamos a darnos de moquetes en la guerra y nuestros papás no se tiraban de los pelos por aquel espíritu bélico. Con el tiempo estos muñecos se vendían “con pelo de verdad”, movían sus ojos accionando una palanquita y hasta podían hablar. Paroxismo total.
¿Recuerdan a la Barbie mexicana que se llamaba Bárbara? ¿A Fabiola, la muñeca que camina por sí sola? ¿A Lagrimitas Lilí? ¿Y qué me dicen de El Hombre Nuclear con su ojito biónico o La Mujer Maravilla con sus brazaletes defensivos? ¿Alguien de ustedes tuvo el Horno Mágico Lilí, donde se hacían pastelitos de verdad al calor de unos focos de a peso? ¿Quién jugó Chuta-Gol, el tablero con monitos que les oprimías la cabeza y estiraban la patita para lanzar la pelota?
Yo gocé con mi Tira Papas Spud Gun, aquella pistola que, como su nombre bien lo indicaba, en inglés y en español para que no quedara el menor rastro de duda -ni de papa-, lanzaba proyectiles de dicho tubérculo o de cualquier otro, como camote, jícama o hasta rabanitos cambray.
Algo de lo que siempre me quedé con las ganas fue de una Avalancha, el carro deslizador sin pedales que me hacía babear cuando lo veía pasar por mi calle en Hermosillo. Para sustituir ese sueño me fabriqué mi propio go kart con tablas, clavos, tornillos y baleros por ruedas. Me tiraban de una cuerda desde una bicicleta y yo me sentía un poco más que Emerson Fittipaldi.
Por supuesto que también tuve yoyos, trompos y baleros de madera, canicas, aluciné en 3D con mi View Master, jugué con la autopista Hot Wheels color naranja de mi hermano, aprendí la maravillosa relación entre las matemáticas y el dibujo con mi Espirógrafo, tuve en mis manos un Kid Acero con agarre Kung Fu, hice magia con los trucos que me compraba en la tienda El Regalito, en Hermosillo, hice hablar a Cleto, mi muñeco de veintrílocuo, me deslicé y me di incontables trancazos con mis patines de ruidosas ruedas de metal, experimenté con mi juego de química, etc.
La tecnología para jugar en casa llegó tarde a mi infancia. Cuando niño, si quería divertirme con juegos electrónicos tenía que acudir a un lugar donde había “maquinitas” -que les llamábamos- y pagar un peso para jugar con aparatos que combinaban algo así como la mecánica con la óptica y que simulaban una realidad virtual bastante pleistocénica. La era del Atari y consolas posteriores me tomó bastante peludito.
No cabe duda que la nostalgia es una enfermedad que aparece con los años y se distingue por volverse crónica y progresiva. Además se manifiesta en la vida diaria a la menor provocación. Cada quien recuerda sus juguetes con emoción y cariño y piensa que la época que le tocó vivir fue la mejor en toda la historia de la humanidad.
Para este Día del Niño, Santi no quiere -ni siquiera conoce-, ninguno de los juegos y juguetes que mencioné arriba en mi furioso ataque de nostalgia. Santi quiere un videojuego y nada más. Tengo claro que él es un chico de una era contundentemente distinta a la mía, pero no por ello menos mágica y bella. Con los años, cuando sus hijos le pidan algún juguete (vaya usted a saber qué), él también sufrirá sus crisis de nostalgia recordando los antiquísimos y ñoños videojuegos de ahora.
Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo
Eran otros los juguetes con los que ustedes y yo nos divertíamos en nuestra infancia. Desde luego que ustedes en su infancia y yo en la mía porque de seguro tenemos edades desiguales. Dependiendo del kilometraje que cada quien trae en su odómetro de vida, recuerda diferentes juguetes que reinaban en el gusto de la niñez y en el presupuesto de los papás del momento.
Yo puedo rememorar un puñado de productos de la marca mexicana Lilí Ledy que tenía dos líneas, Lilí para las niñas y Ledy para los varoncitos latosos. ¿Se acuerdan de los Aventureros de Acción, que eran la tropicalización del G.I. Joe norteamericano? Estos muñecos tenían articulados casi hasta los dedos chiquitos y eran temerarios soldados de cielo, mar y tierra, con mortíferos accesorios, lo cual nos recuerda que muchos de nosotros jugábamos a darnos de moquetes en la guerra y nuestros papás no se tiraban de los pelos por aquel espíritu bélico. Con el tiempo estos muñecos se vendían “con pelo de verdad”, movían sus ojos accionando una palanquita y hasta podían hablar. Paroxismo total.
¿Recuerdan a la Barbie mexicana que se llamaba Bárbara? ¿A Fabiola, la muñeca que camina por sí sola? ¿A Lagrimitas Lilí? ¿Y qué me dicen de El Hombre Nuclear con su ojito biónico o La Mujer Maravilla con sus brazaletes defensivos? ¿Alguien de ustedes tuvo el Horno Mágico Lilí, donde se hacían pastelitos de verdad al calor de unos focos de a peso? ¿Quién jugó Chuta-Gol, el tablero con monitos que les oprimías la cabeza y estiraban la patita para lanzar la pelota?
Yo gocé con mi Tira Papas Spud Gun, aquella pistola que, como su nombre bien lo indicaba, en inglés y en español para que no quedara el menor rastro de duda -ni de papa-, lanzaba proyectiles de dicho tubérculo o de cualquier otro, como camote, jícama o hasta rabanitos cambray.
Algo de lo que siempre me quedé con las ganas fue de una Avalancha, el carro deslizador sin pedales que me hacía babear cuando lo veía pasar por mi calle en Hermosillo. Para sustituir ese sueño me fabriqué mi propio go kart con tablas, clavos, tornillos y baleros por ruedas. Me tiraban de una cuerda desde una bicicleta y yo me sentía un poco más que Emerson Fittipaldi.
Por supuesto que también tuve yoyos, trompos y baleros de madera, canicas, aluciné en 3D con mi View Master, jugué con la autopista Hot Wheels color naranja de mi hermano, aprendí la maravillosa relación entre las matemáticas y el dibujo con mi Espirógrafo, tuve en mis manos un Kid Acero con agarre Kung Fu, hice magia con los trucos que me compraba en la tienda El Regalito, en Hermosillo, hice hablar a Cleto, mi muñeco de veintrílocuo, me deslicé y me di incontables trancazos con mis patines de ruidosas ruedas de metal, experimenté con mi juego de química, etc.
La tecnología para jugar en casa llegó tarde a mi infancia. Cuando niño, si quería divertirme con juegos electrónicos tenía que acudir a un lugar donde había “maquinitas” -que les llamábamos- y pagar un peso para jugar con aparatos que combinaban algo así como la mecánica con la óptica y que simulaban una realidad virtual bastante pleistocénica. La era del Atari y consolas posteriores me tomó bastante peludito.
No cabe duda que la nostalgia es una enfermedad que aparece con los años y se distingue por volverse crónica y progresiva. Además se manifiesta en la vida diaria a la menor provocación. Cada quien recuerda sus juguetes con emoción y cariño y piensa que la época que le tocó vivir fue la mejor en toda la historia de la humanidad.
Para este Día del Niño, Santi no quiere -ni siquiera conoce-, ninguno de los juegos y juguetes que mencioné arriba en mi furioso ataque de nostalgia. Santi quiere un videojuego y nada más. Tengo claro que él es un chico de una era contundentemente distinta a la mía, pero no por ello menos mágica y bella. Con los años, cuando sus hijos le pidan algún juguete (vaya usted a saber qué), él también sufrirá sus crisis de nostalgia recordando los antiquísimos y ñoños videojuegos de ahora.
Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Si aún no lo has hecho y no tienes inconveniente, suscríbete al blog. Mil gracias.