viernes, 1 de diciembre de 2017

Mis maestros y la pedagogía de ayer

En mis lejanas épocas de alumno -porque estudiante era sólo cuando estudiaba y eso no lo hacía todo el tiempo- tuve algunas maestras y maestros que me marcaron. El profesor Valdés, por ejemplo, me marcó la frente de un gisazo certero que me lanzó con destreza olímpica desde el pizarrón hasta la sexta fila en el momento en que yo platicaba con mi buen amigo El Tacho en segundo de secundaria.

También recuerdo las marcas con tinta roja con que destacaba mis reprobadas en la boleta de calificaciones la profesora Titina de tercero de primaria. Mi maestra de primero de primaria utilizaba en el salón una herramienta pedagógica de avanzada: a los niños varones que mostraban mala conducta se les pasaba al frente y se les ponía un uniforme escolar de niña para ser exhibidos ante las risas de los compañeros. Qué cosas, para la maestra, portar un vestido de niña era denigrante. Échense ese trompo a la uña. Vaya usted a saber qué pensaba de ser niña.

En cambio ahora, en el colegio al que asiste Santiago, mi hijuelo menor, se constituye un Consejo de Alumnos que semanalmente sesiona en horas de clase donde se analizan comportamientos y en ese marco los mocosos se confrontan para dirimir diferencias. Bolas, don Cuco. Puesto a rememorar, viene a mí la imagen de la profesora Josefina de quinto de primaria, eficaz, claridosa y directa. Los pelos que no tenía en la lengua los lucía en las piernas, de ahí su apodo de la tarántula. Su mote no le hacía justicia a su forma de ser, dado que era una persona esmerada y paciente. Antes, a los que platicábamos en clase, o que hacíamos dibujos en los cuadernos mientras el profe explicaba, nos distraíamos con el vuelo de las moscas y sacábamos malas notas en matemáticas, física y geografía, los profes nos llamaban burros, y el tratamiento para eso era el reglazo, el jalón de patilla y unos buenos regaños.

Ahora, los que presentan los mismos problemas de conducta son chicos con Trastorno de Déficit de Atención con o sin rasgos de hiperactividad (TDA y TDAH), y se les atiende con costosas terapias y medicamentos que, para desgracia de los bolsillos de los padres, aún no vende el Dr. Simi. No tengo duda de que, de haber existido estas pomposas clasificaciones en mi infancia, mi foto habría aparecido en el diccionario. Pero en ese tiempo los chicos con TDA éramos simplemente flojos y distraídos. En mis épocas no había tecnología al servicio del estudiante. Una calculadora Casio era lo más avanzado con lo que yo contaba en la prepa, y si digo “contaba” lo digo de forma literal. En la universidad los trabajos se hacían a golpe de máquina de escribir y, cuando se hablaba de computadoras, se pensaba en esas máquinas llenas de foquitos de colores que salían en las películas de El Santo.

Ahora la computadora es una herramienta, más que necesaria, obligatoria para cualquier estudiante. Pareciera que estamos a punto de que, en lugar de cuadernos, los estudiantes utilicen solamente computadoras y tabletas, y que, en vez de la tradicional lista de útiles, los maestros les pidan a los alumnos una lista de aplicaciones. Pero recién ha pasado el Día del Maestro y la fecha se hizo para homenajear a los mentores. Vienen a mi recuerdo infinidad de nombres, rostros y voces acumuladas en muchos años en las doce instituciones educativas a las que asistí en las ciudades en que he vivido hasta ahora. Gratísimos recuerdos.

Desde el kínder hasta el querido Iteso siempre encontré esos aliados que me tuvieron paciencia, que me ayudaron a sacar lo mejor de mí, que me avisparon la vena artística, que me corrigieron en tiempo y forma, que me regalaban las palabras correctas y las calificaciones justas y a veces benévolas, etcétera, etcétera. A ellos, muchas gracias, y a los maestros que se parten el alma en las aulas todos los días, mi reconocimiento total. Y los profes que están en paros y plantones, regresen a clases, plis. Ya chole.

Juan Miguel Portillo
Twitter: @jmportillo

¡A la madre!

No por ser ampliamente conocido deja de llamar la atención el hecho de que en México le demos tantos usos a la palabra madre. Podemos entenderlo si pensamos que el idioma castellano es el segundo más hablado del mundo, después del chino mandarín, y que México aporta el mayor número de hispanohablantes a la estadística, seguido de Estados Unidos, donde también viven millones de mexicanos de segunda y tercera generación. Y también de segunda y tercera clase, para el regocijo del sr. Trump. 

La cifra de hablantes mexicanos nos convierte en un país que ha incorporado a la jerga cotidiana una barbaridad de términos, y esto aunado a la veneración que por tradición y religión le dispensamos a la madre, a quien consideramos tan sagrada como la Virgen de Guadalupe o Las Chivas Rayadas, hemos incorporado a nuestro vocabulario, a propósito del término en cuestión, un madral de palabras. 

Ya está aquí el Día de las Madres, y la ocasión, más que propicia, es obligada para reflexionar un poco sobre las mamás que engalanan nuestro entorno. Hay quienes tienen la fortuna de contar con su mamá vivita y coleando, y otros, como yo, dedicamos la fecha para homenajear a la madre de nuestros hijos y  de paso a la mamá de la mamá de nuestros hijos y a las hermanas de la mamá de nuestros hijos, que también son madres, y a quién se deje. Pero hay muchas personas que no tienen ni una ni las otras. Dicho de otra manera, viven en el desmadre.

A ellos les digo que si voltean a su alrededor, siempre habrá alguna mamá a quién dedicarle un pensamiento, una llamada o, por lo menos, un Whatsapp. Motivos sobran para festejar a madres. 

Otra forma de recordar a las mamás -aunque sean ajenas- es ver el precio del perfume fino que le queremos regalar y en ese momento tengan por seguro que nos acordaremos de la madre del que lo vende. 

Y es que durante este mes, vaya a donde usted vaya, cuando ve en los aparadores o en los estantes un prendedor, un vestido, una bolsa, y mira el precio, ¿en qué piensa? ¡En la madre! por supuesto, ¿en quién más? 

Porque ser madre en la actualidad no solo cuesta dolor y cansancio, también cuesta dinero. Ginecólogos, ultrasonidos, cursos psicoprofilácticos -trabalenguas encaminado a la preparación de la mujer para un parto programado, natural y gratificante que muchas veces acaba en una cesárea urgente y absolutamente non grata-, y, desde luego, el sanatorio con todo incluido. Qué dicha la de la primeriza que entra un día al hospital hecha una aspirante y al día siguiente sale hecha la madre, ésa madre que soñó ser. 

Mayo es un mes que desde que inicia ya huele a madres, y no solo huele, también sabe a madres, porque todo lo que entra por nuestros sentidos nos evoca a esas heroínas que a cada uno de nosotros nos trajeron a la vida y nos dieron cobijo en su vientre. Por todos lados vemos y escuchamos anuncios de almacenes y restaurantes con gangas, ahorros y promociones pensadas para hacer del 10 de mayo un agasajo a toda madre, sin excepción. 

Y es que ellas lo merecen todo. No es cosa fácil traer por nueve meses en el cuerpo a un inquilino chupasangre que todo lo que sabe hacer es alimentarse de su mamá. Qué poca madre, en verdad lo digo, qué poca madre se ha arrepentido de haber albergado en su seno a ese hijo que luego, al crecer, se convirtió en un hombre de bien. 

Es admirable cómo, llueva, truene, relampaguee, tiemble o haya contingencia ambiental, está siempre lista para partirse la madre en dos, porque ella sabe que solo así podrá darse abasto y cumplir con sus responsabilidades. (Creo que este último estuvo un poco forzado pero se entendió, ¿no?). 

En fin, hay gente que no tiene madre pero es innegable que algún día la tuvo, porque es ley natural de vida. Así que esta fecha, más allá de ser un motivo para vender, comprar y regalar, es una extraordinaria oportunidad para reflexionar sobre el prodigioso fenómeno de la maternidad y expresar, de la manera que cada uno elija en concordancia con sus apegos y posibilidades, la gratitud suprema que solo puede despertar el ser que nos dio el privilegio de vivir. 

Y ya me voy porque ya me puse sensible y no quiero que me vean llorar. Ni madres. Ni nadie.   

Juan Miguel Portillo
Twitter: @jmportillo

El "Yamikemi", un remedio contra el estrés

SIEMPRE lo he dicho, lo mío, lo mío, es el estrés, esa entidad inasible que, a decir de los médicos que no encuentran una mejor y más científica razón, es la culpable de todos mis males. Los que me conocen concuerdan en que soy un hombre de principios: principios de úlcera y enfermedad coronaria producto del estrés. 

Para atenuar la tensión nerviosa me doy mis mañas, como escuchar música relajante mientras trabajo o voy manejando, defender a capa y espada la oportunidad de dormir una siesta, por un tiempo traje conmigo una pelotita de goma que apretujaba con las manos para evitar llegar al punto de jalarme los cabellos -que a partir de cierta edad más vale empezar a atesorar uno a uno-. He empleado también algunos métodos más orgánicos: en esos momentos en que preciso relajamiento, confieso que he recurrido a los encantos y poderes de mis íntimas amigas Ignacia y Melisa, quienes por cierto gozan de buena fama en el mercado de San Juan de Dios, y que junto con Valeriana y Pasiflora me han brindado sus artes hechiceras, pero a veces ni el trabajo de todas juntas ha sido suficiente. Estas hierbas, dicen los que saben, tienen efectos probados sobre el sistema nervioso, pero mi sistema es tan nervioso que resulta un paciente muy difícil de tratar. 

Tampoco el yoga y la meditación han logrado regresarme a un estado de equilibrio. Claro, aceptando que sería mucho mejor que los practicara. 

Lo que sí he usado eficazmente en repetidas veces es una técnica que aprendí de mi madre. Se llama Yamikemi, que aunque suene muy oriental es solamente una contracción de la frase “Y a mí qué me importa” que mi mamá solía proferir como una suerte de conjuro contra el agobio y la imposibilidad de modificar el estado de las cosas que le provocaban angustia. Así, si alguna discusión de poca monta en la que participaba se complicaba al grado de empezar a alterar su buen ánimo, tomaba la salida de emergencia con la práctica del Yamikemi. Finalmente qué tópico, problema o diferencia de opinión podía ser más valioso que su paz espiritual. 

El Yamikemi es una buena alternativa en una gran cantidad de situaciones. Mi mamá me la inculcó desde la infancia. La mía, desde luego. Cuando era niño y algo me preocupaba o entristecía hasta el llanto, ella me consolaba diciéndome que todos los problemas habidos y por haber podían solucionarse, menos uno: la muerte. Esa afirmación, que a mí me sonaba brillante y lapidaria (si hablamos de muerte, lo de lapidario queda muy bien), me hizo tal efecto que hasta la fecha, ya muy lejos de mi niñez, sigue sonando en mi cabecita loca. A mis hijos, que no elaboran quesos de mala calidad en materia de agobios -dignos hijos de su padre-, les repito esa máxima materna.

Por otra parte, cuando la dificultad parecía no tener solución, decía mi mamá, “si no tiene solución, no es un problema”, entonces, si no había problema, el asunto era caso cerrado y a otra cosa. Una vez más, lo que correspondía era usar la receta: Yamikemi. 

Hablando en plata, esta filosofía no es otra cosa que desarrollar la habilidad de hacernos los occisos ante algunos conflictos de la vida cotidiana -a los cuales les concedemos importancia sin merecerla- con el fin supremo de salvaguardar nuestra salud emocional y la de nuestros prójimos, próximos y anexos. Por lo tanto el Yamikemi no es una técnica que funcione para todo, porque conlleva una buena dosis de displicencia, evasión y soslayo. Hay circunstancias de las que uno no puede fugarse así nomás; cabría primero poner un poco de orden antes de salir corriendo. De cualquier manera, estoy convencido que el Yamikemi es un buen aliado contra el cochino estrés. 

Llegado el caso, también puede recurrirse a una variante que funciona muy bien en situaciones más perturbadoras: el Yamikeka, contracción de “Y a mí qué carajos” (aplicable a “me importa”, “me dicen”, “me preguntan”, “me joroban”, “me vienen con chismes”, y un etcétera totalmente al gusto). 

Y finalmente un método más extremo aún, el Yamikeching, donde el sufijo “ching” es eso que están pensando.

Los juguetes de mi infancia

Se acerca el Día del Niño y los que tenemos uno en casa no podemos pasarlo desapercibido. Santi, que a sus 11 años ya es una verdolaga de más de metro y medio y no sé cuántos kilos de peso -los suficientes para no poderlo levantar ni con bulldozer-, apenas pasó la Navidad y empezó a mencionar camufladamente las cosas que le gustaría tener en el siguiente turno que el año pone en el calendario para hacer un regalito. Y ese turno corresponde precisamente al Día del Niño. Cuando hablo de las cosas que le gustan no me refiero necesariamente a juguetes físicos, cachivaches o muñecos que se puedan tocar, aventar, prestar, y guardar en un cajón. Ese tipo de trebejos ya han quedado un poco en desuso para Santi. Sus inquietudes lúdicas van por caminos caminos más abstractos: videojuegos que se descargan de la internet y se almacenan en un disco duro. 

Eran otros los juguetes con los que ustedes y yo nos divertíamos en nuestra infancia. Desde luego que ustedes en su infancia y yo en la mía porque de seguro tenemos edades desiguales. Dependiendo del kilometraje que cada quien trae en su odómetro de vida, recuerda diferentes juguetes que reinaban en el gusto de la niñez y en el presupuesto de los papás del momento. 

Yo puedo rememorar un puñado de productos de la marca mexicana Lilí Ledy que tenía dos líneas, Lilí para las niñas y Ledy para los varoncitos latosos. ¿Se acuerdan de los Aventureros de Acción, que eran la tropicalización del G.I. Joe norteamericano? Estos muñecos tenían articulados casi hasta los dedos chiquitos y eran temerarios soldados de cielo, mar y tierra, con mortíferos accesorios, lo cual nos recuerda que muchos de nosotros jugábamos a darnos de moquetes en la guerra y nuestros papás no se tiraban de los pelos por aquel espíritu bélico. Con el tiempo estos muñecos se vendían “con pelo de verdad”, movían sus ojos accionando una palanquita y hasta podían hablar. Paroxismo total. 

 ¿Recuerdan a la Barbie mexicana que se llamaba Bárbara? ¿A Fabiola, la muñeca que camina por sí sola? ¿A Lagrimitas Lilí?  ¿Y qué me dicen de El Hombre Nuclear con su ojito biónico o La Mujer Maravilla con sus brazaletes defensivos? ¿Alguien de ustedes tuvo el Horno Mágico Lilí, donde se hacían pastelitos de verdad al calor de unos focos de a peso? ¿Quién jugó Chuta-Gol, el tablero con monitos que les oprimías la cabeza y estiraban la patita para lanzar la pelota? 

Yo gocé con mi Tira Papas Spud Gun, aquella pistola que, como su nombre bien lo indicaba, en inglés y en español para que no quedara el menor rastro de duda -ni de papa-, lanzaba proyectiles de dicho tubérculo o de cualquier otro, como camote, jícama o hasta rabanitos cambray. 

Algo de lo que siempre me quedé con las ganas fue de una Avalancha,  el carro deslizador sin pedales que me hacía babear cuando lo veía pasar por mi calle en Hermosillo. Para sustituir ese sueño me fabriqué mi propio go kart con tablas, clavos, tornillos y baleros por ruedas. Me tiraban de una cuerda desde una bicicleta y yo me sentía un poco más que Emerson Fittipaldi. 

Por supuesto que también tuve yoyos, trompos y baleros de madera, canicas, aluciné en 3D con mi View Master, jugué con la autopista Hot Wheels color naranja de mi hermano, aprendí la maravillosa relación entre las matemáticas y el dibujo con mi Espirógrafo, tuve en mis manos un Kid Acero con agarre Kung Fu, hice magia con los trucos que me compraba en la tienda El Regalito, en Hermosillo, hice hablar a Cleto, mi muñeco de veintrílocuo, me deslicé y me di incontables trancazos con mis patines de ruidosas ruedas de metal, experimenté con mi juego de química, etc. 

 La tecnología para jugar en casa llegó tarde a mi infancia. Cuando niño, si quería divertirme con juegos electrónicos tenía que acudir a un lugar donde había “maquinitas” -que les llamábamos- y pagar un peso para jugar con aparatos que combinaban algo así como la mecánica con la óptica y que simulaban una realidad virtual bastante pleistocénica. La era del Atari y consolas posteriores me tomó bastante peludito. 

No cabe duda que la nostalgia es una enfermedad que aparece con los años y se distingue por volverse crónica y progresiva. Además se manifiesta en la vida diaria a la menor provocación. Cada quien recuerda sus juguetes con emoción y cariño y piensa que la época que le tocó vivir fue la mejor en toda la historia de la humanidad. 

Para este Día del Niño, Santi no quiere -ni siquiera conoce-, ninguno de los juegos y juguetes que mencioné arriba en mi furioso ataque de nostalgia. Santi quiere un videojuego y nada más. Tengo claro que él es un chico de una era contundentemente distinta a la mía, pero no por ello menos mágica y bella. Con los años, cuando sus hijos le pidan algún juguete (vaya usted a saber qué), él también sufrirá sus crisis de nostalgia recordando los antiquísimos y ñoños videojuegos de ahora. 

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo

jueves, 30 de noviembre de 2017

Mi antimemoria

Me considero una persona curiosa, no en el sentido de causar curiosidad -espero-, sino de sentirla por las cosas que me rodean. 

Pero como en la vida siempre hay algún antídoto contra lo bueno, en contraposición a mi deseo de saber, padezco de una malísima memoria, sólo comparable a la de una PC de los ochentas. A esta calamidad individual yo la llamo antimemoria. Es como la sombra que me acompaña a todas partes, hasta en la más absoluta ausencia de luz. Es como el futbolista que me aplica marcaje personal para dar al traste a mis jugadas, es como mi ángel de la guarda pero en mala onda. 

La memoria es una función cerebral que nos permite almacenar y clasificar vivencias, conocimientos y en general información del pasado. La parte del cerebro que se ocupa de esta función es el hipocampo -sí, homónimo del caballito de mar-. Hay memoria de corto, mediano y largo plazo, como los créditos de los bancos. Por su parte, mi antimemoria no es como los mencionados créditos, es un poco más siniestra, más bien es como el SAT: no avisa cuando va a atacar y lo hace sin piedad. 

Me sucede muy a menudo que interesado leo sobre tal o cual tema, descubro datos, lugares, fechas y anécdotas que me resultan fascinantes y me mantienen con la cavidad bucal dilatada y vulnerable al ingreso de un díptero distraído. Pero en el instante en que cierro el libro o revista, ¡pum!, mi antimemoria le propina una certera cachetada al hipocampo y destruye el 52.75 por ciento de la información leída minutos antes. Ustedes se preguntarán por qué cito ese porcentaje tan preciso. Yo también. 

Mi antimemoria es muy socarrona y está lista para cumplir su cometido en los momentos clave, sobre todo cuando hay público de por medio y requiero rapidez de respuesta. Estoy seguro que ella encuentra divertido verme hacer el ridículo cuando, contando alguna anécdota, olvido algunos de los elementos sustanciales de la historia, por ejemplo: el quién, el qué, el dónde o el cómo. O todas las anteriores. Cuando estoy en alguna tertulia con amigos y trato de aportar un dato pertinente a propósito de algún tema musical o una película que surge en la conversación, y necesito recordar el nombre del cantante o el actor, no sólo no recuerdo al cantante y al actor, sino acabo también olvidando a la canción y la película que dieron origen a la charla. 

Cosa parecida me ocurre cuando alguien me pide que cuente un chiste. La primera batalla es localizar el mejor chistorete disponible en mis archivos mentales. Pero para ese momento mi antimemoria ya  se me adelantó y se está regocijando poniendo en desorden dichos archivos, mezclando las clasificaciones temáticas y a los personajes típicos de los chistes, obligando así a convivir en lujuriosa promiscuidad a los borrachos con los gallegos, a los maridos cornudos con los argentinos, a los tipos feos -tan feos, tan feos- con las suegras entrometidas y no menos feas, a Pepito con la Pilarica, etcétera. Una vez que consigo que algún chascarrillo se asome tímidamente en el caos y me dispongo a contarlo, mi antimemoria hace su siguiente jugada y pone a prueba mi seguridad lanzándome dardos en forma de preguntas tan perturbadoras como: ¿cómo empieza?, ¿ya se lo sabrán mis amigos?, ¿cómo termina?, ¿se reirán?, ¿cómo me metí en este aprieto?, ¿dónde está la vía de escape más cercana? 

Para colmo de desgracias, a mi antimemoria hay que sumarle mis rasgos obsesivos. Esta bonita combinación me ha provocado incontables noches de insomnio. Paso a explicar el fenómeno. Muchas veces, estando ya en mi cama, dispuesto a entregarme sin pudor a los brazos de Morfeo, aparece súbita e insospechadamente alguna pregunta de vital importancia y trascendencia, y que por lo tanto es urgente responder. Por citar sólo un puñado de ejemplos: ¿qué ropa usé ayer?, ¿qué desayuné el jueves de la semana antepasada?, ¿a quién le presté el Album Blanco de Los Beatles en la prepa y nunca me lo devolvió?, ¿en qué restaurant de qué ciudad -que prometí no olvidar jamás- comí la mejor sopa de tortilla de mi vida?, ¿cómo se llaman la canción y la película que cité dos párrafos arriba y cuyos cantante y protagonista tampoco recuerdo? Toda vez que es impostergable encontrar las respuestas a estas cuestiones filosóficas, mi obstinado cerebro se entrega a la tarea de zambullirse en los archivos que mi antimemoria ya revolvió con anticipación y hasta escondió vaya usted a saber dónde. ¿Por qué lo hace? Supongo que por joder. Es entonces que mi parte obsesiva entra en encarnizado duelo con mi antimemoria. Una no cesa de buscar y la otra no suelta prenda. La contienda puede prolongarse por varias horas y sólo el encontrar el dato requerido puede ponerle punto final al combate. Y, como sucede en las noches de placer carnal, lo que sigue es quedarse profundamente dormido. 

Esta debilidad mnemológica me ha obligado a desarrollar mis propios sistemas de defensa contra mí mismo, dado que no confío ni tantito en mi memoria. Así que desde hace muchos años las cosas que deseo recordar en el corto plazo, como citas de trabajo, nombres de personas con las que tengo relación de cualquier índole, artículos que tengo que comprar, domicilios importantes, libros que me han recomendado, ideas para escribir algún texto, mejor las anoto, ora en papel, ora en alguno de mis dispositivos electrónicos, ora pro nobis. El problema es que con alarmante frecuencia no recuerdo qué anoté en papel  y qué en el dispositivo electrónico. 

Por todo esto, he llegado a la conclusión de que los sabios no son los que saben más sino los que recuerdan lo que saben.     

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo

Cuando el trabajo te divierte

La palabra trabajar viene del vocablo latín tripaliare que, a su vez, viene de tripalium. No es difícil adivinar en tripalium dos palabras juntas: tri (tres) y palium (palos), es decir tres palos (maestros del albur, absténganse). El tripalium era un instrumento de trabajo hecho con tres puntas o palos para herrar bueyes pero también se usaba como un yugo para castigar y torturar güeyes, es decir seres humanos. 

De ahí que el concepto de trabajo tenga mucho que ver con la idea de sufrir. ¿Les suena familiar? 

No conozco ninguna estadística sobre el índice de satisfacción del trabajador pero, si me baso solamente en lo que sucede a mi alrededor, sé que un altísimo porcentaje de gente que trabaja no está precisamente regocijado con lo que hace ni con lo que gana. Si se hacen con honradez, respeto y empeño, todos los trabajos son dignos, pero no cabe duda que hay de trabajos a trabajos y de que hay gente que quisiera estar haciendo otra cosa para ganarse la vida. Conozco el caso de Don Pipiandro Retrete, que se ufana de ser el mejor y más rápido limpiador de redes de drenaje de la ciudad. Un día me confesó, acá entre nos, que ya estaba pensando en buscar otro empleo porque estaba cansado de que en su propia casa siempre lo recibieran como apestado. 

La vida te lleva a veces aleatoriamente por caminos que pueden o no cuadrar con tus vocaciones. Pero otras veces, hacer lo que te gusta puede ser una decisión que debes tomar de forma temprana. 

Me considero de las personas afortunadas que trabajamos haciendo esas cosas que, si no fuera porque nos pagan, no les llamaríamos trabajo y las haríamos por el puro gusto. Es más, muchas de esas cosas las hicimos alguna vez sin cobrar y hasta pagábamos porque nos alquilaran. Escribir (humor, canciones, textos publicitarios) siempre ha sido una pachanga para mi, lo disfruto. De niño imaginaba que era cantante infantil de un grupo parecido a los Osmond -jóvenes, consultar algún libro de historia del siglo pasado- y prácticamente se me cumplió cuando fundamos mis colegas y yo el ensamble de humor musical Radiopatías. Por cierto, Radiopatías empezó como un juego para divertirnos una sola vez y casi 27 años después es la hora de que no dejamos de jugar. Cuando niño también soñaba despierto imaginando que era el actor de una película de vaqueros y ya he tenido la suerte de participar en una que otra peli, no de vaqueros pero si recuerdo alguna de narcos, para ir ad hoc con nuestra bonita vida actual.

Hacer radio ha sido un tremendo privilegio como prestador de voz para marcas comerciales y como conductor al aire de algunas aventuras radiofónicas desde 1985. En especial recuerdo ahora el programa de radio Tripas de Gato que hacía con mi querido Trino, monero de los buenos y creativo empedernido, a finales de los años noventa en Guadalajara. Fue un programa que disfruté una barbaridad. No nos importó tener que hacerlo justo a la hora de la comida, que ya es mucho decir. Pero no solamente hice con Trino el programa de radio, también realizamos por varios años doblajes con contenido político de series y películas americanas antiguas como El Llanero Solitario y Batman y Robin. No saben ustedes qué divertido era el proceso de grabación de esos programas. Pachanga pura. Esos doblajes aún se venden en los tianguis. De eso ya no recibo un peso pero los señores de la piratería sí. 

Bueno, pues ayer tuve la suerte de iniciar como colaborador en un noticiero de Trino que pasará en Guadalajara por la radio AM y por internet. Mi participación es de solo unos minutos tres veces por semana pero con ese segmento tendré para añadirle a mi trabajo aún más momentos de regocijo.  No quise hacerles aquí un aburrido currículum vitae, solo  pretendí reflexionar sobre el valor de generar la convicción -porque así es o porque así quieres que sea- de que estás realizando actividades que disfrutas, te enriquecen el alma y te alegran el espíritu. Cuando el trabajo te divierte.

Juan Miguel Portillo
Twitter: @jmportillo

Emoticones al rescate

Mandas un mensaje de texto por Whatsapp pensando que Pepe te responderá de inmediato. Te urge confirmar si asistirá a la reunión. No conoces la dirección del lugar. Ni la hora. Pero Pepe sí lo sabe. Acabas de recordar que la dichosa reunión será hoy en la tarde. Ves el reloj. Ya es la tarde. Envías el texto, “Pepe, estás ahí?”, y te quedas mirando la pantalla, observando el envío del mensaje como en cámara lenta: primero aparece la palomita indicadora de que ya fue entregado, luego la palomita de que ya lo recibió pero aún no lo ve, sigues con los ojos puestos sobre el celular como si ahí estuviera a punto de aparecer el número ganador del Melate, pero nada, ni la respuesta ni mucho menos el número del Melate; después las dos palomitas se pintan de ese esperado color azul, tu desesperación va a la alza, continúas con la mirada aferrada al dispositivo, solo deseas que en la parte superior de la pantalla aparezca la leyenda “Pepe está escribiendo…”, pero Pepe no escribe nada. El canalla ya recibió tu mensaje y no responde, quién sabe por cuál inicua razón. Te está dejando en visto con cinismo total. “¿Por qué me ignora el infeliz?”. Sabes que Pepe está detrás de ese maldito teléfono; entonces, enérgico, le envías otro mensaje acompañado de un desafiante emoticón amarillo, ése que tiene cara de impaciente: “¿Sí me respondes, porfa?”. Pero el intento de intimidación no tiene éxito. La cosa se torna violenta cuando subes el nivel de la arremetida usando ahora el terrorífico emoticón enojado de color rojo. Estás a punto de tomar la medida radical, la que no sueles emplear más que en situaciones de urgencia extrema: marcar y hablar con él. Cuando estás a punto de hacerlo recibes por fin su respuesta: “perdón, tenía mi celular en silencio porque estaba en la reunión, pero ya se terminó, ¿por qué no viniste?”.

Ni duda cabe, la comunicación entre personas tiene ahora una nueva forma y un nuevo vehículo llamado teléfono móvil, pero con la propagación de los servicios de mensajería instantánea, cada vez se usa menos como teléfono, que para eso se inventó, ¿o no? Hablar, hablar, lo que se dice hablar, hablamos poco, pero mensajeamos y whatsappeamos que es un contento, si me permiten estos neologismos que seguramente ponen los pelos de punta a los lingüistas, que, dicho sea de paso, para estos efectos sí tienen pelos en la lengua.

Más que un teléfono con el que también enviamos mensajes escritos, el celular se ha convertido en un dispositivo emisor de mensajes de texto con el que adicionalmente podemos hablar, en casos muy necesarios.

Los textos que intercambiamos diariamente no tienen por sí mismos un tono, una intención sonora, ni mucho menos una mirada que ponga el registro anímico de lo expresado, por lo que muchas veces quien recibe el mensaje tiene que recurrir al bufet emocional que su imaginación y estado de ánimo del momento le ponen a disposición, lo cual se presta a conjeturas y malentendidos.

Aquí es donde los emoticones salen al rescate, ellos son los emisarios de nuestros sentimientos, deseos, sueños, pasiones, ambiciones, miserias, filias y fobias. Hay gente que sabe usar los emoticones con maestría, eligiendo siempre el dibujito preciso. En esas artes yo me considero bastante plano y repetitivo. No salgo de la carita chapeteada que sonríe, la que deja ver la dentadura o la que ríe hasta las lágrimas. Elijo siempre el mismo mono para ciertos temas. Es decir, soy mono-temático.

La comunicación se ha vuelto impersonal en un sentido pero muy directa en otro. Impersonal porque -reitero- cada vez usamos menos la voz, herramienta fundamental de las relaciones interpersonales, pero a la vez se ha vuelto caprichosamente personal porque con los mensajes de texto podemos irrumpir de forma casi inmediata en la vida del otro. El mensaje escrito no necesita permiso para ser entregado al receptor. Lo enviamos y listo, en algún momento el destinatario lo leerá. Que nos quiera responder es otra historia. 

Con el celular podemos estar en contacto con otras personas y con el mundo entero hasta cuando vamos al baño. En la calma soledad de un sanitario podemos hablar (eso sí, con ese delatador eco de los baños), intercambiar textos, ponerle me gusta a una foto en Facebook o ver un video. Tener revistas o libros en los baños para aligerar el momento ya es cosa del pasado.

En fin, al igual que en los mensajes de texto, hay tanto que decir y es tan poco el espacio que mejor le sigo en otra entrega. Una última reflexión: si las personas riéramos el mismo número de veces que escribimos “jajaja” en los mensajes, el mundo sería más feliz. (Emoticón sonriente y chapeteado).

Juan Miguel Portillo.
Twitter: @jmportillo
Si aún no lo has hecho y no tienes inconveniente, suscríbete al blog. Mil gracias.